«La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo.” Nelson Mandela
Chilpancingo, Gro., diciembre 2025. En un acto solemne y lleno de significado histórico, se llevó a cabo la graduación de la primera generación de la Especialidad en Gestión Pública Inclusiva y Transparente de la Universidad Virtual del Estado de Guerrero (UVEGRO), institución pionera en ofrecer educación gratuita, accesible y completamente en línea para las y los guerrerenses.
Un logro académico con respaldo institucional
La ceremonia fue encabezada por la gobernadora Mtra. Evelyn Salgado Pineda, quien fungió como madrina de la generación y reafirmó su compromiso de impulsar la formación de servidoras y servidores públicos con una visión incluyente, transparente y cercana a la ciudadanía. La rectora de la UVEGRO, Mtra. Neysi Palmero Gómez, destacó que este programa representa un parteaguas en la profesionalización del servicio público, al consolidar un modelo educativo flexible que elimina barreras de distancia, tiempo y recursos.
Reconocimiento a las y los egresados
Las y los graduados recibieron un emotivo reconocimiento por su disciplina y entrega, convirtiéndose en referentes de una nueva etapa en la gestión pública de Guerrero. Se subrayó que su preparación contribuirá a modernizar las instituciones bajo principios de inclusión, transparencia y compromiso social.
Mención especial al Senador Félix Salgado Macedonio
Durante el evento, se otorgó un reconocimiento especial al Senador de la República, Félix Salgado Macedonio, quien culminó esta especialidad sumándola a su amplia trayectoria académica y política. Su participación fue resaltada como ejemplo de constancia y vocación, demostrando que la actualización profesional no tiene edad ni límites. La rectora Palmero Gómez lo calificó como “padre intelectual de la UVEGRO”, recordando que desde hace años soñaba con una universidad gratuita para sectores vulnerables.
Guerrero apuesta por la innovación educativa
La creación de la UVEGRO fue reconocida como un proyecto estratégico del Gobierno del Estado, orientado a garantizar educación de calidad y gratuita para todas y todos. Con esta primera generación, se consolida un modelo que responde a las necesidades contemporáneas de la sociedad y abre nuevas oportunidades para el desarrollo profesional en el servicio público.
La ceremonia concluyó con un mensaje de esperanza y compromiso: las y los egresados representan un nuevo impulso para Guerrero, que se levanta con fuerza apostando por la educación, la innovación y la profesionalización como pilares del desarrollo y la transformación social.
En el acto, la gobernadora Evelyn Salgado, junto con la rectora Neysi Palmero y el titular de Educación Guerrero, Ricardo Castillo, realizó la entrega simbólica de títulos a las y los egresados, destacando que esta institución representa una oportunidad de crecimiento personal y profesional. Al evento asistieron también el diputado Pánfilo Sánchez, la encargada de despacho de la Secretaría General de Gobierno, Anacleta López Vega, y la presidenta del Sistema DIF Guerrero, Liz Salgado Pineda, entre otros distinguidos funcionarios.
“La educación no cambia al mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo.” Paulo Freir
Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com
“Los productores y agricultores es el alma de vida de los seres humanos”, AC.
La Asociación de Productores Agropecuarios de Pedro García, Inc. (ASOPROAPEGAR), celebró el pasado fin de semana su Asamblea Extraordinaria, en la que fue elegida la nueva directiva que presidirá la organización durante el período 2026-2028.
La estructura quedó conformada por: Agustín María Abreu, presidente;Juan Benito de León, vicepresidente;Zoilo Vega,tesorero;María Elena Ceballos, secretaria; yMaría Antonia Infante,vocal; juramentó el Sr. Juan Antonio Ulloa.
ASOPROAPEGAR, aunque con raíces organizativas que datan desde la década de los años setenta, consolidó su proceso de formalización legal a partir de la pandemia del COVID-19. Sus miembros han sido protagonistas históricos en la vida campesina y comunitaria del Distrito Municipal Pedro García, aportando al desarrollo agrícola, social y humano de la región.
Hay un liderazgo con experiencia y compromiso: El recién electo presidente, Agustín María Abreu, con más de 80 años de servicio comunitario en las lomas y montes de Pedro García, es reconocido por su honestidad, responsabilidad y vocación de trabajo.
En palabras sencilla Don Agustín, “aseguró que la misión principal de la Asociación es fortalecer la organización de productores y agricultores, con el fin de generar mayores beneficios para las familias y la comunidad”.
“Tenemos una gran responsabilidad con la comunidad de Los Lirios y con todo el Distrito Municipal Pedro García. Nuestro compromiso es desarrollar un plan claro, con visión, misión y objetivos concretos que ejecutaremos durante los próximos dos años, con la ayuda del Dr. Arcenio Estévez, Ing. Juan Álvarez y el Dr. Amin Cruz”, afirmó Abreu.
Un equipo renovado con espíritu de avance, como es el tesorero electo, Zoilo Vega, conocido por su trayectoria de servicio y liderazgo en toda la comunidad, expresó su entusiasmo por esta nueva etapa:
Y dijo, “la Asociación cuenta con un equipo de mujeres y hombres dispuestos a cumplir rigurosamente un plan de trabajo. A partir de enero de 2026 iniciaremos un nuevo ciclo de labor, organización y resultados”, concluyo Vega.
Asimismo, el miembro de mayor edad, Juan Antonio Ulloa, de 87 años, manifestó su alegría y esperanza ante la nueva directiva, dijo, “me siento con fuerzas para seguir trabajando. Esta elección marca un antes y un después; la nueva directiva debe hacer la diferencia”.
