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Es real: la violencia digital como rostro contemporáneo del patriarcado

“La violencia es el último recurso del incompetente.” Isaac Asimov

La campaña “Es real, #EsViolenciaDigital” impulsada por ONU Mujeres en el marco de los 16 Días de Activismo contra la violencia hacia las mujeres, pone en evidencia una de las formas más recientes y devastadoras de agresión: la violencia digital. Este fenómeno no es un accidente aislado, sino la prolongación de estructuras patriarcales que han encontrado en las tecnologías un nuevo espacio para reproducirse y amplificarse.

Esta iniciativa revela tres dimensiones centrales:

  • La universalidad del daño: ninguna mujer escapa a la violencia digital. Desde adolescentes hasta figuras públicas, todas pueden ser objeto de difamación, acoso, amenazas o difusión de imágenes íntimas sin consentimiento. La supuesta neutralidad de las plataformas tecnológicas se desmorona frente a estadísticas alarmantes: 95% de los deepfakes sexuales en internet representan a mujeres, y 40% de ellas ha vivido violencia digital.
  • La resistencia desde la voz de las sobrevivientes: artistas, activistas y defensoras como Ximena Sariñana, Eréndira Ibarra y Olimpia Coral Melo muestran que la resiliencia no es silencio, sino denuncia y acción. Sus testimonios son prueba de que el arte, la comunidad y la legislación son herramientas para transformar el dolor en conciencia colectiva.
  • La amenaza de la “machosfera”: comunidades digitales que promueven masculinidades violentas y conservadoras representan un frente de batalla simbólico y cultural. Su capacidad de disfrazar el odio bajo discursos aparentemente inocuos deporte, superación personal, consejos de ligue exige respuestas críticas y pedagógicas que desmantelen sus narrativas.

La campaña de ONU Mujeres no solo visibiliza el problema, sino que invita a la acción: informarse, detectar y denunciar. Sin embargo, el reto va más allá de la sensibilización: implica exigir responsabilidad a las empresas tecnológicas, fortalecer marcos legales como la Ley Olimpia y construir redes de paz que contrarresten las redes de odio.

La violencia digital es real porque sus consecuencias son tangibles: afecta la salud emocional, la seguridad física y la dignidad de millones de mujeres. Reconocerla y nombrarla es el primer paso, pero combatirla requiere voluntad política, compromiso social y una ética digital que coloque la igualdad en el centro.

La violencia digital es un espejo de las desigualdades históricas: reproduce las jerarquías de poder, amplifica los discursos de odio y perpetúa el control patriarcal en un espacio que debería ser de libertad y creatividad. Reconocerla es indispensable, pero no suficiente. La pregunta que queda abierta interpela a toda la sociedad: ¿Cómo transformar los espacios digitales en territorios de igualdad y justicia?

La respuesta exige voluntad política, responsabilidad empresarial y compromiso ciudadano. Implica educar en la ética digital, fortalecer marcos legales, y sobre todo, construir comunidades que privilegien el respeto y la empatía. Solo así podremos convertir la tecnología en un instrumento de emancipación y no de opresión.

“La libertad de la mujer es la medida de la libertad de una sociedad.” Karl Marx

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

La informalidad agrícola en América Latina: un obstáculo para la justicia social

«La pobreza no viene por la falta de riqueza, sino por la falta de justicia.»

La informalidad laboral continúa siendo uno de los desafíos más persistentes para la justicia social y el desarrollo sostenible en América Latina. El sector agrícola, vital para la seguridad alimentaria de millones, concentra más del 80% del empleo informal en la región. Esta realidad afecta de manera desproporcionada a mujeres, jóvenes y personas mayores rurales, quienes enfrentan condiciones precarias, bajos niveles educativos y una alta exposición a riesgos climáticos.

El informe conjunto de la OIT y la FAO, Trabajo Decente e Informalidad en el Sector Agrícola de América Latina, 2019–2023, identifica brechas estructurales en productividad, ingresos y protección social que perpetúan la exclusión. A pesar de su rol estratégico, el sector agrícola se mantiene atrapado en un círculo de baja escolaridad y escasa formalización. Entre 2019 y 2023, el volumen de empleo agrícola se mantuvo estable, pero sin avances significativos hacia la formalidad.

La desigualdad de género es particularmente alarmante: el 86,4% de las mujeres trabaja en condiciones de informalidad, frente al 78% de los hombres. Además, el 38,5% de ellas realiza trabajo familiar no remunerado, una tasa cinco veces superior a la masculina. Estas cifras revelan una doble vulnerabilidad que combina precariedad laboral con desigualdad estructural. El sector también concentra el 46% del trabajo infantil regional, lo que compromete el futuro de las nuevas generaciones y perpetúa ciclos de pobreza.

Aunque se han identificado 35 políticas públicas regionales, la mayoría se orienta a aumentar la productividad sin abordar de manera explícita la formalización laboral ni incorporar una perspectiva de género. Esta omisión refleja una visión limitada que reduce el problema a lo económico, sin reconocer su dimensión social y de derechos humanos.

El desafío, por tanto, no es únicamente mejorar las condiciones laborales, sino transformar la estructura misma de la informalidad. Como señaló René Orellana de la FAO, garantizar trabajo decente significa fortalecer la resiliencia de los países y asegurar la seguridad alimentaria. Esto exige políticas integradas que combinen desarrollo productivo, protección social, derechos laborales y diálogo inclusivo.

La informalidad agrícola es más que un problema económico: es una fractura ética que impide la construcción de sociedades justas y sostenibles. Superarla requiere voluntad política, inversión sostenida y un enfoque territorial que reconozca las realidades diversas de la región. Solo así será posible convertir el trabajo agrícola en un motor de dignidad y equidad.

