InicioEducaciónEl Hogar Villegas: la casa donde La Paz resguarda a sus hijos olvidados

El Hogar Villegas: la casa donde La Paz resguarda a sus hijos olvidados

*Daneyda Paola Laura De la Oliva y Sócrates Andrés Cárdenas Flores

En el silencio también se cuida, y quizás en ningún lugar eso se siente tanto como en Sopocachi, un barrio residencial de la ciudad de La Paz, Bolivia. 

La zona vive de su propio ruido: la avenida 20 de Octubre, el tráfico que no para, los transeúntes que cruzan sin detenerse. Pero hay quien encuentra ahí, entre tanta agitación, una forma de resguardo.

 Allí se levanta un edificio, el Hogar Carlos de Villegas, que custodia un secreto entre paredes despintadas, maderas viejas que rechinan al pisarlas, flores a medio cuidar y oficinas de mueblería reciclada.

Corría el año 1909. La Paz era una ciudad atrapada entre sus raíces coloniales y el ansia de modernidad. 

El abandono de infantes en las puertas de las iglesias o en los basurales de las periferias era una herida abierta, que muy pocas personas querían mirar. 

Fue entonces cuando Carlos de Villegas, un hombre de guerra, militar y político, decidió no pasar por alto lo que ocurría con los abandonos de los pequeñitos.

El 20 de junio de 1909 se constituyó el primer directorio de lo que sería la Sociedad Protectora de la Infancia.

Para Villegas no era una tarea sencilla. 

La época estaba marcada por un fuerte anticlericalismo liberal, lo que dificultaba la creación de nuevas instituciones de caridad, tradicionalmente en manos de la Iglesia Católica. 

Sin embargo, logró sumar la voluntad de damas de la alta sociedad paceña y el apoyo municipal para colocar una piedra fundamental y decirles a esos niños abandonados que no estaban solos.

Lo llamaron la Casa de la Infancia.

Sus puertas no se abrieron hasta el 12 de abril de 1914. Aquel día, la ciudad comprendió que el cuidado de los niños abandonados dejaba de ser una obra de caridad para convertirse en un compromiso social organizado. 

Con el tiempo, y tras la muerte de su mentor en 1927, el lugar fue rebautizado como Hogar Carlos de Villegas, en honor al hombre que habló por quienes no tenían voz o temían hacerlo.

En su memoria lírica, muchos lo seguirían llamando: La Gota de Leche.

Entrar al Hogar Villegas es alejarse del ruido de la urbe para sumergirse en la tranquilidad, el orden y la ternura. 

Su mecanismo más simbólico es herencia de las antiguas casas de expósitos de Europa: un torno diseñado para preservar el anonimato. 

La lógica era cruda, pero realista: era preferible que una madre dejara a su hijo en un receptáculo seguro y giratorio antes que abandonarlo en la intemperie.

Cuando el torno gira, una campana suena en el interior, anunciando la llegada de un niño. Al otro lado, una religiosa espera. Sin juicios ni preguntas, solo un par de brazos que reciben.

A los niños que llegan sin nombre se les otorga el apellido de su fundador: Villegas. 

Así se construye un linaje de ciudadanos unidos no por la sangre, sino por la protección de esta casa.

Décadas después, algunos de esos niños —ya adultos— regresan en busca de respuestas. En 2020, dos historias recorrieron redes sociales: las de Atamhi y Vicente, jóvenes que iniciaron la búsqueda de sus familias biológicas tras haber sido acogidos en Bolivia.

Vicente, encontrado en 1988 y llevado al Hogar Carlos de Villegas, fue adoptado meses después por una familia en Noruega; Atamhi, hallado en 1992 en la zona de 16 de Julio en El Alto y trasladado al mismo circuito institucional, creció en Bélgica.

Ambos difundieron sus historias en Facebook y en panfletos pegados en calles de La Paz y El Alto. “No sé mi nombre, no sé quién me dejó ahí”, decía Atamhi en un video, hoy sociólogo y doctorante en Europa. Vicente, artista visual formado en varios países, apelaba a los pocos datos de su origen para reconstruir su historia. Unidos por la experiencia de la adopción, regresaron al país para intentar cerrar un vacío común: entender quiénes fueron antes de tener un apellido, antes de pertenecer a algún lugar.