Mientras que las voces de la membresía, expresaron esperanza tras la reestructuración, durante la Asamblea, varios miembros expresaron su apoyo y expectativas frente a la renovación institucional:
María del Carmen Domínguez: manifestó que había sentido frustración por la falta de avances, pero ahora recupera la esperanza.
Ramón Antonio Arias: dijo que el desánimo era evidente, pero la reorganización le devuelve la motivación.
María Antonia Infante: señaló que la falta de quórum había sido el principal obstáculo para avanzar.
María Elena Ceballos: expresó su confianza en que todo cambiará para bien gracias a una directiva responsable y trabajadora.
Altagracia Virgen Espinal: afirmó que ve “un faro de luz” en esta nueva etapa organizativa.
Un cierre, juramentación y confraternidad navideña de alto nivel… Concluidos los puntos de la agenda, la Asamblea Extraordinaria procedió a la juramentación formal de la nueva directiva, seguida de una emotiva oración de bendición. Posteriormente, los participantes compartieron un agasajo de confraternidad navideña, lleno de alegría, armonía y sentido comunitario.
Entre los presentes estuvieron: Agustín María Abreu, Zoilo Vega, María Elena Ceballos, María Antonia Infante, Ramón Antonio Arias, Nancy Altagracia Méndez, María del Carmen Domínguez, Juan Antonio Ulloa y Altagracia Virgen Espinal; así como los asesores y colaboradores Ing. Juan Álvarez, Dr. Amín Cruz y el Dr. Arcenio Estévez.
La celebración cerró con un ambiente fraternal, marcado por sonrisas, abrazos, planes de trabajo y renovado compromiso colectivo para impulsar el desarrollo agropecuario de Pedro García, que al final nadie quería irse…
“Si no te gusta lo que estas cosechando, analiza y piensa bien que es lo que vas a sembrar después”.
“No puedes construir un mundo pacifico sobre estómagos vacíos y miseria humana”, Norman E. Borlaug.
Dr. Amín Cruz CEO, presidente y fundador del Congreso Hispanoamericano de Prensa y del Congreso Mundial de Prensa; Padre Embajador del Periodismo Hispanoamericano y Latinoamericano, diplomático, periodista, historiador, escritor y educador.
“La violencia es el último recurso del incompetente.” Isaac Asimov
La campaña “Es real, #EsViolenciaDigital” impulsada por ONU Mujeres en el marco de los 16 Días de Activismo contra la violencia hacia las mujeres, pone en evidencia una de las formas más recientes y devastadoras de agresión: la violencia digital. Este fenómeno no es un accidente aislado, sino la prolongación de estructuras patriarcales que han encontrado en las tecnologías un nuevo espacio para reproducirse y amplificarse.
Esta iniciativa revela tres dimensiones centrales:
La universalidad del daño: ninguna mujer escapa a la violencia digital. Desde adolescentes hasta figuras públicas, todas pueden ser objeto de difamación, acoso, amenazas o difusión de imágenes íntimas sin consentimiento. La supuesta neutralidad de las plataformas tecnológicas se desmorona frente a estadísticas alarmantes: 95% de los deepfakes sexuales en internet representan a mujeres, y 40% de ellas ha vivido violencia digital.
La resistencia desde la voz de las sobrevivientes: artistas, activistas y defensoras como Ximena Sariñana, Eréndira Ibarra y Olimpia Coral Melo muestran que la resiliencia no es silencio, sino denuncia y acción. Sus testimonios son prueba de que el arte, la comunidad y la legislación son herramientas para transformar el dolor en conciencia colectiva.
La amenaza de la “machosfera”: comunidades digitales que promueven masculinidades violentas y conservadoras representan un frente de batalla simbólico y cultural. Su capacidad de disfrazar el odio bajo discursos aparentemente inocuos deporte, superación personal, consejos de ligue exige respuestas críticas y pedagógicas que desmantelen sus narrativas.
La campaña de ONU Mujeres no solo visibiliza el problema, sino que invita a la acción: informarse, detectar y denunciar. Sin embargo, el reto va más allá de la sensibilización: implica exigir responsabilidad a las empresas tecnológicas, fortalecer marcos legales como la Ley Olimpia y construir redes de paz que contrarresten las redes de odio.
La violencia digital es real porque sus consecuencias son tangibles: afecta la salud emocional, la seguridad física y la dignidad de millones de mujeres. Reconocerla y nombrarla es el primer paso, pero combatirla requiere voluntad política, compromiso social y una ética digital que coloque la igualdad en el centro.
La violencia digital es un espejo de las desigualdades históricas: reproduce las jerarquías de poder, amplifica los discursos de odio y perpetúa el control patriarcal en un espacio que debería ser de libertad y creatividad. Reconocerla es indispensable, pero no suficiente. La pregunta que queda abierta interpela a toda la sociedad: ¿Cómo transformar los espacios digitales en territorios de igualdad y justicia?
La respuesta exige voluntad política, responsabilidad empresarial y compromiso ciudadano. Implica educar en la ética digital, fortalecer marcos legales, y sobre todo, construir comunidades que privilegien el respeto y la empatía. Solo así podremos convertir la tecnología en un instrumento de emancipación y no de opresión.
“La libertad de la mujer es la medida de la libertad de una sociedad.” Karl Marx
Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com
«La pobreza no viene por la falta de riqueza, sino por la falta de justicia.»
