
“Jamás penséis que una guerra, por necesaria o justificada que parezca, deja de ser un crimen.” Ernest Hemingway
El 21 de junio de 2025, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció un ataque aéreo contra tres instalaciones nucleares en Irán: Fordo, Natanz e Isfahán. Esta acción, coordinada con Israel, fue presentada como un “éxito militar espectacular” y como un intento de frenar la amenaza nuclear iraní. Sin embargo, más allá de su dimensión táctica, este ataque representa una ruptura peligrosa en el frágil equilibrio de Medio Oriente y plantea interrogantes profundos sobre la legitimidad del uso de la fuerza, la erosión del multilateralismo y el futuro de la seguridad global.
Entre la diplomacia fallida y la lógica de la fuerza
Durante meses, la administración Trump había sostenido que Irán no estaba en condiciones de producir un arma nuclear en el corto plazo. Sin embargo, en cuestión de días, ese diagnóstico cambió radicalmente, y la narrativa oficial pasó de la contención a la acción directa. El ataque se produce tras una serie de bombardeos israelíes y negociaciones diplomáticas fallidas, lo que sugiere que la decisión de Washington no fue una reacción aislada, sino parte de una estrategia de presión coordinada.
Este giro abrupto revela una tendencia preocupante: la sustitución del diálogo por la imposición, del derecho internacional por la lógica del poder. La amenaza de nuevos ataques si Irán no “firma la paz” —en palabras del propio Trump— recuerda más a un ultimátum que a una invitación a la negociación.
¿Defensa preventiva o agresión unilateral?
Desde la perspectiva del derecho internacional, el ataque plantea serias dudas sobre su legalidad. La Carta de las Naciones Unidas prohíbe el uso de la fuerza salvo en casos de legítima defensa o con autorización del Consejo de Seguridad. Estados Unidos no ha presentado pruebas de un ataque inminente por parte de Irán, ni ha obtenido respaldo multilateral para su acción. La doctrina de la “defensa preventiva”, invocada en ocasiones anteriores, sigue siendo jurídicamente controvertida y éticamente cuestionable.
Además, Irán es signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y ha sostenido que su programa tiene fines pacíficos. Aunque existen sospechas legítimas sobre sus intenciones, la vía diplomática y la supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) seguían activas. El ataque, por tanto, no solo debilita el régimen de no proliferación, sino que sienta un precedente peligroso: el castigo anticipado sin veredicto ni consenso.
Las consecuencias: escalada regional y erosión del orden global
El ataque ha encendido las alarmas en toda la región. Irán ha prometido represalias, y actores como Hezbolá, los hutíes en Yemen y milicias chiítas en Irak podrían activar frentes paralelos. El Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 30% del petróleo mundial, se convierte en un punto de tensión crítica. La posibilidad de ataques a bases estadounidenses, embajadas o infraestructuras estratégicas no puede descartarse.
A nivel global, la acción de EE.UU. debilita aún más el multilateralismo y refuerza la percepción de que el poder militar sustituye al consenso internacional. La ONU ha quedado al margen, y la comunidad internacional observa con preocupación cómo se desdibujan las reglas del juego. El riesgo no es solo una guerra regional, sino una crisis sistémica de legitimidad global.
¿Quién decide qué es una amenaza?
Más allá de la geopolítica, el ataque plantea una pregunta ética fundamental: ¿quién tiene el derecho de decidir qué constituye una amenaza y cómo debe neutralizarse? ¿Puede un Estado autoproclamarse garante de la paz mientras actúa unilateralmente y sin rendición de cuentas?
La retórica de “la paz a través de la fuerza” puede ser eficaz en el corto plazo, pero erosiona los principios que sostienen la convivencia internacional. La seguridad no puede construirse sobre la base del miedo, ni la paz sobre los escombros de la disuasión. La verdadera estabilidad requiere diálogo, respeto mutuo y mecanismos institucionales que garanticen la equidad entre naciones.
El ataque de Estados Unidos a Irán no es solo un episodio más en una larga historia de tensiones: es un síntoma de una crisis más profunda en el orden internacional. La sustitución del derecho por la fuerza, del diálogo por la amenaza, y del multilateralismo por la acción unilateral, nos acerca peligrosamente a un mundo más inestable, más desigual y más violento.
Hoy más que nunca, se impone la necesidad de repensar la seguridad global desde una ética de la responsabilidad compartida. Porque si la paz depende de la voluntad de unos pocos, entonces no es paz: es silencio impuesto.
“Una nación que gasta más en armamento que en programas sociales se acerca a la muerte espiritual.” Martin Luther King Jr.
Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, del Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com



