Una lenta y mortal transformación química se gesta en las profundidades de los ríos amazónicos de Bolivia. El mercurio depositado en el lecho de los afluentes, se convierte en metilmercurio, un compuesto altamente tóxico que afecta a peces, fauna ribereña y a las comunidades indígenas que subsisten de la pesca y el río.
Estudios recientes realizados en comunidades ribereñas de los ríos Beni y Madre de Dios han revelado que los habitantes presentan niveles de mercurio en la sangre y el cabello muy por encima de los límites de seguridad establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esta exposición crónica conlleva la posibilidad de daños neurológicos graves, alteraciones irreversibles en el desarrollo infantil y un aumento significativo en la incidencia de problemas cardiovasculares entre las poblaciones afectadas.
En Bolivia, este metal líquido se ha convertido en la sombra tóxica de la minería del oro, legal e ilegal. En la última década, el país importó cerca de 1.500 toneladas, una cantidad desproporcionada respecto a la producción aurífera nacional, lo que sugiere que el país se ha transformado en un preocupante centro de comercio regional y puerta de entrada de mercurio hacia el resto de la Amazonia.
Una parte significativa de ese mercurio termina en operaciones aluviales de oro en el norte de La Paz, Beni y Pando, donde la fiscalización estatal es débil o inexistente, según señalan los informes de organizaciones ambientales.
El abogado y exministro de Gobierno, Carlos Romero, en su libro “Establishment Criminal”, revela que el oro extraído de manera ilegal, con la intervención del mercurio, es comercializado en la frontera con Perú, como “moneda de cambio”, para pagar el precio que demanda la internación de cocaína al país.
COMERCIALIZACIÓN DEL MERCURIO
El mercurio ingresa por vía legal a través de importadores registrados y se distribuye en ciudades como La Paz, El Alto y Santa Cruz, desde donde ingresa hacia al eje minero amazónico mediante intermediarios y casas de insumo minero. Investigaciones del Centro de Documentación e Información Bolivia (CEDIB) y de la Academia Nacional de Ciencias (ANCB) describen una cadena de comercialización, en la que intervienen empresas formales, comercios pequeños y tráfico hormiga, que llega hasta el Perú y Brasil.
En las orillas de los ríos Beni y del Madre de Dios, el metal llega en bidones o botellas plásticas, casi siempre sin etiquetas ni advertencias de riesgo.
En las balsas y dragas auríferas el procedimiento se repite: el material extraído del lecho de los ríos, pasa por canaletas donde se agrega mercurio para formar amalgamas que atrapan las partículas de oro. Luego se quema esa amalgama a cielo abierto, liberando vapores tóxicos que inhalan los propios mineros, mientras el excedente líquido se lanza al agua o un espacio cercano.
La línea que separa lo legal de lo ilegal se vuelve difusa en la selva. Muchas cooperativas cuentan con algún tipo de permiso, pero operan fuera de los estándares ambientales; junto a ellas, dragas abiertamente ilegales avanzan río arriba sin licencia ni controles.
Human Rights Watch y otros organismos han advertido que la regulación del mercurio es casi nominal. El Estado conoce las cifras de importación, pero no el destino final del metal líquido.

CONSECUENCIAS IRREVERSIBLES
Un estudio reciente realizado en seis comunidades indígenas de la Amazonia boliviana ha revelado que más del 70% de sus habitantes presenta niveles de mercurio que superan los límites considerados tolerables. La preocupación se intensifica al constatar que son las mujeres en edad fértil y los niños quienes muestran las concentraciones más altas de este neurotóxico, sugiriendo una grave amenaza para la salud reproductiva y el desarrollo cognitivo de las futuras generaciones.
Los líderes Tacanas, Ese Ejjas y otros pueblos relatan casos de temblores en el cuerpo, pérdida de memoria y niños con dificultades de aprendizaje, síntomas típicos de intoxicación crónica que llegan junto con el ruido de las dragas.
Mientras tanto, el negocio sigue moviendo millones. El mercurio es barato, fácil de transportar y, para miles de familias empobrecidas, la única herramienta disponible para arrancar el oro del río en medio en una economía marcada por la informalidad.
En la Amazonia boliviana cada gramo de oro lleva oculto un rastro plateado de mercurio que no se ve en las joyerías, pero sí en los peces, en la sangre de los niños y en el silencio de los ríos que, lentamente, están siendo envenenados.
EN SEIS PAÍSES
La minería aurífera ilegal ha elevado la contaminación por mercurio a la categoría de emergencia sanitaria y ambiental en toda la región amazónica. Este tóxico, liberado sin control, no respeta fronteras, afectando ecosistemas y poniendo en riesgo la salud de miles de personas, especialmente a las comunidades indígenas que dependen del río. La magnitud de esta crisis se extiende a lo largo de Bolivia, Brasil, Colombia, Perú, Venezuela y Surinam, convirtiéndose en uno de los desafíos transfronterizos más graves que enfrenta el continente.
El informe “Cambio climático, minería ilegal y derechos humanos en la Amazonía”, elaborado por la Coalición contra la Minería Ilegal en la Amazonia (CMIA) advierte que la expansión de la minería aluvial, en gran medida ilegal, está incrementando los niveles de exposición al metal tóxico en una escala sin precedentes.
En Brasil los yanomamis, una de las tribus forestales más conocidas de Sudamérica, registran niveles considerados de emergencia sanitaria. En Colombia y Perú la contaminación afecta a pueblos asentados en las cuencas de los ríos Caquetá, Putumayo y Madre de Dios; en Venezuela y Surinam, el problema se agrava por la presencia de organizaciones mineras y criminales que operan sin ningún control ambiental.
Los efectos de esta contaminación sobre la salud son catastróficos. El informe enfatiza que el mercurio es un potente neurotóxico que ataca el sistema nervioso central, generando daños irreversibles en el desarrollo cognitivo de los niños, y provoca graves problemas cardiovasculares y reproductivos en la población adulta que consume peces contaminados.
La devastación ecológica no es menor. Este metal pesado se acumula en los tejidos de los peces, alterando fundamentalmente las cadenas alimentarias acuáticas y diezmando las poblaciones de la fauna. Además, la presencia de mercurio deteriora la calidad del agua, un hecho crítico en regiones amazónicas donde los ríos representan la única fuente de agua para las comunidades.









