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Autonomía y poder: cuando la igualdad depende de estructuras, no de decisiones

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«No se nace mujer: se llega a serlo.»  Simone de Beauvoir

El concepto de empoderamiento femenino ha sido, en muchas ocasiones, reducido a una narrativa simplista que responsabiliza a la mujer como individuo de su autonomía y desarrollo. Se piensa que basta con la voluntad personal para alcanzar la igualdad, como si se tratara de una decisión aislada. Este enfoque, sin embargo, es profundamente erróneo. El empoderamiento no es un acto individual, sino un fenómeno estructural, atravesado por factores económicos, jurídicos, sociales, culturales y tecnológicos.

El error del enfoque individualista

Responsabilizar a la mujer de su propio empoderamiento invisibiliza las condiciones estructurales que limitan sus posibilidades. La desigualdad de género no es producto de falta de voluntad, sino de sistemas que reproducen inequidades en múltiples ámbitos: desde la salud sexual y reproductiva hasta el acceso a la justicia y la participación económica.

La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, en su Objetivo 5, reconoce que la igualdad de género y el empoderamiento de mujeres y niñas son metas globales. Sin embargo, a siete años de la fecha límite, los avances son insuficientes y las barreras estructurales persisten.

Violencia digital: un nuevo frente de desigualdad

La violencia digital es una manifestación contemporánea de la desigualdad. Desde la difusión no consentida de imágenes privadas hasta el robo de identidad y las amenazas en línea, las mujeres enfrentan un entorno hostil que vulnera su integridad y limita su participación en espacios digitales. Este fenómeno demuestra que el empoderamiento no depende solo de la voluntad, sino de la existencia de marcos legales y tecnológicos que protejan efectivamente a las mujeres.

El ámbito económico: inequidad persistente

La participación laboral de las mujeres en México es del 46.5%, frente al 76.5% de los hombres. Esta diferencia marca el inicio de una cadena de desventajas:

  • Brecha salarial: por cada 100 pesos que gana un hombre, una mujer recibe 86.
  • Pobreza laboral: afecta a 49.6 millones de personas, con mayor incidencia en mujeres.
  • Jefatura femenina: 11.5 millones de hogares dependen de mujeres que, sin ingresos dignos, enfrentan un círculo de precariedad que impacta en el desarrollo social, educativo y emocional de sus familias.

Estos datos evidencian que el empoderamiento femenino no puede reducirse a un acto de voluntad personal, sino que requiere políticas públicas que garanticen condiciones estructurales de igualdad.

El componente jurídico y social

La falta de acceso efectivo a la justicia, la revictimización y la impunidad refuerzan la idea de que la autonomía femenina está condicionada por sistemas institucionales que no cumplen su función protectora. El empoderamiento, entonces, es inseparable de la transformación de estructuras jurídicas y sociales que perpetúan la desigualdad.

Empoderar exige cambiar el sistema

El empoderamiento femenino es un proceso colectivo y estructural. No basta con que las mujeres “decidan” empoderarse; se requiere transformar los sistemas económicos, jurídicos, sociales y culturales que limitan sus oportunidades. La igualdad de género no es un asunto de voluntad individual, sino un compromiso global que exige políticas públicas, marcos legales efectivos y una sociedad que reconozca y desmantele las barreras estructurales.

«La igualdad de género no es un regalo, es una conquista que exige transformar las estructuras del poder.»  Clara Zetkin

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

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