Órdenes religiosas

A lo largo de las décadas, el hogar fue administrado por diversas órdenes religiosas: iniciaron las hermanas venidas de Chile, seguidas por las Hijas de Santa Ana y posteriormente por las Religiosas del Amor de Dios. 

Cada congregación dejó su sello en la educación, el cuidado y el afecto hacia los menores.

Hoy, el hogar ya no es solo un dormitorio. Es una pequeña ciudad dividida en cuatro etapas de vida: las Lactantes, los Kinderitos, los Escolares y los Universitarios.

Las Lactantes concentran el cuidado de bebés: el aire huele a talco, pañales y leche tibia; 18 cunas sostienen los sueños de quienes recién llegan al mundo. Los Kinderitos viven la etapa del juego y el descubrimiento, entre jardines multicolores y patios que se convierten en escenarios de primeras aventuras.

Es 1969 y una monja recibe a un bebe en el Hogar Villegas en el momento en que fue abandonado. El cilindro giratorio daba a la calle. Fotografía de Alfonso Bedoya Ballivian, publicada en Facebook.

Los Escolares ya cargan mochilas y aprenden que el estudio será su pasaporte hacia la ciudad.
Y los Universitarios atraviesan la etapa más conmovedora: la salida al mundo. El hogar no suelta su mano. 

Al cumplir 18 años, quienes deciden estudiar reciben apoyo mediante becas en universidades como la Salesiana o institutos técnicos.

¿Cómo ha sobrevivido una institución durante 116 años?

La respuesta está en una mezcla de resiliencia y solidaridad paceña.

En sus inicios, el hogar se sostenía con aportes del Tesoro Departamental y cuotas de “socias cooperadoras”. 

Hoy, el panorama es distinto. La institución funciona principalmente gracias a donaciones particulares: familias que llevan ropa y alimentos, instituciones como la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, convenios con universidades, centros de salud, kermesses, rifas y colectas que movilizan a Sopocachi.

El apoyo estatal existe, pero es limitado, a través de coordinaciones con el Servicio Departamental de Gestión Social para casos de abandono o maltrato.

Recorrer los pasillos del Hogar Villegas es entender que la historia de La Paz también se escribe en las sábanas de un orfanato. Es recordar a los niños que llegaron durante la Guerra del Chaco, a los que sobrevivieron a crisis económicas.

En sus instalaciones también se cuenta, generación tras generación, la historia de la Madre del Soldado: Ignacia Zeballos.

Dicen que todo comenzó con un acto de rebeldía y amor en medio de la Guerra del Pacífico. Zeballos no vio soldados: vio hijos. 

En Antofagasta, mientras otros pensaban en estrategia militar, ella pensó en el hambre y la soledad.

Al volver a La Paz, comprendió que la verdadera guerra continuaba en los hogares donde los niños quedaban sin protección. Esa convicción impulsó la creación de la Sociedad de Auxilios de Señoras de La Paz.

El nacimiento del Hogar Villegas no fue solo la inauguración de un edificio. Fue la decisión de mujeres de asumir la asistencia social cuando el Estado no daba abasto.

Apoyo

Durante décadas, el hogar se sostuvo con monedas, con kermesses, con donaciones de vecinos del barrio de San Pedro, con gente que, sin tener mucho, sentía que esos niños eran suyos.

Quizá por eso, en el Hogar Villegas la palabra familia no siempre se escribe con los mismos apellidos. 

Algunos se van lejos, cruzan océanos, aprenden otros idiomas y crecen en culturas distintas. Pero el origen, ese punto ciego en la memoria, permanece. A veces vuelve en forma de pregunta, de búsqueda, de necesidad de saber.

Porque aunque la casa entregue un nombre, una cama y una oportunidad, hay algo que no puede completar: la historia anterior. Y es en ese vacío donde nacen historias como las de Atamhi y Vicente, que regresan no solo a un país, sino a una pregunta.

En ese sentido, el Hogar Carlos de Villegas no solo protege vidas: también guarda comienzos. 

Algunos se quedan, otros parten, pero todos comparten un mismo origen silencioso. 

Un linaje que no está marcado por la sangre, sino por el gesto de haber sido recibidos cuando nadie más estaba allí.

* Daneyda Paola Laura De la Oliva y Sócrates Andrés Cárdenas Flores son estudiantes de sexto semestre de la carrera de Periodismo de la Universidad Franz Tamayo de La Paz, Bolivia.

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