La informalidad laboral continúa siendo uno de los desafíos más persistentes para la justicia social y el desarrollo sostenible en América Latina. El sector agrícola, vital para la seguridad alimentaria de millones, concentra más del 80% del empleo informal en la región. Esta realidad afecta de manera desproporcionada a mujeres, jóvenes y personas mayores rurales, quienes enfrentan condiciones precarias, bajos niveles educativos y una alta exposición a riesgos climáticos.
El informe conjunto de la OIT y la FAO, Trabajo Decente e Informalidad en el Sector Agrícola de América Latina, 2019–2023, identifica brechas estructurales en productividad, ingresos y protección social que perpetúan la exclusión. A pesar de su rol estratégico, el sector agrícola se mantiene atrapado en un círculo de baja escolaridad y escasa formalización. Entre 2019 y 2023, el volumen de empleo agrícola se mantuvo estable, pero sin avances significativos hacia la formalidad.
La desigualdad de género es particularmente alarmante: el 86,4% de las mujeres trabaja en condiciones de informalidad, frente al 78% de los hombres. Además, el 38,5% de ellas realiza trabajo familiar no remunerado, una tasa cinco veces superior a la masculina. Estas cifras revelan una doble vulnerabilidad que combina precariedad laboral con desigualdad estructural. El sector también concentra el 46% del trabajo infantil regional, lo que compromete el futuro de las nuevas generaciones y perpetúa ciclos de pobreza.
Aunque se han identificado 35 políticas públicas regionales, la mayoría se orienta a aumentar la productividad sin abordar de manera explícita la formalización laboral ni incorporar una perspectiva de género. Esta omisión refleja una visión limitada que reduce el problema a lo económico, sin reconocer su dimensión social y de derechos humanos.
El desafío, por tanto, no es únicamente mejorar las condiciones laborales, sino transformar la estructura misma de la informalidad. Como señaló René Orellana de la FAO, garantizar trabajo decente significa fortalecer la resiliencia de los países y asegurar la seguridad alimentaria. Esto exige políticas integradas que combinen desarrollo productivo, protección social, derechos laborales y diálogo inclusivo.
La informalidad agrícola es más que un problema económico: es una fractura ética que impide la construcción de sociedades justas y sostenibles. Superarla requiere voluntad política, inversión sostenida y un enfoque territorial que reconozca las realidades diversas de la región. Solo así será posible convertir el trabajo agrícola en un motor de dignidad y equidad.
«Donde hay justicia no hay pobreza.» Confucio
Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com
«Cuando la tiranía se convierte en ley, la rebelión se convierte en deber.» Simón Bolívar
La historia de Lucio Cabañas Barrientos es inseparable de las profundas desigualdades sociales y políticas que marcaron a Guerrero y a México en la segunda mitad del siglo XX. Nacido en 1938 en uno de los estados más pobres y marginados del país, su vida refleja el tránsito de un maestro normalista comprometido con la educación hacia un líder guerrillero que encarnó la resistencia campesina frente a la represión estatal.
Su formación en la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa lo vinculó desde temprano con las luchas estudiantiles y campesinas. Como maestro, se enfrentó a las injusticias de las compañías madereras y a las prácticas autoritarias en las escuelas, lo que lo llevó a organizar protestas en defensa de los más pobres. La represión de 1967 en Atoyac, donde policías dispararon contra padres de familia, marcó el inicio de su vida clandestina y su tránsito hacia la lucha armada.
En la sierra guerrerense fundó el Partido de los Pobres y la Brigada Campesina de Ajusticiamiento, organizaciones que expresaban un ideario de “pobrismo”, más cercano a la reivindicación de los marginados que al socialismo clásico.
Sus acciones expropiaciones, secuestros y enfrentamientos armados buscaban visibilizar la desigualdad y forzar al Estado a reconocer las demandas campesinas. El secuestro de Rubén Figueroa en 1974 simbolizó la confrontación directa entre la guerrilla y el poder político, aunque terminó reforzando la persecución contra los grupos insurgentes.
La guerrilla de Cabañas fue distinta a otras posteriores al movimiento estudiantil de 1968: rural, campesina y profundamente arraigada en las comunidades de Guerrero. Su resistencia durante más de siete años enfrentó una represión sistemática del Estado, que desplegó una cuarta parte de sus efectivos militares en la región. La Guerra Sucia, bajo los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo, se convirtió en un mecanismo brutal de desapariciones, torturas y asesinatos para sofocar cualquier intento de organización popular.
El asesinato de Lucio Cabañas el 2 de diciembre de 1974 en El Otatal Guerrero selló su destino, pero no borró su legado. Su figura permanece como símbolo de la resistencia frente a la represión y como recordatorio de que la lucha por la justicia social en México ha estado marcada por el sacrificio de quienes se enfrentaron al poder en condiciones de desigualdad extrema.
La memoria de Cabañas interpela al presente: ¿Cómo construir un país donde la educación, la justicia y la dignidad no sean privilegios, sino derechos universales?
Su vida y muerte nos recuerdan que la historia de México está atravesada por la tensión entre la represión estatal y la resistencia popular, y que la justicia sigue siendo una deuda pendiente.
«Los que luchan toda la vida son los imprescindibles.» Bertolt Brecht
Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com
«La verdadera igualdad no consiste en dar a todos lo mismo, sino en dar a cada uno lo que necesita.» Aristóteles
Durante gran parte del último medio siglo, los países de ingresos bajos lograron reducir la distancia con los más ricos gracias a avances en comercio, tecnología y desarrollo. Este proceso de convergencia permitió mejoras sustanciales en salud, educación e ingresos. Sin embargo, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) amenaza con revertir esa tendencia, generando una nueva era de divergencia marcada por desigualdades económicas, sociales y de gobernanza.
El informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), titulado La próxima gran divergencia, advierte que la IA, si no se gestiona con ética e inclusión, puede ampliar las brechas existentes. La región de Asia y el Pacífico, epicentro de esta transición, ilustra tanto el potencial como el riesgo: mientras China concentra casi el 70% de las patentes mundiales de IA y la ASEAN proyecta un billón de dólares adicionales en PIB, millones de empleos especialmente ocupados por mujeres y jóvenes enfrentan una exposición crítica a la automatización.
La desigual preparación digital entre países revela una fractura estructural. Mientras economías avanzadas invierten en infraestructura y alfabetización digital, otras apenas logran garantizar acceso básico. Esta disparidad no solo limita la capacidad de aprovechar la IA, sino que amplifica riesgos de exclusión y sesgos algorítmicos, invisibilizando comunidades rurales e indígenas. La llamada “línea de falla” de la era de la IA es, como señala el PNUD, la capacidad: quienes inviertan en habilidades, cómputo y gobernanza sólida podrán beneficiarse; los demás quedarán rezagados.
El desafío no es únicamente económico. La IA redefine la gobernanza y los servicios públicos, como muestran experiencias en Bangkok y Singapur, pero la ausencia de marcos regulatorios integrales expone a los países a violaciones de datos y abusos de la IA generativa. La urgencia de construir sistemas de gobernanza robustos es, por tanto, inseparable de la justicia social y la equidad global.
En este contexto, el ensayo crítico debe subrayar que la IA no es un destino inevitable, sino una construcción política y ética. La pregunta central es si la humanidad permitirá que la tecnología profundice desigualdades o si, por el contrario, la convertirá en un instrumento de convergencia y progreso compartido. La respuesta dependerá de decisiones colectivas, de la capacidad de los Estados y de la presión ciudadana para exigir un desarrollo inclusivo.
La inteligencia artificial, como toda herramienta, refleja las estructuras de poder que la moldean. Si se deja en manos de unos pocos, reproducirá privilegios; si se democratiza, puede abrir caminos hacia una fraternidad universal. La elección está en curso, y el tiempo apremia.
«La humanidad tiene que poner fin a la guerra, o la guerra pondrá fin a la humanidad.» John F. Kennedy
Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com
Mientras la diabetes, la hipertensión y las dolencias cardíacas amenazan con colapsar los sistemas de salud mundiales, surge una luz de esperanza que promete revolucionar la medicina. Los gigantes de la tecnología están ingresando a los hospitales para transformar radicalmente su manejo, ofreciendo atenciones innovadoras a millones de personas, indicó Alejandro Escobar, especialista en enfermedades renales y académico.
En los últimos años se han presentado innovaciones en el manejo de enfermedades crónicas, centrándose en la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y la hipertensión. En este proceso se destaca la integración de la tecnología, los enfoques de atención personalizada, la educación del paciente y la importancia de las medidas preventivas para abordar estas afecciones. En esa línea la monitorización remota, la inteligencia artificial y la medicina personalizada están transformando la prestación de atención, proporcionando información en tiempo real e intervenciones proactivas que mejoran los resultados de salud a largo plazo de los pacientes.
En una era de avances sin precedentes, la medicina está librando una batalla frontal contra las enfermedades crónicas que asedian a la sociedad moderna. Afecciones como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y la hipertensión, alguna vez consideradas una condena de por vida, en la actualidad, encuentran su némesis en la tecnología de vanguardia.
El poder de la innovación
Los sistemas de salud, a nivel internacional, enfrentan una carga abrumadora. Las enfermedades crónicas no solo son las principales causas de muerte y enfermedad a nivel mundial, sino que también representan un gasto masivo en atención médica. En respuesta, las innovaciones tecnológicas se han convertido en la pieza clave para la transformación de la atención médica, buscando aliviar la presión sobre los profesionales y, al mismo tiempo, empoderar a los pacientes para que tomen el control de su propia salud.
La vieja rutina de pincharse el dedo para medir la glucosa es cosa del pasado. En la actualidad, los sistemas de Monitoreo Continuo de Glucosa (MCG) están cambiando las reglas del juego. Estos dispositivos, equipados con sensores subcutáneos, envían datos en tiempo real a un teléfono o reloj inteligente. Así, los pacientes pueden ver cómo sus niveles de glucosa reaccionan a la comida, el ejercicio o el estrés, permitiendo un control más dinámico y preciso.
“Dispositivos como Dexcom y Freestyle Libre de Abbott no solo mejoran el autocontrol, sino que también alertan sobre picos y caídas peligrosas, previniendo complicaciones graves como la hipoglucemia”, dijo Renzo Obregón, médico internista e investigador.
Señaló que el salto cuántico en el cuidado de la diabetes es el páncreas artificial. Este sistema de circuito cerrado combina un MCG con una bomba de insulina, imitando la función de un páncreas sano. “A través de complejos algoritmos, el dispositivo ajusta automáticamente la administración de insulina según las lecturas de glucosa. Aún en desarrollo, estos sistemas prometen un control glucémico más estable, reduciendo la carga mental de la dosificación manual y mejorando drásticamente la vida de las personas con diabetes tipo 1”, explicó.
Mapa para la prevención
La medicina personalizada –dijo− está comenzando a desenredar los misterios de la diabetes. Indicó que el perfil genético permite identificar a las personas con alto riesgo de desarrollar la enfermedad, lo que abre la puerta a la prevención, a través de cambios en el estilo de vida e intervenciones tempranas. “Para quienes ya viven con ella, la genética ayuda a entender cómo cada paciente responde a los medicamentos, permitiendo tratamientos a medida para una terapia con insulina más eficaz”, indicó.
