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Calle de las Brujas: El mercado  de La Paz donde los ritos viven entre el misticismo y la fe

*Mauricio Carrasco

A cuatro mil metros de altura, las ruinas de Tiahuanaco desafían al tiempo como mudos testigos de uno de los imperios más grandes de la humanidad. 

El origen de esa ciudad y el recuerdo de su pasado distorsionan aún hoy la misteriosa desaparición de los llamados «hijos del Sol».

Sin embargo, no todo ha muerto. Desde esa tierra enigmática viajaron hasta la metrópoli —entrelazadas con la fe religiosa del conquistador español— las creencias y el misticismo del hombre originario, que hoy conviven en la llamada «Calle de las Brujas», donde pervive, intacto, el culto a lo desconocido.

En una estrecha y empinada callejuela que hace tiempo cambió el empedrado por el asfalto, flanqueada por vetustos kioscos y encajada entre iglesias y casas coloniales, late el corazón más antiguo de La Paz. 

Tanto su valor histórico como su singularidad cultural fueron reconocidos en 2019, cuando el Mercado de las Brujas fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la ciudad, distinción que vino a consagrar lo que paceños, bolivianos del interior y visitantes de todo el mundo ya sabían de sobra: que este rincón es único e irrepetible.

Empresarios que llegan en auto, indígenas con sus atuendos originarios, turistas despistados y clase media de barrio: todos se mezclan sin distinción en la Calle de las Brujas. 

La búsqueda es la misma para todos —salud, dinero, amor, suerte— y el misticismo, el camino elegido para encontrarla. Aquí las jerarquías sociales se disuelven ante el poder de una hoja de coca o el humo de una «mesa» bien preparada.

Y es que la fama de este mercado ha trascendido hace tiempo las fronteras del altiplano. 

Turistas de los cinco continentes llegan cada año hasta esta empinada callejuela del centro paceño, guía en mano o simplemente siguiendo el olor a hierbas e incienso que se escapa entre los kioscos. 

Europeos, norteamericanos, asiáticos y latinoamericanos recorren sus pasillos con la misma mezcla de asombro y curiosidad, fotografiando fetos de llama, amuletos y pócimas, preguntando por el sorojchi o atreviéndose a consultar a una curandera. 

Para muchos, la visita a la Calle de las Brujas se ha convertido en una experiencia obligada al recorrer La Paz, tan icónica como el teleférico o la vista del Illimani desde los miradores de la ciudad.

Allí, las antiguas medicinas indígenas compiten con éxito contra los más sofisticados productos farmacéuticos. 

Médicos dubitativos, parejas inseguras, enfermos adoloridos y comerciantes ambiciosos buscan entre sus pasillos las hierbas que pondrán remedio a sus males, disiparán sus miedos o harán realidad sus aspiraciones.

Raíces, tallos, hojas, flores, musgos y cortezas se ofrecen en preparaciones de las que se dice curan toda clase de dolencias. 

Los nombres de las plantas suenan a misterio: tojlolo, huairuro, curucuru, coa, huillca, lampaya, tillicoa, pupusa, tikacoa, aluzema, chijchipa, keakea, chachacoma, airampo, huirahuira… o unos espinos llamados, con dulce ironía, «amor seco».

Aunque sus nombres en aymara o quechua resulten irreconocibles, las enfermedades que se supone curan son universales: cáncer, presión alta, gripe, diabetes, infecciones respiratorias, acné. 

La «medicina natural» —como denominan las curanderas a sus pociones— se ha mezclado con la bioquímica y se ha lanzado al mercado con nombres que funden el inglés y el aymara. 

Las Sorojchi Pills, por ejemplo, se venden en farmacias como remedio contra los desagradables efectos que los cuatro mil metros del altiplano provocan en los turistas: el sorojchi, o «mal de altura» en aymara, los síntomas causados por la disminución del oxígeno y la presión atmosférica. Su fórmula incluye pupusa y otras hierbas de estas laderas.

Para la gripe, lampaya o aluzema. Para el estómago, chachacoma. Para el hígado, sillusillu. Para la diabetes, charara. Para la presión alta, sábila. Para conciliar el sueño, valeriana.

Personas de todos los estratos sociales —empresarios, indígenas, extranjeros, clase media— desean salud y buena suerte y recurren al misticismo para encontrarlas en la Calle de las Brujas. Fotografía Mauricio Carrasco.

Un mundo de ilusión

En este rincón citadino donde el tiempo parece haberse detenido, la vida del hombre y sus creencias se despliegan en capas. Cada objeto, igual que cada tubérculo medicinal, porta su propia connotación religiosa y mística, orientada siempre hacia la bendición o la prosperidad.

Las figuras de barro cocido del hombre y la mujer, representados en escenas íntimas, simbolizan el inicio de la familia y la procreación como mandato divino. El sapo y la tortuga brindan seguridad y ahuyentan la mala suerte en el hogar. El búho, en cambio, atrae la buena fortuna; el perro, custodia la casa.

Si lo que acecha es el odio o la venganza, ambos pueden volverse contra el enemigo con un baño de flores aromáticas en el que se remoje el tojlolo, semilla con forma de cráneo humano. Los creyentes que desean prosperidad «sauman» sus moradas o lugares de trabajo con las «mesas» que se consiguen aquí mismo.

Las «mesas» son mezclas de hierbas secas que se queman para atraer la buena suerte y los favores de la Pachamama, diosa de la tierra en las culturas aymara y quechua. 

Sobre ellas se colocan el coa, el titi y el killi —amuletos de buena fortuna—, alcohol para que nunca falten las bebidas espirituosas, y un sullu, feto de llama para la abundancia. No debe faltar una nuez: si es carnosa, el año vendrá bien; si no, mejor prevenir.

Para el rito del «saumerio» es imprescindible el kallawaya, el sabio en lengua aymara, quien inicia la ceremonia separando las hojas de coca buenas de las malas antes de lanzarlas sobre un aguayo para leer el futuro. 

La posición de cada hoja revela lo que le espera a la persona o a la pareja en la salud, el dinero, el amor y los negocios.

Dicen que para la buena suerte la retama, la ruda o el romero son los más indicados. Y así, con la misma fe con que unos encienden una vela ante un santo y otros depositan una ofrenda a la Pachamama, la Calle de las Brujas sigue siendo, año tras año, el lugar donde La Paz busca sus respuestas.

*Mauricio Carrasco es un periodista y escritor boliviano con más de tres décadas de trayectoria en medios de prensa escrita. A lo largo de su carrera, ha sido distinguido con 20 premios de periodismo. Entre estos galardones destaca el segundo lugar en el renombrado Premio Gabriel García Márquez de Crónica Periodística. 

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