«La verdadera igualdad no consiste en dar a todos lo mismo, sino en dar a cada uno lo que necesita.» Aristóteles
Durante gran parte del último medio siglo, los países de ingresos bajos lograron reducir la distancia con los más ricos gracias a avances en comercio, tecnología y desarrollo. Este proceso de convergencia permitió mejoras sustanciales en salud, educación e ingresos. Sin embargo, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) amenaza con revertir esa tendencia, generando una nueva era de divergencia marcada por desigualdades económicas, sociales y de gobernanza.
El informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), titulado La próxima gran divergencia, advierte que la IA, si no se gestiona con ética e inclusión, puede ampliar las brechas existentes. La región de Asia y el Pacífico, epicentro de esta transición, ilustra tanto el potencial como el riesgo: mientras China concentra casi el 70% de las patentes mundiales de IA y la ASEAN proyecta un billón de dólares adicionales en PIB, millones de empleos especialmente ocupados por mujeres y jóvenes enfrentan una exposición crítica a la automatización.
La desigual preparación digital entre países revela una fractura estructural. Mientras economías avanzadas invierten en infraestructura y alfabetización digital, otras apenas logran garantizar acceso básico. Esta disparidad no solo limita la capacidad de aprovechar la IA, sino que amplifica riesgos de exclusión y sesgos algorítmicos, invisibilizando comunidades rurales e indígenas. La llamada “línea de falla” de la era de la IA es, como señala el PNUD, la capacidad: quienes inviertan en habilidades, cómputo y gobernanza sólida podrán beneficiarse; los demás quedarán rezagados.
El desafío no es únicamente económico. La IA redefine la gobernanza y los servicios públicos, como muestran experiencias en Bangkok y Singapur, pero la ausencia de marcos regulatorios integrales expone a los países a violaciones de datos y abusos de la IA generativa. La urgencia de construir sistemas de gobernanza robustos es, por tanto, inseparable de la justicia social y la equidad global.
En este contexto, el ensayo crítico debe subrayar que la IA no es un destino inevitable, sino una construcción política y ética. La pregunta central es si la humanidad permitirá que la tecnología profundice desigualdades o si, por el contrario, la convertirá en un instrumento de convergencia y progreso compartido. La respuesta dependerá de decisiones colectivas, de la capacidad de los Estados y de la presión ciudadana para exigir un desarrollo inclusivo.
La inteligencia artificial, como toda herramienta, refleja las estructuras de poder que la moldean. Si se deja en manos de unos pocos, reproducirá privilegios; si se democratiza, puede abrir caminos hacia una fraternidad universal. La elección está en curso, y el tiempo apremia.
«La humanidad tiene que poner fin a la guerra, o la guerra pondrá fin a la humanidad.» John F. Kennedy
Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com