Asimismo, expuso que los dispositivos wearables son los nuevos centinelas de la salud cardiovascular. Relojes inteligentes con funciones de electrocardiograma (ECG), como el Apple Watch, pueden detectar arritmias peligrosas como la fibrilación auricular (FA). Esta detección temprana permite a los médicos iniciar tratamientos preventivos antes de que ocurra un accidente cerebrovascular o un ataque al corazón.
Telemedicina en casa
Para Luz Medinaceli, cardióloga y docente universitaria, la telemedicina y el monitoreo remoto en los últimos años han derribado las paredes de los hospitales. Pacientes con insuficiencia cardíaca ahora usan dispositivos en casa para medir la presión arterial, la frecuencia cardíaca y el peso, transmitiendo datos a los profesionales de la salud.
A través de consultas virtuales, reciben ajustes a sus planes de tratamiento sin necesidad de desplazarse. Este modelo no solo reduce las hospitalizaciones, sino que también permite la detección temprana de posibles complicaciones.
Inteligencia Artificial
La Inteligencia Artificial (IA) está revolucionando la cardiología. Algoritmos de aprendizaje automático analizan vastas cantidades de datos para predecir qué pacientes tienen mayor riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares.
La IA también mejora la precisión de las imágenes médicas, como los ecocardiogramas, lo que conduce a diagnósticos más rápidos y precisos. Al procesar datos a una velocidad asombrosa, la IA brinda a los médicos una visión sin precedentes, allanando el camino para una gestión más personalizada y efectiva de la salud del corazón.
“El tiempo que las mujeres dedican al cuidado sostiene la vida, pero rara vez sostiene su libertad.” Silvia Federici
El tiempo como recurso desigual en la vida de las mujeres
El tiempo es uno de los recursos más valiosos de la vida humana, pero su distribución nunca ha sido neutral ni equitativa. En el caso de las mujeres, el uso del tiempo ha estado condicionado por estructuras patriarcales, económicas y culturales que han invisibilizado su trabajo y limitado su autonomía. La organización social ha impuesto que gran parte de su tiempo se destine al cuidado del hogar, la crianza de los hijos y la atención de los demás, tareas fundamentales para la reproducción de la vida pero históricamente desvalorizadas y no reconocidas como trabajo.
Esta desigual distribución del tiempo ha generado una brecha estructural: mientras los hombres han podido dedicar más horas al trabajo remunerado, la política o el ocio, las mujeres han cargado con la llamada “doble jornada” (laboral y doméstica) e incluso con una “triple jornada” cuando participan en actividades comunitarias. El resultado es un agotamiento constante y una limitación en su acceso a espacios de poder, educación y desarrollo personal.
Analizar críticamente cómo las mujeres emplean su tiempo revela no solo desigualdades persistentes, sino también los mecanismos de control que las mantienen en roles subordinados. El tiempo se convierte en un dispositivo de disciplinamiento: restringe su movilidad, condiciona sus decisiones y perpetúa la idea de que su valor radica en la disponibilidad para los demás.
Sin embargo, también emergen formas de resistencia frente a estas imposiciones. Muchas mujeres han comenzado a resignificar su tiempo como un acto político: reclamar espacios de ocio, exigir la redistribución de las tareas domésticas y visibilizar el valor del trabajo de cuidados como responsabilidad social compartida. En este sentido, el tiempo femenino deja de ser únicamente un terreno de explotación y se convierte en un campo de lucha por la autonomía, la dignidad y la igualdad.
El tiempo como construcción social
Históricamente, el tiempo de las mujeres ha sido definido por roles rígidos: el cuidado del hogar, la crianza de los hijos y la atención a los demás. Estas tareas, aunque esenciales para la reproducción social, fueron consideradas “naturales” y, por tanto, desprovistas de valor económico y político. Mientras los hombres eran reconocidos por su tiempo productivo en el mercado laboral, el tiempo de las mujeres quedaba relegado a la esfera privada, invisibilizado y no remunerado.
Esta construcción social del tiempo no es inocente: responde a una lógica patriarcal que asigna a las mujeres la responsabilidad de sostener la vida cotidiana, mientras se les niega el reconocimiento público y económico de ese esfuerzo. El tiempo femenino ha sido colonizado por la idea de disponibilidad permanente, como si su existencia estuviera destinada a servir a los demás antes que a sí mismas. De este modo, se perpetúa una desigualdad estructural que limita su autonomía y restringe su participación en espacios de poder.
Además, esta división temporal refuerza la brecha de género en múltiples dimensiones: las mujeres dedican más horas al trabajo doméstico y de cuidados, lo que reduce su acceso a empleos de calidad, a la educación continua y al tiempo de ocio. El tiempo masculino, en cambio, se asocia con productividad, creatividad y liderazgo, mientras que el tiempo femenino se invisibiliza como “obligación natural”.
Analizar críticamente esta construcción revela que el tiempo no es solo un recurso biológico o individual, sino un campo de disputa política y cultural. La manera en que se distribuye y se valora el tiempo refleja relaciones de poder y desigualdad. Reconocerlo es indispensable para cuestionar las estructuras que lo han convertido en un mecanismo de subordinación y para abrir paso a nuevas formas de organización social donde el tiempo de las mujeres sea reconocido, redistribuido y dignificado.
