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Listas, amenazas y miedo: el periodismo boliviano en tiempos de crisis

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*Esteban Castellón Arana

“Listas negras circulaban” con nombres y direcciones. No era un rumor. Era un documento que señalaba casas, ubicaba familias y marcaba periodistas.

En esa lista estaba Daniel Castellón, periodista con más de dos décadas frente a cámaras.

Castellón entendió en 2019 que informar podía tener consecuencias que iban más allá de la pantalla. Su nombre, en redes sociales y panfletos, aparecía junto a la dirección de su hogar.

“Había una lista de periodistas opositores con sus respectivas ubicaciones. Entre ellos estaba mi nombre con la ubicación de donde vivíamos. El constante miedo de que en cualquier momento se metan a la casa escalaba poco a poco”, recuerda.

El contexto era el país en ebullición. Venía arrastrándose la tensión desde el referéndum del 21 de febrero de 2016, cuando la población rechazó la reelección indefinida. 

En octubre de 2019, las elecciones generales derivaron en denuncias de fraude, protestas masivas y una crisis política que terminaría con la renuncia de Evo Morales el 10 de noviembre.

Antes de eso, Castellón ya había sentido el primer golpe. Fue desvinculado de ATB, una red nacional, donde trabajaba como presentador. No hubo cuestionamientos a su desempeño. 

Según su testimonio, pesó su imagen pública en un año electoral.

Luego llegó Red Uno, otra cadena nacional influyente. Y con ella, uno de los momentos más tensos del periodismo reciente en Bolivia.

Las calles estaban tomadas. Las posiciones, radicalizadas. Y los periodistas, en medio.

El miedo dejó de ser una idea abstracta cuando la violencia tocó de cerca. 

La experimentada Casimira Lema, colega de Castellón, sufrió un ataque directo: un grupo radical y violento incendió su casa.

No fue un caso aislado. Durante esos días, otros periodistas también quedaron expuestos. 

La periodista Ximena Galarza, conductora de un programa en La Paz, fue amenazada por grupos movilizados que la señalaban por su línea editorial. 

Las acciones no se limitaron a consignas en la calle: incluyeron hostigamiento directo, amenazas de muerte y la necesidad de resguardarse. 

En paralelo, reporteros de distintos medios denunciaron agresiones mientras cubrían protestas, con equipos dañados o retenidos y restricciones para realizar transmisiones en vivo.

El clima de persecución también alcanzó a figuras públicas vinculadas a la defensa de derechos humanos. 

El expresidente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia, Waldo Albarracín, denunció la quema de su domicilio en medio de la escalada de violencia. 

En ese escenario, la exposición mediática se traducía en riesgo físico concreto. 

La cobertura informativa dejó de ser solo una tarea profesional para convertirse, en muchos casos, en una actividad de alto riesgo personal.

“Fue un tiempo muy duro, porque no sabía si al día siguiente mi familia estaría bien y nadie los lastimaría”, dice Castellón, recordando aquel episodio.

No era paranoia. Era contexto.

Entre octubre y noviembre de 2019, Bolivia registró al menos 37 muertes en medio de la crisis, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. 

En paralelo, se multiplicaban las agresiones a periodistas: amenazas, golpes, equipos retenidos, medios atacados.

En ese escenario, informar no solo implicaba contar lo que pasaba. Implicaba exponerse.

El experimentado periodista boliviano Daniel Castellón.

Periodismo bajo amenaza

Lo que vivió Castellón no es un caso aislado. Es parte de una tendencia más amplia.

En el mundo, ejercer el periodismo se ha vuelto cada vez más riesgoso. 

En los últimos años, cientos de periodistas han sido asesinados mientras hacían su trabajo. Otros han terminado en prisión, acusados de delitos que van desde difamación hasta amenazas a la seguridad del Estado.

América Latina aparece de forma recurrente en ese mapa de riesgo.

En Bolivia, las agresiones también tienen registro: amenazas, intimidaciones, ataques físicos, presión a medios. 

Ocurren en coberturas de protestas, en investigaciones sobre corrupción o narcotráfico, o en medio de disputas políticas.

No siempre dejan titulares. Pero marcan la práctica diaria.

En medio de ese escenario, el periodista no solo enfrenta riesgos externos. También carga con una responsabilidad que no admite descuidos.

Informar no es solo contar. Es verificar.

El margen de error es mínimo. Y las consecuencias, altas.

Una información mal manejada puede derivar en procesos judiciales, sanciones o daños irreparables a personas. Pero también puede erosionar algo más difícil de recuperar: la confianza.

Los riesgos de informar

Los peligros son diversos y, muchas veces, simultáneos.

Castellón vivió uno de esos niveles: la amenaza directa. Saber que su casa estaba identificada, que su nombre circulaba como objetivo.

“Eso cambia la forma de ejercer el oficio”, asegura.

Y agrega: “Ahí aparece el dilema”.

¿Hasta dónde exponerse? ¿Qué tanto arriesgar para conseguir información? ¿Dónde está el límite cuando la familia también entra en la ecuación?

No hay respuestas únicas. Pero sí una constante: el periodista decide en tiempo real.

Salir a cubrir una protesta. Permanecer en el lugar o retirarse. Publicar o esperar. Mostrar o resguardar.

Cada decisión tiene costo.

En Bolivia, además, muchos medios no cuentan con protocolos claros de seguridad. La protección suele depender más de la experiencia individual que de estructuras institucionales.

En Bolivia, la credibilidad en los medios ha caído en los últimos años. Influyen la polarización, la desinformación y también los errores del propio periodismo.

Hoy, informar rápido compite con informar bien.

Y en ese cruce, el periodista vuelve a lo esencial: verificar, contrastar, sostener el dato.

“Su mayor activo es la confianza de la gente”, resume Castellón. 

Y esa confianza —dice— solo se mantiene siendo valiente ante los riesgos y responsable ante la verdad.

El experimentado periodista decidió contar su historia años después, cuando —según su propio testimonio— las condiciones habían cambiado y el riesgo inmediato había disminuido. 

La circulación de listas, las amenazas directas y el clima de hostilidad que marcaron la crisis de 2019 comenzaron a disiparse tras las elecciones de 2025, en un escenario político distinto al que siguió a la salida del poder de Evo Morales, primero, y de Luis Arce, después.

Solo entonces, en un escenario que percibe como más democrático y con menor presión directa sobre su seguridad personal y la de su familia, el periodista optó por reconstruir públicamente lo vivido, como una forma de dejar registro de un periodo en el que informar implicaba, también, sobrevivir.

*  Esteban Castellón Arana es estudiantes de tercer semestre de la carrera de Periodismo de la Universidad Franz Tamayo de La Paz, Bolivia.

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