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Trabajo del Hogar: Entre la Invisibilidad y la Lucha por la Dignidad

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 “No sabemos si cada 30 de marzo estamos celebrando lo logrado en cada país o lo mucho que aún nos falta por hacer; pero sabemos que en muchos países las trabajadoras del hogar se vienen organizando y han ganado derechos como un sueldo digno, seguro social, pensión, vacaciones, gratificaciones, 8 horas de trabajo, descanso semanal, etc.” Ernestina Ochoa

El trabajo doméstico remunerado constituye una de las actividades más antiguas y esenciales para el sostenimiento de la vida cotidiana. Sin embargo, paradójicamente, ha sido también uno de los sectores más invisibilizados y precarizados en la historia laboral. Las trabajadoras del hogar, mayoritariamente mujeres, enfrentan una doble carga: por un lado, sostienen la economía de millones de hogares; por otro, padecen la falta de reconocimiento, derechos y protección social

Una fecha nacida de la resistencia

Cada 30 de marzo se conmemora el Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar, instaurado en 1988 durante el Primer Congreso de Trabajadoras del Hogar en Bogotá, Colombia. Esta jornada busca visibilizar las demandas de millones de mujeres que realizan labores domésticas en hogares ajenos, históricamente marginadas y sin acceso a derechos básicos.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que más de 75 millones de personas en el mundo se dedican al trabajo doméstico, de las cuales el 80% son mujeres. Sin embargo, la mayoría lo hace en condiciones informales, sin contratos ni seguridad social, lo que refleja una de las brechas más profundas de desigualdad de género en el mercado laboral.

Avances internacionales y límites reales

El Convenio 189 de la OIT, adoptado en 2011, estableció estándares mínimos para garantizar derechos laborales y protección social. Hasta 2022, más de 35 países lo habían ratificado. Sin embargo, la implementación enfrenta obstáculos:

  • Falta de inspección laboral en hogares privados.
  • Persistencia de la informalidad.
  • Escasa voluntad política para hacer cumplir las leyes.

En países como México, Brasil y Perú se han reconocido derechos como salario mínimo, vacaciones y seguridad social. Pero la realidad es que muchas trabajadoras siguen sin contratos formales y expuestas a despidos injustificados.

América Latina: un sector amplio, pero precarizado

En la región, cerca del 17% de las mujeres ocupadas trabaja en el sector doméstico, superando el 20% en países como Paraguay y Bolivia. En México, nueve de cada diez trabajadoras del hogar son mujeres, muchas de ellas indígenas o migrantes, lo que agrava su vulnerabilidad.

La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) revela que siete de cada diez trabajadoras no tienen acceso a seguridad social y menos del 5% está afiliado al IMSS, pese a que la ley obliga a las personas empleadoras a registrarlas.

La pandemia de COVID-19 profundizó estas desigualdades, dejando a miles sin empleo ni ingresos estables, y evidenció que el trabajo doméstico sigue siendo uno de los sectores más precarizados.

Más allá de las leyes: un problema cultural

El reto no es solo legislativo, sino cultural. El trabajo doméstico continúa siendo infravalorado porque lo realizan mayoritariamente mujeres en condiciones de escasa protección. La líder sindical Marcelina Bautista lo resume con contundencia: “El trabajo en casas particulares sigue siendo uno de los menos valorados y más precarizados, pese a su aporte fundamental a la economía y al bienestar social.”

La discriminación hacia trabajadoras indígenas y migrantes refleja que estamos ante un problema de justicia social y de género, donde la falta de reconocimiento perpetúa desigualdades estructurales.

Reflexión final

El Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar no puede quedarse en un gesto simbólico. Nos conduce a una conclusión inevitable: la dignidad laboral sigue siendo una deuda histórica. No basta con legislar; es necesario garantizar la aplicación efectiva de las leyes, reforzar la inspección, y transformar la cultura que normaliza la precarización de este sector.

El trabajo doméstico no es un favor ni una ayuda: es un empleo esencial que sostiene la vida social y económica. Reconocerlo plenamente es un acto de justicia y de humanidad.

Es un llamado urgente a pasar de la retórica a la acción real: aflorar el empleo oculto, reforzar la inspección, facilitar el cumplimiento de la ley y dignificar social y económicamente este trabajo esencial.

«El trabajo doméstico no es esclavitud moderna, es labor esencial que merece derechos plenos.»  Marcelina Bautista

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

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