La doble y triple jornada
En la sociedad contemporánea, muchas mujeres enfrentan la llamada “doble jornada”: trabajar en el mercado laboral y, al mismo tiempo, asumir la mayoría de las responsabilidades domésticas. Esta condición revela una contradicción estructural: aunque las mujeres han conquistado espacios en la esfera pública y laboral, siguen cargando con el peso de las tareas privadas, lo que evidencia que la igualdad formal no se traduce en igualdad real.
En contextos de precariedad, esta carga se convierte en “triple jornada”, al incluir también el trabajo comunitario o social, generalmente ligado a la organización vecinal, el cuidado colectivo o la participación en proyectos de apoyo. Estas actividades, aunque fundamentales para sostener el tejido social, suelen ser invisibilizadas y no remuneradas, reforzando la idea de que el tiempo de las mujeres está destinado a servir a los demás más que a sí mismas.
La distribución desigual del tiempo genera agotamiento físico y emocional, limita el acceso a oportunidades de desarrollo personal y profesional, y perpetúa la brecha de género en educación, política y economía. Además, normaliza la idea de que las mujeres deben ser “multitareas” por naturaleza, lo que encubre la injusticia de una organización social que descarga sobre ellas la responsabilidad del cuidado y la reproducción de la vida.
Desde una mirada crítica, la doble y triple jornada no es solo un problema individual, sino un mecanismo de control social que restringe la autonomía femenina y asegura la continuidad de un sistema patriarcal y capitalista. Reconocer esta sobrecarga implica cuestionar la división sexual del trabajo y exigir una redistribución equitativa del tiempo y las responsabilidades, donde el cuidado deje de ser visto como obligación femenina y se convierta en una tarea compartida y valorada socialmente.
El tiempo como dispositivo de control
El uso del tiempo en las mujeres no solo refleja desigualdades, sino que también funciona como un mecanismo de control social. La sobrecarga de tareas domésticas y de cuidado restringe su participación en espacios públicos y políticos, reforzando la idea de que su lugar “natural” es el hogar. Así, el tiempo se convierte en una herramienta de disciplinamiento que perpetúa la subordinación femenina y legitima la división sexual del trabajo.
Este control temporal opera de manera silenciosa pero eficaz: al asignar a las mujeres la mayor parte de las responsabilidades de cuidado, se limita su capacidad de decidir sobre su propio tiempo y se refuerza la dependencia económica y simbólica respecto a los hombres. El tiempo femenino se fragmenta en múltiples obligaciones, lo que impide la construcción de proyectos personales y colectivos más allá de la esfera doméstica.
Además, esta lógica de control se sostiene en discursos culturales que naturalizan la idea de que las mujeres “tienen más paciencia” o “están hechas para cuidar”, invisibilizando que se trata de una imposición social y no de una condición biológica. De este modo, el tiempo se convierte en un dispositivo que regula cuerpos y emociones, asegurando la continuidad de un orden patriarcal que se reproduce en lo cotidiano.
Desde una perspectiva crítica, el tiempo no es solo un recurso neutral, sino un campo de poder donde se juegan las posibilidades de autonomía y participación. La distribución desigual del tiempo revela cómo las estructuras sociales utilizan lo cotidiano para perpetuar la subordinación femenina. Reconocer esta dinámica es indispensable para desmontar la idea de que el tiempo de las mujeres pertenece a los demás y para reivindicarlo como un espacio de libertad, creatividad y acción política.
Resistencia y resignificación del tiempo
A pesar de estas limitaciones, las mujeres han desarrollado estrategias de resistencia que buscan romper con la lógica patriarcal y capitalista que coloniza su tiempo. La organización colectiva ha sido clave para visibilizar el valor del trabajo doméstico y de cuidados, mostrando que estas tareas no son “naturales” ni gratuitas, sino fundamentales para la sostenibilidad de la vida y, por tanto, merecedoras de reconocimiento social y económico.
La reivindicación del derecho al ocio y al descanso se convierte en un acto político frente a la explotación. En un sistema que exige productividad constante, reclamar tiempo para sí mismas es una forma de subversión que cuestiona la idea de que las mujeres deben estar siempre disponibles para los demás. El ocio, lejos de ser un lujo, se resignifica como un espacio de autonomía, creatividad y reconstrucción subjetiva.
Asimismo, la redistribución del tiempo en proyectos comunitarios y feministas abre la posibilidad de construir nuevas formas de convivencia que desafían la división sexual del trabajo. Estos espacios colectivos no solo cuestionan la lógica patriarcal y capitalista, sino que también generan prácticas alternativas de solidaridad y cuidado compartido, donde el tiempo se convierte en un recurso para la transformación social.
Resignificar el tiempo implica reconocer que el cuidado no es una obligación femenina, sino una responsabilidad social compartida. También exige valorar el tiempo de las mujeres como un recurso político capaz de transformar las estructuras de poder. En este sentido, el tiempo deja de ser únicamente un terreno de explotación y se convierte en un campo de lucha y emancipación, donde cada hora recuperada para la autonomía y la participación es un acto de resistencia contra la subordinación histórica.
El uso del tiempo en las mujeres como espejo de desigualdades y resistencia
El uso del tiempo en las mujeres es un espejo de las desigualdades históricas y contemporáneas. Mientras su tiempo ha sido invisibilizado, explotado y disciplinado, también se ha convertido en un espacio de resistencia y transformación. La organización patriarcal de la vida cotidiana ha impuesto que gran parte del tiempo femenino se destine al cuidado, la reproducción y la atención de los demás, relegando sus proyectos personales y profesionales a un segundo plano. Esta distribución desigual no solo limita la autonomía, sino que también perpetúa la idea de que la identidad de las mujeres está definida por la disponibilidad y el sacrificio.
