By: *Laura Evelin Larico Guarachi y Sergio Andres Flores Ramirez
Jenny tiene 17 años. Lleva un buzo viejo y gastado, con manchas que el tiempo ya no pudo quitar.
Su cabello largo y oscuro cae desordenado sobre los hombros, movido por el viento helado del altiplano.
Sus zapatos están casi abiertos en la punta y sus manos, pequeñas pero ásperas, muestran las señales de trabajar cada día bajo el sol y el frío.
Cuando habla, el aire de El Alto arrastra el olor a polvo y humo de los minibuses que forman parte de su rutina.
Su piel canela está curtida por el clima andino y, aunque su sonrisa aparece por momentos, sus ojos reflejan cansancio.
Jenny no eligió estar ahí. Fue empujada por el abandono de un padre y el desprecio de una madre.
Hoy, su única preocupación es su abuela enferma y el sueño lejano de tener un negocio propio para dejar de ser una sombra en el asfalto.
“Quisiera vender ropa o comida algún día”, dice mientras acomoda una bolsa de dulces que ofrece a los conductores en los semáforos.
“No quiero estar toda la vida en la calle”.
A unos kilómetros, Mary Blaze, de 18 años, viste una chamarra vieja que parece demasiado grande para su cuerpo.
Sus pantalones cargan el polvo de demasiados kilómetros caminados y sus zapatos gastados cuentan batallas diarias contra el hambre y la inseguridad.
Tiene el cabello oscuro recogido en una trenza improvisada y una sonrisa amplia que aparece cuando habla de ayudar a otros. Su piel está marcada por el sol y el viento de la ciudad.
A pesar de los conflictos familiares que la arrojaron a la intemperie, Mary no se rinde: ayuda a otros jóvenes en su misma situación y sueña con estudiar medicina.
“Si algún día estudio medicina quiero atender a los que no tienen plata”, cuenta.
“Aquí hay muchos que se enferman y nadie los mira”.
Historias como las de Jenny y Mary Blaze muestran que, en medio de la adversidad, aún hay lugar para soñar.
Pero sus vidas son solo dos fragmentos de una realidad que empieza mucho antes de que el sol asome.
En las madrugadas gélidas de El Alto —la ciudad boliviana que respira a más de 4.000 metros de altura bajo la mirada de los nevados Tuni Condoriri, Mururata, Huayna Potosí y el Illimani mientras la urbe apenas ensaya un bostezo— ya hay adolescentes que llevan horas despiertos.
Jenny y Mary Blaze, como miles de otras jóvenes, no cargan mochilas con libros, sino la urgencia de sobrevivir.
Entre avenidas polvorientas y semáforos, la calle se vuelve su único hogar.
La historia de Jenny, Mary Blaze y Joel no comienza en un semáforo ni en una esquina. Comienza décadas atrás, cuando El Alto todavía no era ciudad sino promesa, y miles de familias llegaron desde el campo y la mina buscando lo mismo que estos jóvenes buscan hoy: un lugar donde sobrevivir.

La Ceja de El Alto y la avenida 23 de Marzo. Foto Unifranz
Migración
El Alto no nació de una planificación ordenada, sino de un estallido de migración tras los golpes de Estado de los años setenta y la crisis de pobreza e hiperinflación de los ochenta.
Surgió como un campamento gigantesco de casas de barro y techo de lata por la migración de manos curtidas en el campo y pulmones castigados por la mina.
Cuando se fundó oficialmente el 6 de marzo de 1985, bajo la Ley 728, era apenas una sección municipal de poco más de 100.000 habitantes que buscaban refugio en la planicie andina castigada por el viento y el frío.
Hoy, convertida en la segunda ciudad más poblada de Bolivia con 885.035 habitantes según el Censo de 2024, es el corazón industrial de la región.
Considerada la Capital Andina, su identidad funde la resistencia aymara y la lucha obrera, en un escenario de luchas sociales que han definido el rumbo y la agenda económica y política del país.
En un territorio de contrastes donde la modernidad industrial convive con la Feria 16 de Julio —uno de los mercados a cielo abierto más grandes del mundo— la pobreza también cobra su factura.
En medio de la ciudad, caótica y bulliciosa, de vértigo, de cemento y comercio, miles de adolescentes crecen con el dolor del vientre por falta del pan del día, con la calle como único pupitre y el frío gélido como una compañía persistente.
Para mitigar esa triple condena —el hambre, la helada y el desamparo— muchos de ellos, ocultos tras el anonimato de un pasamontaña, buscan refugio en el vapor químico del tíner.
Joel, de 16 años y la piel curtida por el viento que baja del Huayna Potosí, cuenta que ese recurso anestesia la soledad y engaña al estómago en las noches donde el pan no llega.
Sus manos, negras de grasa y hollín, no son las de un mecánico, sino las de un recolector de chatarra que recorre los talleres cercanos a la avenida Juan Pablo II.
Al igual que Jenny y Mary Blaze, Joel habita en el silencio de la madrugada.
Su pasamontaña no es una prenda de invierno, sino su refugio para inhalar el olvido que le ofrece una botella de plástico.
“El hambre no se va, solo se duerme un rato”, dice mientras aprieta el envase contra su pecho.
A diferencia de Mary Blaze, Joel no sueña con estudiar ni convertirse algún lejano día en profesional.
Su horizonte inmediato es conseguir algunas monedas que le permitan comprar un pan y una taza de café en jarro antes de volver a recorrer las calles en busca de fierros retorcidos.