«Donde hay justicia no hay pobreza.» Confucio

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

Lucio Cabañas Barrientos: símbolo de la resistencia popular en la Guerra Sucia

«Cuando la tiranía se convierte en ley, la rebelión se convierte en deber.» Simón Bolívar

La historia de Lucio Cabañas Barrientos es inseparable de las profundas desigualdades sociales y políticas que marcaron a Guerrero y a México en la segunda mitad del siglo XX. Nacido en 1938 en uno de los estados más pobres y marginados del país, su vida refleja el tránsito de un maestro normalista comprometido con la educación hacia un líder guerrillero que encarnó la resistencia campesina frente a la represión estatal.

Su formación en la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa lo vinculó desde temprano con las luchas estudiantiles y campesinas. Como maestro, se enfrentó a las injusticias de las compañías madereras y a las prácticas autoritarias en las escuelas, lo que lo llevó a organizar protestas en defensa de los más pobres. La represión de 1967 en Atoyac, donde policías dispararon contra padres de familia, marcó el inicio de su vida clandestina y su tránsito hacia la lucha armada.

En la sierra guerrerense fundó el Partido de los Pobres y la Brigada Campesina de Ajusticiamiento, organizaciones que expresaban un ideario de “pobrismo”, más cercano a la reivindicación de los marginados que al socialismo clásico.

Sus acciones expropiaciones, secuestros y enfrentamientos armados buscaban visibilizar la desigualdad y forzar al Estado a reconocer las demandas campesinas. El secuestro de Rubén Figueroa en 1974 simbolizó la confrontación directa entre la guerrilla y el poder político, aunque terminó reforzando la persecución contra los grupos insurgentes.

La guerrilla de Cabañas fue distinta a otras posteriores al movimiento estudiantil de 1968: rural, campesina y profundamente arraigada en las comunidades de Guerrero. Su resistencia durante más de siete años enfrentó una represión sistemática del Estado, que desplegó una cuarta parte de sus efectivos militares en la región. La Guerra Sucia, bajo los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo, se convirtió en un mecanismo brutal de desapariciones, torturas y asesinatos para sofocar cualquier intento de organización popular.

El asesinato de Lucio Cabañas el 2 de diciembre de 1974 en El Otatal Guerrero selló su destino, pero no borró su legado. Su figura permanece como símbolo de la resistencia frente a la represión y como recordatorio de que la lucha por la justicia social en México ha estado marcada por el sacrificio de quienes se enfrentaron al poder en condiciones de desigualdad extrema.

La memoria de Cabañas interpela al presente: ¿Cómo construir un país donde la educación, la justicia y la dignidad no sean privilegios, sino derechos universales?

Su vida y muerte nos recuerdan que la historia de México está atravesada por la tensión entre la represión estatal y la resistencia popular, y que la justicia sigue siendo una deuda pendiente.

«Los que luchan toda la vida son los imprescindibles.» Bertolt Brecht

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

La próxima gran divergencia: IA y desigualdad global

«La verdadera igualdad no consiste en dar a todos lo mismo, sino en dar a cada uno lo que necesita.» Aristóteles

Durante gran parte del último medio siglo, los países de ingresos bajos lograron reducir la distancia con los más ricos gracias a avances en comercio, tecnología y desarrollo. Este proceso de convergencia permitió mejoras sustanciales en salud, educación e ingresos. Sin embargo, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) amenaza con revertir esa tendencia, generando una nueva era de divergencia marcada por desigualdades económicas, sociales y de gobernanza.

El informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), titulado La próxima gran divergencia, advierte que la IA, si no se gestiona con ética e inclusión, puede ampliar las brechas existentes. La región de Asia y el Pacífico, epicentro de esta transición, ilustra tanto el potencial como el riesgo: mientras China concentra casi el 70% de las patentes mundiales de IA y la ASEAN proyecta un billón de dólares adicionales en PIB, millones de empleos especialmente ocupados por mujeres y jóvenes enfrentan una exposición crítica a la automatización.

La desigual preparación digital entre países revela una fractura estructural. Mientras economías avanzadas invierten en infraestructura y alfabetización digital, otras apenas logran garantizar acceso básico. Esta disparidad no solo limita la capacidad de aprovechar la IA, sino que amplifica riesgos de exclusión y sesgos algorítmicos, invisibilizando comunidades rurales e indígenas. La llamada “línea de falla” de la era de la IA es, como señala el PNUD, la capacidad: quienes inviertan en habilidades, cómputo y gobernanza sólida podrán beneficiarse; los demás quedarán rezagados.

El desafío no es únicamente económico. La IA redefine la gobernanza y los servicios públicos, como muestran experiencias en Bangkok y Singapur, pero la ausencia de marcos regulatorios integrales expone a los países a violaciones de datos y abusos de la IA generativa. La urgencia de construir sistemas de gobernanza robustos es, por tanto, inseparable de la justicia social y la equidad global.

En este contexto, el ensayo crítico debe subrayar que la IA no es un destino inevitable, sino una construcción política y ética. La pregunta central es si la humanidad permitirá que la tecnología profundice desigualdades o si, por el contrario, la convertirá en un instrumento de convergencia y progreso compartido. La respuesta dependerá de decisiones colectivas, de la capacidad de los Estados y de la presión ciudadana para exigir un desarrollo inclusivo.

La inteligencia artificial, como toda herramienta, refleja las estructuras de poder que la moldean. Si se deja en manos de unos pocos, reproducirá privilegios; si se democratiza, puede abrir caminos hacia una fraternidad universal. La elección está en curso, y el tiempo apremia.

«La humanidad tiene que poner fin a la guerra, o la guerra pondrá fin a la humanidad.» John F. Kennedy

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

Tecnologías que están transformando el manejo de enfermedades crónicas

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Enfermedades y tecnología
Tecnologías e invasiones

Mientras la diabetes, la hipertensión y las dolencias cardíacas amenazan con colapsar los sistemas de salud mundiales, surge una luz de esperanza que promete revolucionar la medicina. Los gigantes de la tecnología están ingresando a los hospitales para transformar radicalmente su manejo, ofreciendo atenciones innovadoras a millones de personas, indicó Alejandro Escobar, especialista en enfermedades renales y académico.