Sin embargo, el tiempo femenino no es únicamente un terreno de opresión: también se ha convertido en un campo de lucha política y cultural. Al visibilizar la sobrecarga de la doble y triple jornada, las mujeres han denunciado que el tiempo no es neutral, sino un recurso atravesado por relaciones de poder. En este sentido, resignificar el tiempo implica cuestionar la lógica que lo convierte en un instrumento de control y reivindicarlo como un derecho fundamental.
Reconocer y redistribuir el tiempo es fundamental para avanzar hacia sociedades más justas, donde la libertad femenina no se mida por la capacidad de soportar cargas, sino por la posibilidad de vivir con autonomía, dignidad y plenitud. La verdadera transformación exige que el cuidado deje de ser visto como una obligación exclusiva de las mujeres y se convierta en una responsabilidad compartida, valorada y organizada colectivamente. Solo así el tiempo podrá dejar de ser un mecanismo de subordinación para convertirse en un recurso emancipador que abra caminos hacia la igualdad real.
“No se nace mujer: se llega a serlo.” Simone de Beauvoir
Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com
«La prensa libre debe ser no solo un derecho, sino la garantía de todos los demás derechos.» Benjamin Constant
La violencia contra periodistas en México se ha convertido en un fenómeno sistemático que refleja la fragilidad del Estado de derecho y la persistencia de estructuras de corrupción y crimen organizado. Desde el año 2000, Veracruz, Guerrero y Oaxaca figuran como los estados más peligrosos para ejercer la profesión, acumulando decenas de asesinatos que, en su mayoría, permanecen en la impunidad.
Los datos son alarmantes: hasta noviembre de 2025, la UNESCO contabiliza 12 periodistas asesinados en el sexenio de Claudia Sheinbaum, de los cuales 10 ocurrieron en lo que va del año. Esta cifra se acerca peligrosamente a los 13 casos registrados en 2022, considerado el año más violento para periodistas en las últimas dos décadas según Artículo 19.
La distribución geográfica revela patrones claros:
Veracruz encabeza la lista con 31 asesinatos desde el 2000, 18 de ellos durante el gobierno de Javier Duarte, en un contexto marcado por corrupción y vínculos con el crimen organizado.
Guerrero ocupa el segundo lugar con 19 casos, seguido de Oaxaca, Chihuahua y Tamaulipas, con 15 cada uno.
Otros estados como Sonora, Sinaloa y Guanajuato también muestran cifras preocupantes.
En el plano histórico, los sexenios de Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador registraron entre 47 y 48 asesinatos cada uno, reflejando que la violencia contra periodistas no es coyuntural, sino estructural.
La UNESCO coloca a México como el segundo país más peligroso del mundo para comunicadores, solo detrás de Irak, y el más riesgoso de toda Latinoamérica. Esta clasificación no solo mide la violencia física, sino también la falta de garantías institucionales para el ejercicio de la libertad de prensa.
La violencia contra periodistas en México no puede entenderse únicamente como un problema de seguridad pública. Es, ante todo, un problema democrático: cuando se asesina a un periodista, se asesina también el derecho de la sociedad a estar informada. La impunidad, la corrupción y la colusión entre autoridades y grupos criminales han creado un entorno donde informar se convierte en un acto de alto riesgo.
La precarización laboral y la falta de protección institucional agravan la crisis. Los periodistas independientes, freelancers y corresponsales locales son los más vulnerables, pues carecen de respaldo económico y jurídico. La ausencia de políticas públicas efectivas para protegerlos perpetúa un círculo de violencia y silencio.
La violencia contra periodistas en México es una herida abierta que exige respuestas inmediatas y estructurales. No basta con condenar los hechos: se requiere garantizar justicia, fortalecer mecanismos de protección y combatir la impunidad. Defender a los periodistas es defender la democracia misma.
«El periodismo no es un crimen.» Lema internacional de defensa de la libertad de prensa
Dr. Amín Cruz CEO, presidente y fundador del Congreso Hispanoamericano de Prensa y del Congreso Mundial de Prensa; Padre Embajador del Periodismo Hispanoamericano y Latinoamericano, diplomático, periodista, historiador, escritor y educado
“Donde no hay libertad, tampoco puede haber verdadero amor.” Mijaíl Bakunin
El amor como campo de disputa
El amor, históricamente, ha sido moldeado por instituciones sociales, religiosas y políticas que lo han convertido en un mecanismo de control más que en una experiencia de libertad. La Iglesia lo reguló bajo dogmas morales, el Estado lo codificó en leyes matrimoniales y de herencia, y el mercado lo transformó en mercancía a través de la industria cultural y el consumo. En todos estos casos, el amor fue instrumentalizado para garantizar obediencia, perpetuar jerarquías y sostener estructuras de poder.
En tiempos anarquistas, es decir, en un horizonte donde se cuestiona la autoridad, las jerarquías y las estructuras de poder el amor se convierte en un campo de disputa simbólica y práctica. No se trata de un sentimiento aislado ni de una experiencia privada, sino de una fuerza social que puede reproducir la dominación o, por el contrario, abrir caminos hacia la emancipación. Amar en clave anarquista implica desafiar la lógica de la propiedad, la exclusividad y la subordinación, y resignificar el vínculo afectivo como espacio de autonomía y solidaridad.