Entre la chatarra y las calles, Joel es uno de tantos.
Su historia no es una excepción en El Alto: es el patrón que se repite, con distintos nombres y distintas esquinas, en cada amanecer de la ciudad.
Las calles alteñas se llenan temprano de un intenso comercio, pero también de niños y adolescentes que venden dulces, lustran calzados, limpian parabrisas o piden monedas.
No están ahí por elección: el desempleo y la desintegración familiar los empujaron a la calle.
La infancia, que debería ser tiempo de juegos, de acuerdo con estudios de la Asamblea de Derechos Humanos de El Alto, se convierte en una jornada larga donde el recreo es cansancio y los cuadernos son monedas.
Papel mojado
En Bolivia, la Constitución Política y el Código Niño, Niña y Adolescente mandan a las instituciones del Estado a su protección y educación.
Pero en El Alto el papel y la realidad se separan con brutalidad.
Cada mañana, mientras la avenida 6 de Marzo se llena de comerciantes, minibuses y humo de motores, y la Ceja de El Alto pulsa como el corazón más transitado del altiplano, Jenny acomoda su bolsa de dulces, Joel busca fierros retorcidos entre los talleres de chatarra y Mary Blaze ayuda a otros jóvenes que, como ella, aprendieron que la calle enseña lo que el Estado olvidó garantizar.
En ese mismo movimiento constante, invisible para la mayoría, decenas de adolescentes venden, cargan, limpian parabrisas o simplemente piden.
No están ahí por elección: el desempleo y la desintegración familiar los empujaron hasta esa esquina donde la ley existe en el papel pero no en la acera y los organismos del Estado que deberían intervenir miran hacia otro lado.
Ausencia estatal
En las calles alteñas, la protección de la infancia no es una política pública sino una tarea que recae, casi siempre, en manos de quienes menos recursos tienen para asumirla.
Organizaciones como el Hogar de Niños Saray, la Fundación Arco Iris o Servicios Educativos de Promoción y Apoyo a la Mujer y el Sector Oportunidades (Sepamos) tratan de mitigar el problema ante la ausencia del Estado.
Sepamos cuenta con especialistas como Rosario Mamani Espinal que dedica su vida a ayudar a los jóvenes en condiciones de calle.
“Vivir en la calle obliga a los niños a desarrollar mecanismos de defensa que a veces se confunden con agresividad”.
Las tres instituciones ofrecen refugio, alimento y apoyo psicológico a los jóvenes sin hogar que deambulan las frías calles alteñas.
Pero el problema, lamenta Rosario Mamani, supera la capacidad de atención de muchas de ellas.
Las heridas invisibles
La calle puede volverse un refugio contradictorio donde algunos jóvenes encuentran amigos que viven situaciones similares, pero también riesgos como el consumo de alcohol, drogas o caer en redes de explotación sexual.
Muchos jóvenes pierden la confianza en los adultos y en las instituciones, lo que hace que salir de ese círculo sea una tarea difícil, según la Defensoría del Pueblo.
Mientras la ciudad continúa creciendo y expandiendo su comercio, historias como las de Jenny, Mary Blaze y Joel siguen formando parte del paisaje cotidiano de las calles alteñas.
Cada mañana, antes de que el sol termine de calentar la planicie andina, vuelven a ocupar los semáforos, las aceras y los mercados improvisados donde intentan ganarse algunas monedas para sobrevivir un día más.
Pero no todos los días son solo cansancio y monedas. A veces, en los márgenes de esa rutina dura, aparece algo inesperado.
Rap de libertad
En una mañana cualquiera, en uno de esos albergues donde se refugian esporádicamente jóvenes desamparados, el ambiente cambió de manera imprevista.
Entre risas y comentarios burlones, uno de los chicos comenzó a improvisar un rap mientras los demás marcaban el ritmo con las manos sobre la mesa.
Sus palabras, aunque nacieron de un impulso espontáneo, fueron apagando poco a poco las conversaciones hasta que todos prestaron atención.
En sus rimas hablaba de la vida que le tocó vivir, de crecer desde abajo y de tener que esforzarse el doble para conseguir lo que para otros parece normal o al alcance de la mano.
Decía que mientras algunos tienen el camino más despejado, para otros cada paso cuesta mucho más. Que salir adelante no siempre depende solo de las ganas, sino también de las oportunidades que cada persona recibe desde el principio.
Por un momento, las risas se apagaron y el ritmo de las palmas también.
Lo que había comenzado como un juego se convirtió, sin que nadie lo planeara, en un retrato sin filtros.
Olvido
Afuera, la ciudad seguía su ritmo.
El frío, el comercio, el humo de los minibuses. Y en algún lugar de esa marea, tres jóvenes esperando que el día les devolviera algo de lo que la vida les quitó demasiado pronto.
La última vez que alguien vio a Joel, caminaba solo por la avenida 6 de Marzo con una bolsa de chatarra al hombro y el pasamontaña a medio poner.
Jenny seguía en su semáforo, con la bolsa de dulces y la mirada fija en el horizonte.
Mary Blaze, en cambio, había vuelto al albergue a ayudar a una chica que llegó la noche anterior sin zapatos y con hambre de tres días.
A cuatro mil metros, el frío no avisa. Y el hambre tampoco espera.
* Laura Evelin Larico Guarachi y Sergio Andres Flores Ramirez son estudiantes de sexto semestre de la carrera de Periodismo de la Universidad Franz Tamayo de La Paz, Bolivia.