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lunes, enero 19, 2026
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El “Nobel de la Guerra”… quise decir, de la Paz

Por: Amin Cruz

“Cuando la dignidad se convierte en resistencia, la esperanza encuentra voz en quienes no se rinden.”

En un mundo donde la palabra PAZ se ha reducido en muchos casos a un gesto ceremonial, el Premio Nobel de la Paz debería ser la representación ética y universal de los valores más elevados de la humanidad: la dignidad, la justicia, la libertad y el respeto a los derechos fundamentales. Sin embargo, el reciente anuncio de que María Corina Machado ha sido distinguida con este galardón suscita interrogantes profundos sobre el verdadero sentido de este reconocimiento y su utilización como símbolo en contextos de represión, manipulación política y fractura institucional.

Actualmente, el planeta cuenta con 193 Estados reconocidos en la ONU, muchos de los cuales enfrentan crisis prolongadas en materia de derechos humanos, institucionalidad y gobernabilidad. Venezuela es un ejemplo visible, pero no el único. La persecución sistemática de voces críticas, las detenciones arbitrarias y la violencia estatal son realidades que trascienden fronteras, incluso en democracias avanzadas y potencias globales, hay que ser justo.

A nuestro entender, el Premio Nobel se ha convertido en gran medida en un instrumento político, un negocio simbólico que otorga legitimidad o desacreditación según intereses internacionales. ¿Cuántos cientos de hombres y mujeres, en distintas disciplinas, han trabajado con sacrificio y entrega en favor de la paz y nunca han sido reconocidos? Por razones políticas ni siquiera se les menciona. Desde este rincón del mundo, hacemos una humilde exhortación al Comité Noruego del Nobel, a la Real Academia Sueca de Ciencias, al Instituto Karolinska y a la Academia Sueca: revisen, autocritíquense y actúen con imparcialidad, sin estar atados a intereses políticos, religiosos, económicos, culturales etc.

La designación de Machado invita a una comparación inevitable: ¿qué hizo ella, en términos universales, frente a la obra de gigantes humanistas como Juan Bosch, férreo defensor de los derechos humanos, la democracia y la justicia social? ¿Cuánto más hicieron tantos otros hombres y mujeres, en distintos continentes, que dedicaron sus vidas a la paz y no recibieron jamás un reconocimiento? Y, por otro lado, ¿cómo entender que muchos presidentes y líderes galardonados en el pasado fueron —y son— patrocinadores del armamentismo, la guerra, el terrorismo de Estado y la represión?

La paradoja se acentúa cuando recordamos que la propia María Corina Machado declaró “no merecer el premio”. Aun así, el galardón ya forma parte de su currículo. Ahora bien, más allá del debate, corresponde observar sus futuras acciones: ¿como intervendrá sobre las agresiones extranjera a Venezuela? ¿cómo intervendrá en la búsqueda de soluciones frente al genocidio, hambruna en Gaza, la crisis humanitaria en Haití, la hambruna en África, la tragedia de los migrantes en Estados Unidos o las múltiples guerras e invasiones que aún devastan al mundo? Ese es el verdadero juicio al que debe someterse cualquier Nobel de la Paz.

Nos queda la gran pregunta: ¿existe realmente un Nobel de la Paz? Según la definición clásica, paz es la ausencia de guerra o violencia armada, la existencia de armonía entre pueblos y naciones. Sin embargo, el premio ha sido históricamente un instrumento de presión geopolítica, utilizado para legitimar agendas occidentales, castigar gobiernos autoritarios o alinear narrativas sobre democracia. En este caso, más que un reconocimiento neutral, parece un mensaje estratégico.

Pero la paz no se construye con trofeos ni ceremonias. La paz se construye con garantías, justicia y participación social. El Nobel debería ser más que un aplauso: tendría que ser una plataforma de exigencia hacia acciones concretas, como la protección de defensores de derechos humanos, medio ambiente, la restauración de la institucionalidad democrática y un acompañamiento internacional verdaderamente efectivo.

Albert Einstein, interrogado sobre el arma capaz de contrarrestar la bomba atómica, respondió: “La mejor de todas: la paz.”
Y la paz duradera —como recordaba otro pensador— “La paz duradera no puede fundarse en la injusticia ni en la violación de los derechos humanos.

Dr. Amín Cruz CEO, presidente y fundador del Congreso Hispanoamericano de Prensa y del Congreso Mundial de Prensa; Padre Embajador del Periodismo Hispanoamericano y Latinoamericano, diplomático, periodista, historiador, escritor y educador

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