En los últimos años se han presentado innovaciones en el manejo de enfermedades crónicas, centrándose en la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y la hipertensión. En este proceso se destaca la integración de la tecnología, los enfoques de atención personalizada, la educación del paciente y la importancia de las medidas preventivas para abordar estas afecciones. En esa línea la monitorización remota, la inteligencia artificial y la medicina personalizada están transformando la prestación de atención, proporcionando información en tiempo real e intervenciones proactivas que mejoran los resultados de salud a largo plazo de los pacientes.

En una era de avances sin precedentes, la medicina está librando una batalla frontal contra las enfermedades crónicas que asedian a la sociedad moderna. Afecciones como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y la hipertensión, alguna vez consideradas una condena de por vida, en la actualidad, encuentran su némesis en la tecnología de vanguardia.

El poder de la innovación

Los sistemas de salud, a nivel internacional, enfrentan una carga abrumadora. Las enfermedades crónicas no solo son las principales causas de muerte y enfermedad a nivel mundial, sino que también representan un gasto masivo en atención médica. En respuesta, las innovaciones tecnológicas se han convertido en la pieza clave para la transformación de la atención médica, buscando aliviar la presión sobre los profesionales y, al mismo tiempo, empoderar a los pacientes para que tomen el control de su propia salud.

La vieja rutina de pincharse el dedo para medir la glucosa es cosa del pasado. En la actualidad, los sistemas de Monitoreo Continuo de Glucosa (MCG) están cambiando las reglas del juego. Estos dispositivos, equipados con sensores subcutáneos, envían datos en tiempo real a un teléfono o reloj inteligente. Así, los pacientes pueden ver cómo sus niveles de glucosa reaccionan a la comida, el ejercicio o el estrés, permitiendo un control más dinámico y preciso.

“Dispositivos como Dexcom y Freestyle Libre de Abbott no solo mejoran el autocontrol, sino que también alertan sobre picos y caídas peligrosas, previniendo complicaciones graves como la hipoglucemia”, dijo Renzo Obregón, médico internista e investigador.

Señaló que el salto cuántico en el cuidado de la diabetes es el páncreas artificial. Este sistema de circuito cerrado combina un MCG con una bomba de insulina, imitando la función de un páncreas sano. “A través de complejos algoritmos, el dispositivo ajusta automáticamente la administración de insulina según las lecturas de glucosa. Aún en desarrollo, estos sistemas prometen un control glucémico más estable, reduciendo la carga mental de la dosificación manual y mejorando drásticamente la vida de las personas con diabetes tipo 1”, explicó.

Mapa para la prevención

La medicina personalizada –dijo− está comenzando a desenredar los misterios de la diabetes. Indicó que el perfil genético permite identificar a las personas con alto riesgo de desarrollar la enfermedad, lo que abre la puerta a la prevención, a través de cambios en el estilo de vida e intervenciones tempranas. “Para quienes ya viven con ella, la genética ayuda a entender cómo cada paciente responde a los medicamentos, permitiendo tratamientos a medida para una terapia con insulina más eficaz”, indicó.

Asimismo, expuso que los dispositivos wearables son los nuevos centinelas de la salud cardiovascular. Relojes inteligentes con funciones de electrocardiograma (ECG), como el Apple Watch, pueden detectar arritmias peligrosas como la fibrilación auricular (FA). Esta detección temprana permite a los médicos iniciar tratamientos preventivos antes de que ocurra un accidente cerebrovascular o un ataque al corazón.

Telemedicina en casa

Para Luz Medinaceli, cardióloga y docente universitaria, la telemedicina y el monitoreo remoto en los últimos años han derribado las paredes de los hospitales. Pacientes con insuficiencia cardíaca ahora usan dispositivos en casa para medir la presión arterial, la frecuencia cardíaca y el peso, transmitiendo datos a los profesionales de la salud.

A través de consultas virtuales, reciben ajustes a sus planes de tratamiento sin necesidad de desplazarse. Este modelo no solo reduce las hospitalizaciones, sino que también permite la detección temprana de posibles complicaciones.

Inteligencia Artificial

La Inteligencia Artificial (IA) está revolucionando la cardiología. Algoritmos de aprendizaje automático analizan vastas cantidades de datos para predecir qué pacientes tienen mayor riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares.

La IA también mejora la precisión de las imágenes médicas, como los ecocardiogramas, lo que conduce a diagnósticos más rápidos y precisos. Al procesar datos a una velocidad asombrosa, la IA brinda a los médicos una visión sin precedentes, allanando el camino para una gestión más personalizada y efectiva de la salud del corazón.

El uso del tiempo en las mujeres: entre la invisibilidad y la resistencia

“El tiempo que las mujeres dedican al cuidado sostiene la vida, pero rara vez sostiene su libertad.” Silvia Federici

El tiempo como recurso desigual en la vida de las mujeres

El tiempo es uno de los recursos más valiosos de la vida humana, pero su distribución nunca ha sido neutral ni equitativa. En el caso de las mujeres, el uso del tiempo ha estado condicionado por estructuras patriarcales, económicas y culturales que han invisibilizado su trabajo y limitado su autonomía. La organización social ha impuesto que gran parte de su tiempo se destine al cuidado del hogar, la crianza de los hijos y la atención de los demás, tareas fundamentales para la reproducción de la vida pero históricamente desvalorizadas y no reconocidas como trabajo.

Esta desigual distribución del tiempo ha generado una brecha estructural: mientras los hombres han podido dedicar más horas al trabajo remunerado, la política o el ocio, las mujeres han cargado con la llamada “doble jornada” (laboral y doméstica) e incluso con una “triple jornada” cuando participan en actividades comunitarias. El resultado es un agotamiento constante y una limitación en su acceso a espacios de poder, educación y desarrollo personal.

Analizar críticamente cómo las mujeres emplean su tiempo revela no solo desigualdades persistentes, sino también los mecanismos de control que las mantienen en roles subordinados. El tiempo se convierte en un dispositivo de disciplinamiento: restringe su movilidad, condiciona sus decisiones y perpetúa la idea de que su valor radica en la disponibilidad para los demás.