Este enfoque revela que el amor no es neutral: puede ser un instrumento de opresión cuando se utiliza para imponer roles de género, controlar cuerpos o legitimar desigualdades; pero también puede ser una herramienta de resistencia cuando se practica desde la igualdad, la reciprocidad y la libertad. En este sentido, el amor se convierte en un terreno político donde se ensayan nuevas formas de convivencia, capaces de cuestionar las estructuras tradicionales y de imaginar relaciones más horizontales y emancipadoras.
El amor como dispositivo de control
En sociedades regidas por el Estado, la Iglesia o el mercado, el amor ha sido instrumentalizado y convertido en un mecanismo de regulación social. La familia tradicional lo transforma en un contrato de obediencia y reproducción, donde el vínculo afectivo se subordina a la necesidad de garantizar herencia, estabilidad y continuidad del orden social. La religión lo regula bajo dogmas morales que imponen fidelidad, sacrificio y sumisión, reforzando la idea de que el amor verdadero solo existe dentro de los límites de la institución matrimonial y bajo la vigilancia de la moral divina. El capitalismo, por su parte, lo mercantiliza: convierte el afecto en consumo y el deseo en espectáculo, reduciendo la intimidad a un producto que se vende en la publicidad, las redes sociales y la industria cultural.
Desde una mirada anarquista, estas formas de amor son sospechosas porque perpetúan jerarquías y subordinaciones. El amor deja de ser un espacio de libertad para convertirse en una herramienta de disciplina social, donde se normalizan roles de género, se legitiman desigualdades y se refuerza la lógica de la propiedad. Amar, en este contexto, significa cumplir con expectativas externas más que vivir una experiencia auténtica.
Por lo que el anarquista revela que el amor, lejos de ser neutral, ha sido utilizado como un dispositivo de control que asegura obediencia y cohesión social. Se convierte en un campo de vigilancia íntima: regula cuerpos, deseos y emociones para mantener el orden establecido. Así, lo que debería ser una fuerza emancipadora se transforma en un instrumento de dominación. Reconocer esta instrumentalización es el primer paso para resignificar el amor como práctica de libertad, donde las relaciones se construyan desde la autonomía, la igualdad y la reciprocidad, y no desde la imposición de normas externas.
El amor como praxis transformadora
El amor en tiempos anarquistas no es un sentimiento romántico desligado de la realidad, sino una praxis que cuestiona la lógica de la dominación. Implica construir relaciones basadas en la reciprocidad, la transparencia y la responsabilidad mutua, alejándose de los modelos tradicionales que han reducido el amor a contratos de obediencia, propiedad o consumo. En este sentido, el amor deja de ser un refugio privado y se convierte en un acto político que desafía las estructuras de poder que regulan la vida cotidiana.
El amor como praxis transformadora exige desmontar las jerarquías afectivas que privilegian la exclusividad, la posesión y la dependencia. Supone reconocer que las relaciones humanas pueden ser espacios de libertad y no de control, donde la autonomía individual se combina con la solidaridad colectiva. Así, amar en clave anarquista significa ensayar vínculos que no reproducen la lógica del Estado, el mercado o la moral tradicional, sino que se sostienen en la elección consciente y en la igualdad de condiciones.
Este enfoque convierte al amor en un laboratorio político y cultural: un espacio donde se experimentan nuevas formas de convivencia que cuestionan la propiedad, la subordinación y la mercantilización de los afectos. En lugar de ser un sentimiento pasivo, el amor se transforma en una práctica activa de resistencia, capaz de generar comunidades más horizontales y justas.
En última instancia, el amor como praxis transformadora revela que la emancipación no se limita a la esfera económica o política, sino que también atraviesa lo íntimo. Liberar el amor de las cadenas de la dominación es abrir la posibilidad de construir sociedades donde la libertad no sea solo un ideal abstracto, sino una experiencia vivida en cada relación humana.
El amor en tiempos anarquistas como fuerza transformadora
El amor en tiempos anarquistas es un concepto profundamente crítico: desmantela las estructuras que lo han convertido en instrumento de control y lo resignifica como práctica de libertad. No se trata de un ideal abstracto ni de una utopía romántica, sino de una experiencia concreta que exige coherencia ética y resistencia cultural frente a las formas de dominación que atraviesan la vida cotidiana. Amar en clave anarquista implica desafiar la propiedad, la jerarquía y la mercantilización, cuestionando la idea de que los afectos deben estar regulados por instituciones externas o por la lógica del mercado.
Este enfoque revela que el amor no es neutral ni inocente: puede reproducir desigualdades cuando se sostiene en la posesión, la exclusividad o la dependencia, pero también puede convertirse en un acto de emancipación cuando se practica desde la autonomía, la reciprocidad y la solidaridad. En este sentido, el amor se convierte en un terreno de conflicto y negociación, donde se ponen en juego las tensiones entre libertad y control, deseo y norma, igualdad y poder. Reconocer estas tensiones es fundamental, porque incluso en contextos que se autodefinen como emancipadores, el amor puede reproducir microformas de dominación si no se cuestionan las dinámicas de poder que atraviesan las relaciones.
Su valor radica en que, lejos de ser un refugio apolítico, el amor se convierte en una fuerza transformadora capaz de imaginar y construir sociedades más libres e igualitarias. Amar en tiempos anarquistas es, por tanto, un acto político que desafía las estructuras tradicionales y abre la posibilidad de ensayar nuevas formas de convivencia. Es praxis y resistencia: una manera de vivir que no solo busca la felicidad individual, sino que también se orienta hacia la creación de comunidades horizontales, donde la dignidad y la libertad sean principios compartidos.
“Amar no es mirarse el uno al otro, es mirar juntos en la misma dirección.” Antoine de Saint-Exupéry
Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com
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