Sin embargo, también emergen formas de resistencia frente a estas imposiciones. Muchas mujeres han comenzado a resignificar su tiempo como un acto político: reclamar espacios de ocio, exigir la redistribución de las tareas domésticas y visibilizar el valor del trabajo de cuidados como responsabilidad social compartida. En este sentido, el tiempo femenino deja de ser únicamente un terreno de explotación y se convierte en un campo de lucha por la autonomía, la dignidad y la igualdad.

El tiempo como construcción social

Históricamente, el tiempo de las mujeres ha sido definido por roles rígidos: el cuidado del hogar, la crianza de los hijos y la atención a los demás. Estas tareas, aunque esenciales para la reproducción social, fueron consideradas “naturales” y, por tanto, desprovistas de valor económico y político. Mientras los hombres eran reconocidos por su tiempo productivo en el mercado laboral, el tiempo de las mujeres quedaba relegado a la esfera privada, invisibilizado y no remunerado.

Esta construcción social del tiempo no es inocente: responde a una lógica patriarcal que asigna a las mujeres la responsabilidad de sostener la vida cotidiana, mientras se les niega el reconocimiento público y económico de ese esfuerzo. El tiempo femenino ha sido colonizado por la idea de disponibilidad permanente, como si su existencia estuviera destinada a servir a los demás antes que a sí mismas. De este modo, se perpetúa una desigualdad estructural que limita su autonomía y restringe su participación en espacios de poder.

Además, esta división temporal refuerza la brecha de género en múltiples dimensiones: las mujeres dedican más horas al trabajo doméstico y de cuidados, lo que reduce su acceso a empleos de calidad, a la educación continua y al tiempo de ocio. El tiempo masculino, en cambio, se asocia con productividad, creatividad y liderazgo, mientras que el tiempo femenino se invisibiliza como “obligación natural”.

Analizar críticamente esta construcción revela que el tiempo no es solo un recurso biológico o individual, sino un campo de disputa política y cultural. La manera en que se distribuye y se valora el tiempo refleja relaciones de poder y desigualdad. Reconocerlo es indispensable para cuestionar las estructuras que lo han convertido en un mecanismo de subordinación y para abrir paso a nuevas formas de organización social donde el tiempo de las mujeres sea reconocido, redistribuido y dignificado.

La doble y triple jornada

En la sociedad contemporánea, muchas mujeres enfrentan la llamada “doble jornada”: trabajar en el mercado laboral y, al mismo tiempo, asumir la mayoría de las responsabilidades domésticas. Esta condición revela una contradicción estructural: aunque las mujeres han conquistado espacios en la esfera pública y laboral, siguen cargando con el peso de las tareas privadas, lo que evidencia que la igualdad formal no se traduce en igualdad real.

En contextos de precariedad, esta carga se convierte en “triple jornada”, al incluir también el trabajo comunitario o social, generalmente ligado a la organización vecinal, el cuidado colectivo o la participación en proyectos de apoyo. Estas actividades, aunque fundamentales para sostener el tejido social, suelen ser invisibilizadas y no remuneradas, reforzando la idea de que el tiempo de las mujeres está destinado a servir a los demás más que a sí mismas.

La distribución desigual del tiempo genera agotamiento físico y emocional, limita el acceso a oportunidades de desarrollo personal y profesional, y perpetúa la brecha de género en educación, política y economía. Además, normaliza la idea de que las mujeres deben ser “multitareas” por naturaleza, lo que encubre la injusticia de una organización social que descarga sobre ellas la responsabilidad del cuidado y la reproducción de la vida.

Desde una mirada crítica, la doble y triple jornada no es solo un problema individual, sino un mecanismo de control social que restringe la autonomía femenina y asegura la continuidad de un sistema patriarcal y capitalista. Reconocer esta sobrecarga implica cuestionar la división sexual del trabajo y exigir una redistribución equitativa del tiempo y las responsabilidades, donde el cuidado deje de ser visto como obligación femenina y se convierta en una tarea compartida y valorada socialmente.

El tiempo como dispositivo de control

El uso del tiempo en las mujeres no solo refleja desigualdades, sino que también funciona como un mecanismo de control social. La sobrecarga de tareas domésticas y de cuidado restringe su participación en espacios públicos y políticos, reforzando la idea de que su lugar “natural” es el hogar. Así, el tiempo se convierte en una herramienta de disciplinamiento que perpetúa la subordinación femenina y legitima la división sexual del trabajo.

Este control temporal opera de manera silenciosa pero eficaz: al asignar a las mujeres la mayor parte de las responsabilidades de cuidado, se limita su capacidad de decidir sobre su propio tiempo y se refuerza la dependencia económica y simbólica respecto a los hombres. El tiempo femenino se fragmenta en múltiples obligaciones, lo que impide la construcción de proyectos personales y colectivos más allá de la esfera doméstica.

Además, esta lógica de control se sostiene en discursos culturales que naturalizan la idea de que las mujeres “tienen más paciencia” o “están hechas para cuidar”, invisibilizando que se trata de una imposición social y no de una condición biológica. De este modo, el tiempo se convierte en un dispositivo que regula cuerpos y emociones, asegurando la continuidad de un orden patriarcal que se reproduce en lo cotidiano.

Desde una perspectiva crítica, el tiempo no es solo un recurso neutral, sino un campo de poder donde se juegan las posibilidades de autonomía y participación. La distribución desigual del tiempo revela cómo las estructuras sociales utilizan lo cotidiano para perpetuar la subordinación femenina. Reconocer esta dinámica es indispensable para desmontar la idea de que el tiempo de las mujeres pertenece a los demás y para reivindicarlo como un espacio de libertad, creatividad y acción política.

Resistencia y resignificación del tiempo

A pesar de estas limitaciones, las mujeres han desarrollado estrategias de resistencia que buscan romper con la lógica patriarcal y capitalista que coloniza su tiempo. La organización colectiva ha sido clave para visibilizar el valor del trabajo doméstico y de cuidados, mostrando que estas tareas no son “naturales” ni gratuitas, sino fundamentales para la sostenibilidad de la vida y, por tanto, merecedoras de reconocimiento social y económico.

La reivindicación del derecho al ocio y al descanso se convierte en un acto político frente a la explotación. En un sistema que exige productividad constante, reclamar tiempo para sí mismas es una forma de subversión que cuestiona la idea de que las mujeres deben estar siempre disponibles para los demás. El ocio, lejos de ser un lujo, se resignifica como un espacio de autonomía, creatividad y reconstrucción subjetiva.

Asimismo, la redistribución del tiempo en proyectos comunitarios y feministas abre la posibilidad de construir nuevas formas de convivencia que desafían la división sexual del trabajo. Estos espacios colectivos no solo cuestionan la lógica patriarcal y capitalista, sino que también generan prácticas alternativas de solidaridad y cuidado compartido, donde el tiempo se convierte en un recurso para la transformación social.

Resignificar el tiempo implica reconocer que el cuidado no es una obligación femenina, sino una responsabilidad social compartida. También exige valorar el tiempo de las mujeres como un recurso político capaz de transformar las estructuras de poder. En este sentido, el tiempo deja de ser únicamente un terreno de explotación y se convierte en un campo de lucha y emancipación, donde cada hora recuperada para la autonomía y la participación es un acto de resistencia contra la subordinación histórica.

El uso del tiempo en las mujeres como espejo de desigualdades y resistencia

El uso del tiempo en las mujeres es un espejo de las desigualdades históricas y contemporáneas. Mientras su tiempo ha sido invisibilizado, explotado y disciplinado, también se ha convertido en un espacio de resistencia y transformación. La organización patriarcal de la vida cotidiana ha impuesto que gran parte del tiempo femenino se destine al cuidado, la reproducción y la atención de los demás, relegando sus proyectos personales y profesionales a un segundo plano. Esta distribución desigual no solo limita la autonomía, sino que también perpetúa la idea de que la identidad de las mujeres está definida por la disponibilidad y el sacrificio.

Sin embargo, el tiempo femenino no es únicamente un terreno de opresión: también se ha convertido en un campo de lucha política y cultural. Al visibilizar la sobrecarga de la doble y triple jornada, las mujeres han denunciado que el tiempo no es neutral, sino un recurso atravesado por relaciones de poder. En este sentido, resignificar el tiempo implica cuestionar la lógica que lo convierte en un instrumento de control y reivindicarlo como un derecho fundamental.

Reconocer y redistribuir el tiempo es fundamental para avanzar hacia sociedades más justas, donde la libertad femenina no se mida por la capacidad de soportar cargas, sino por la posibilidad de vivir con autonomía, dignidad y plenitud. La verdadera transformación exige que el cuidado deje de ser visto como una obligación exclusiva de las mujeres y se convierta en una responsabilidad compartida, valorada y organizada colectivamente. Solo así el tiempo podrá dejar de ser un mecanismo de subordinación para convertirse en un recurso emancipador que abra caminos hacia la igualdad real.

“No se nace mujer: se llega a serlo.” Simone de Beauvoir

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

México: el país más peligroso para ejercer el periodismo en Latinoamérica

«La prensa libre debe ser no solo un derecho, sino la garantía de todos los demás derechos.» Benjamin Constant

La violencia contra periodistas en México se ha convertido en un fenómeno sistemático que refleja la fragilidad del Estado de derecho y la persistencia de estructuras de corrupción y crimen organizado. Desde el año 2000, Veracruz, Guerrero y Oaxaca figuran como los estados más peligrosos para ejercer la profesión, acumulando decenas de asesinatos que, en su mayoría, permanecen en la impunidad.

Los datos son alarmantes: hasta noviembre de 2025, la UNESCO contabiliza 12 periodistas asesinados en el sexenio de Claudia Sheinbaum, de los cuales 10 ocurrieron en lo que va del año. Esta cifra se acerca peligrosamente a los 13 casos registrados en 2022, considerado el año más violento para periodistas en las últimas dos décadas según Artículo 19.

La distribución geográfica revela patrones claros:

Veracruz encabeza la lista con 31 asesinatos desde el 2000, 18 de ellos durante el gobierno de Javier Duarte, en un contexto marcado por corrupción y vínculos con el crimen organizado.

Guerrero ocupa el segundo lugar con 19 casos, seguido de Oaxaca, Chihuahua y Tamaulipas, con 15 cada uno.

Otros estados como Sonora, Sinaloa y Guanajuato también muestran cifras preocupantes.

En el plano histórico, los sexenios de Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador registraron entre 47 y 48 asesinatos cada uno, reflejando que la violencia contra periodistas no es coyuntural, sino estructural.

La UNESCO coloca a México como el segundo país más peligroso del mundo para comunicadores, solo detrás de Irak, y el más riesgoso de toda Latinoamérica. Esta clasificación no solo mide la violencia física, sino también la falta de garantías institucionales para el ejercicio de la libertad de prensa.

La violencia contra periodistas en México no puede entenderse únicamente como un problema de seguridad pública. Es, ante todo, un problema democrático: cuando se asesina a un periodista, se asesina también el derecho de la sociedad a estar informada. La impunidad, la corrupción y la colusión entre autoridades y grupos criminales han creado un entorno donde informar se convierte en un acto de alto riesgo.

La precarización laboral y la falta de protección institucional agravan la crisis. Los periodistas independientes, freelancers y corresponsales locales son los más vulnerables, pues carecen de respaldo económico y jurídico. La ausencia de políticas públicas efectivas para protegerlos perpetúa un círculo de violencia y silencio.

La violencia contra periodistas en México es una herida abierta que exige respuestas inmediatas y estructurales. No basta con condenar los hechos: se requiere garantizar justicia, fortalecer mecanismos de protección y combatir la impunidad. Defender a los periodistas es defender la democracia misma.

«El periodismo no es un crimen.» Lema internacional de defensa de la libertad de prensa

Dr. Amín Cruz CEO, presidente y fundador del Congreso Hispanoamericano de Prensa y del Congreso Mundial de Prensa; Padre Embajador del Periodismo Hispanoamericano y Latinoamericano, diplomático, periodista, historiador, escritor y educado

Amor y Anarquía: Entre el Control y la Emancipación

“Donde no hay libertad, tampoco puede haber verdadero amor.” Mijaíl Bakunin

El amor como campo de disputa

El amor, históricamente, ha sido moldeado por instituciones sociales, religiosas y políticas que lo han convertido en un mecanismo de control más que en una experiencia de libertad. La Iglesia lo reguló bajo dogmas morales, el Estado lo codificó en leyes matrimoniales y de herencia, y el mercado lo transformó en mercancía a través de la industria cultural y el consumo. En todos estos casos, el amor fue instrumentalizado para garantizar obediencia, perpetuar jerarquías y sostener estructuras de poder.

En tiempos anarquistas, es decir, en un horizonte donde se cuestiona la autoridad, las jerarquías y las estructuras de poder el amor se convierte en un campo de disputa simbólica y práctica. No se trata de un sentimiento aislado ni de una experiencia privada, sino de una fuerza social que puede reproducir la dominación o, por el contrario, abrir caminos hacia la emancipación. Amar en clave anarquista implica desafiar la lógica de la propiedad, la exclusividad y la subordinación, y resignificar el vínculo afectivo como espacio de autonomía y solidaridad.

Este enfoque revela que el amor no es neutral: puede ser un instrumento de opresión cuando se utiliza para imponer roles de género, controlar cuerpos o legitimar desigualdades; pero también puede ser una herramienta de resistencia cuando se practica desde la igualdad, la reciprocidad y la libertad. En este sentido, el amor se convierte en un terreno político donde se ensayan nuevas formas de convivencia, capaces de cuestionar las estructuras tradicionales y de imaginar relaciones más horizontales y emancipadoras.

El amor como dispositivo de control

En sociedades regidas por el Estado, la Iglesia o el mercado, el amor ha sido instrumentalizado y convertido en un mecanismo de regulación social. La familia tradicional lo transforma en un contrato de obediencia y reproducción, donde el vínculo afectivo se subordina a la necesidad de garantizar herencia, estabilidad y continuidad del orden social. La religión lo regula bajo dogmas morales que imponen fidelidad, sacrificio y sumisión, reforzando la idea de que el amor verdadero solo existe dentro de los límites de la institución matrimonial y bajo la vigilancia de la moral divina. El capitalismo, por su parte, lo mercantiliza: convierte el afecto en consumo y el deseo en espectáculo, reduciendo la intimidad a un producto que se vende en la publicidad, las redes sociales y la industria cultural.

Desde una mirada anarquista, estas formas de amor son sospechosas porque perpetúan jerarquías y subordinaciones. El amor deja de ser un espacio de libertad para convertirse en una herramienta de disciplina social, donde se normalizan roles de género, se legitiman desigualdades y se refuerza la lógica de la propiedad. Amar, en este contexto, significa cumplir con expectativas externas más que vivir una experiencia auténtica.

Por lo que el anarquista revela que el amor, lejos de ser neutral, ha sido utilizado como un dispositivo de control que asegura obediencia y cohesión social. Se convierte en un campo de vigilancia íntima: regula cuerpos, deseos y emociones para mantener el orden establecido. Así, lo que debería ser una fuerza emancipadora se transforma en un instrumento de dominación. Reconocer esta instrumentalización es el primer paso para resignificar el amor como práctica de libertad, donde las relaciones se construyan desde la autonomía, la igualdad y la reciprocidad, y no desde la imposición de normas externas.

El amor como praxis transformadora

El amor en tiempos anarquistas no es un sentimiento romántico desligado de la realidad, sino una praxis que cuestiona la lógica de la dominación. Implica construir relaciones basadas en la reciprocidad, la transparencia y la responsabilidad mutua, alejándose de los modelos tradicionales que han reducido el amor a contratos de obediencia, propiedad o consumo. En este sentido, el amor deja de ser un refugio privado y se convierte en un acto político que desafía las estructuras de poder que regulan la vida cotidiana.

El amor como praxis transformadora exige desmontar las jerarquías afectivas que privilegian la exclusividad, la posesión y la dependencia. Supone reconocer que las relaciones humanas pueden ser espacios de libertad y no de control, donde la autonomía individual se combina con la solidaridad colectiva. Así, amar en clave anarquista significa ensayar vínculos que no reproducen la lógica del Estado, el mercado o la moral tradicional, sino que se sostienen en la elección consciente y en la igualdad de condiciones.

Este enfoque convierte al amor en un laboratorio político y cultural: un espacio donde se experimentan nuevas formas de convivencia que cuestionan la propiedad, la subordinación y la mercantilización de los afectos. En lugar de ser un sentimiento pasivo, el amor se transforma en una práctica activa de resistencia, capaz de generar comunidades más horizontales y justas.

En última instancia, el amor como praxis transformadora revela que la emancipación no se limita a la esfera económica o política, sino que también atraviesa lo íntimo. Liberar el amor de las cadenas de la dominación es abrir la posibilidad de construir sociedades donde la libertad no sea solo un ideal abstracto, sino una experiencia vivida en cada relación humana.

El amor en tiempos anarquistas como fuerza transformadora

El amor en tiempos anarquistas es un concepto profundamente crítico: desmantela las estructuras que lo han convertido en instrumento de control y lo resignifica como práctica de libertad. No se trata de un ideal abstracto ni de una utopía romántica, sino de una experiencia concreta que exige coherencia ética y resistencia cultural frente a las formas de dominación que atraviesan la vida cotidiana. Amar en clave anarquista implica desafiar la propiedad, la jerarquía y la mercantilización, cuestionando la idea de que los afectos deben estar regulados por instituciones externas o por la lógica del mercado.

Este enfoque revela que el amor no es neutral ni inocente: puede reproducir desigualdades cuando se sostiene en la posesión, la exclusividad o la dependencia, pero también puede convertirse en un acto de emancipación cuando se practica desde la autonomía, la reciprocidad y la solidaridad. En este sentido, el amor se convierte en un terreno de conflicto y negociación, donde se ponen en juego las tensiones entre libertad y control, deseo y norma, igualdad y poder. Reconocer estas tensiones es fundamental, porque incluso en contextos que se autodefinen como emancipadores, el amor puede reproducir microformas de dominación si no se cuestionan las dinámicas de poder que atraviesan las relaciones.

Su valor radica en que, lejos de ser un refugio apolítico, el amor se convierte en una fuerza transformadora capaz de imaginar y construir sociedades más libres e igualitarias. Amar en tiempos anarquistas es, por tanto, un acto político que desafía las estructuras tradicionales y abre la posibilidad de ensayar nuevas formas de convivencia. Es praxis y resistencia: una manera de vivir que no solo busca la felicidad individual, sino que también se orienta hacia la creación de comunidades horizontales, donde la dignidad y la libertad sean principios compartidos.

Amar no es mirarse el uno al otro, es mirar juntos en la misma dirección.” Antoine de Saint-Exupéry

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

La huelga de periodistas en Italia: crisis laboral y desafío democrático

«La prensa libre debe ser no solo un derecho, sino la garantía de todos los demás derechos.» Benjamin Constant

La reciente huelga de periodistas en Italia, convocada por la Federación Nacional de la Prensa Italiana (FNSI), revela una crisis estructural que trasciende lo laboral y se adentra en el terreno de la democracia.

La reducción de personal en las redacciones, la precarización de los freelancers y la falta de financiamiento han puesto en riesgo la diversidad mediática y, con ello, el derecho ciudadano a una información plural y confiable.

El conflicto tiene raíces profundas: los periodistas denuncian que su contrato laboral colectivo lleva diez años sin renovarse, mientras los editores continúan recibiendo subsidios estatales sin garantizar condiciones dignas. La FNSI exige un nuevo marco que contemple las profesiones digitales, regule el uso de la inteligencia artificial y asegure una retribución justa.

La respuesta de la Federación Italiana de Editores de Periódicos (FIEG) refleja la tensión: acusa a los periodistas de obstaculizar las negociaciones y de centrarse únicamente en demandas financieras. Sin embargo, esta postura omite el trasfondo real: la precarización sistemática del trabajo periodístico y la pérdida de independencia editorial.

El problema no es solo económico. La falta de inversión en medios y la explotación de trabajadores temporales han debilitado la capacidad del periodismo para cumplir su función social. En julio de 2024, la FNSI y otras organizaciones solicitaron a la Comisión Europea investigar la situación de la libertad de prensa en Italia, señalando presiones crecientes sobre los medios. Este hecho confirma que la crisis laboral está íntimamente ligada a la erosión de la democracia.

El periodismo es más que un oficio: es un pilar de la vida democrática. Cuando los periodistas carecen de estabilidad, independencia y condiciones dignas, la sociedad entera pierde. La precarización no solo afecta a quienes ejercen la profesión, sino que limita el acceso ciudadano a información veraz y plural.

La huelga en Italia debe interpretarse como un llamado de alerta: sin un contrato laboral justo, sin regulación de las nuevas tecnologías y sin inversión suficiente, el periodismo corre el riesgo de convertirse en un servicio debilitado, incapaz de fiscalizar al poder y de garantizar transparencia.

La crisis del periodismo italiano es un espejo de los desafíos globales: precarización laboral, concentración de medios y presiones políticas. Resolverla exige voluntad política, responsabilidad empresarial y solidaridad social. Defender a los periodistas es defender la democracia misma.

«La libertad de prensa no es un privilegio de los periodistas, sino un derecho de los pueblos.» Gabriel García Márquez

Dr. Amín Cruz CEO, presidente y fundador del Congreso Hispanoamericano de Prensa y del Congreso Mundial de Prensa; Padre Embajador del Periodismo Hispanoamericano y Latinoamericano, diplomático, periodista, historiador, escritor y educador

El verdadero valor humano: más allá del género y la apariencia

«La verdadera grandeza consiste en hacer que todos se sientan grandes.»  Charles Dickens

El verdadero sentido del “alto valor” en la sociedad contemporánea

En la sociedad contemporánea, hablar de “hombres y mujeres de alto valor” no significa referirse a estatus económico o poder político, sino a la capacidad de vivir con integridad, autenticidad y respeto hacia los demás. Sin embargo, este concepto enfrenta una tensión constante: mientras en el discurso crítico se vincula con la construcción de una identidad sólida basada en principios éticos y en la búsqueda de relaciones sanas y equitativas, en la práctica cotidiana suele ser distorsionado por la lógica del mercado y la cultura de la apariencia.

La noción de “alto valor” corre el riesgo de ser reducida a un capital simbólico que mide la valía de las personas en función de lo que poseen, exhiben o aparentan. En este sentido, la sociedad digital y consumista ha vaciado de contenido el término, transformándolo en una etiqueta que premia la superficialidad y margina la autenticidad. Así, quienes no encajan en los estándares de éxito material o estético quedan invisibilizados, aunque vivan con coherencia y dignidad.

Por lo que la esencia del concepto: el verdadero “alto valor” no se mide por privilegios ni por reconocimiento externo, sino por la capacidad de inspirar confianza, generar bienestar y sostener relaciones basadas en reciprocidad y justicia. Ser de alto valor implica resistencia ética frente a un sistema que tiende a mercantilizar las identidades y a confundir prestigio con dignidad.

En este sentido, reivindicar el “alto valor” como práctica cotidiana de coherencia y respeto es un acto político y cultural: cuestiona las estructuras que perpetúan desigualdades y propone un modelo alternativo de liderazgo humano, donde la integridad y la autenticidad se convierten en los verdaderos indicadores de grandeza.

Más allá de los estereotipos

Durante siglos, el valor de hombres y mujeres fue medido por roles rígidos: el hombre proveedor, fuerte y dominante; la mujer sumisa, cuidadora y dependiente. Estos estereotipos no solo limitaron la libertad individual, sino que también legitimaron sistemas de poder patriarcales que perpetuaron desigualdades en lo político, lo económico y lo cultural. La idea de “valor” quedó atrapada en una lógica jerárquica que reducía a las personas a funciones predeterminadas, invisibilizando su diversidad y potencial humano.

La crítica contemporánea exige reconocer que estos modelos tradicionales no eran naturales ni inevitables, sino construcciones sociales que beneficiaban a unos y subordinaban a otros. El “alto valor” se convirtió en un privilegio masculino asociado al control de recursos y al ejercicio de la autoridad, mientras que las mujeres eran relegadas a un “valor doméstico” invisible, indispensable pero desestimado.

Hoy, ser de “alto valor” implica romper con esas narrativas y demostrar que la dignidad humana no depende de género, sino de la coherencia entre valores y acciones. Este cambio supone un desafío cultural: abandonar la idea de que el valor se mide por fuerza física, riqueza o estatus, y reconocer que la autenticidad, la integridad y la capacidad de transformar el entorno son atributos universales.

Sin embargo, el riesgo persiste: la sociedad contemporánea, aunque más abierta, sigue reproduciendo nuevas formas de estereotipo, ahora vinculadas a la apariencia, la popularidad digital o el éxito material. Por ello, trascender los estereotipos no es solo un acto individual, sino una tarea colectiva que exige cuestionar las estructuras que siguen imponiendo criterios superficiales de valor.

Características de alto valor

  • Autenticidad: actuar desde la verdad personal, sin máscaras ni dependencias. La autenticidad es la base de la confianza; implica coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace, resistiendo la presión de un mundo que premia las apariencias.
  • Respeto: reconocer la dignidad del otro, independientemente de diferencias de género, clase, cultura o ideología. El respeto es un acto de justicia cotidiana que rompe con la lógica de la discriminación y la exclusión.
  • Resiliencia: enfrentar la adversidad con fortaleza y aprendizaje. La resiliencia no es solo sobrevivir, sino transformar la experiencia difícil en crecimiento, convirtiéndose en ejemplo de resistencia ética frente a la fragilidad social.
  • Generosidad: aportar a la comunidad y construir vínculos que eleven a todos. La generosidad de alto valor no se reduce a dar recursos materiales, sino a compartir tiempo, conocimiento y solidaridad, creando redes de apoyo que fortalecen el tejido social.

Estas cualidades no son exclusivas de un género; hombres y mujeres pueden desarrollarlas y proyectarlas en distintos ámbitos de la vida. Entender que el “alto valor” no se mide por privilegios o estatus, sino por la capacidad de vivir con integridad y transformar positivamente el entorno.

El riesgo de la superficialidad

En la era digital, el término “alto valor” suele confundirse con apariencia física, éxito material o popularidad en redes sociales. Esta visión reduccionista convierte a las personas en objetos de consumo, evaluados por métricas externas como seguidores, “likes” o posesiones, y erosiona el verdadero sentido del concepto, transformándolo en una etiqueta vacía.

La superficialidad impone una lógica peligrosa:

  • Cosificación del individuo: se mide el valor humano como si fuera un producto en un mercado.
  • Reproducción de estereotipos de género: hombres valorados por riqueza y poder, mujeres por juventud y belleza.
  • Fragilidad emocional: quienes buscan validación externa quedan atrapados en una dependencia constante de la aprobación ajena.
  • Desigualdad social: se refuerza la idea de que solo quienes poseen privilegios materiales o estéticos pueden ser considerados “valiosos”.

Rescatar la esencia: el valor humano no puede reducirse a cifras o apariencias, sino que debe medirse por la capacidad de inspirar confianza, generar bienestar y vivir con coherencia ética. Ser de “alto valor” implica autenticidad, integridad y resistencia frente a un sistema que premia lo superficial y desatiende lo esencial.

En este sentido, la verdadera amenaza no es la superficialidad en sí misma, sino la normalización de un modelo cultural que confunde prestigio con dignidad y popularidad con integridad. Recuperar el significado profundo del “alto valor” es un acto de resistencia ética y cultural frente a un mundo que tiende a vaciar de contenido los valores humanos.

Implicaciones sociales

Reconocer y promover hombres y mujeres de alto valor es fundamental para construir sociedades más justas y equitativas. Ellos y ellas se convierten en referentes que desafían la corrupción, la violencia y la desigualdad, demostrando que el liderazgo auténtico se basa en principios y no en privilegios.

Su impacto trasciende el ámbito individual:

  • En la política, cuestionan las prácticas clientelares y el poder basado en intereses particulares, proponiendo modelos de gobernanza más transparentes y participativos.
  • En la economía, promueven la ética empresarial y la responsabilidad social, desafiando la lógica del beneficio inmediato que suele ignorar el bienestar colectivo.
  • En la cultura, rescatan valores de respeto, solidaridad y autenticidad frente a la mercantilización de las relaciones humanas.
  • En la educación, se convierten en modelos que inspiran a nuevas generaciones a valorar la integridad sobre el éxito superficial.

La presencia de hombres y mujeres de alto valor en espacios de decisión y liderazgo también contribuye a romper estereotipos de género, mostrando que la dignidad y la coherencia no son atributos exclusivos de un sexo, sino prácticas universales que fortalecen el tejido social.

En un mundo marcado por la prisa, la superficialidad y la desigualdad, promover este tipo de referentes es un acto de resistencia cultural y ética. Su ejemplo recuerda que el verdadero progreso no se mide únicamente en cifras económicas o tecnológicas, sino en la capacidad de las sociedades para cultivar líderes que inspiren confianza, justicia y transformación.

La tensión entre superficialidad y autenticidad

El debate sobre hombres y mujeres de alto valor revela una tensión entre dos visiones: la superficial, que convierte a las personas en mercancías, y la crítica, que rescata la dignidad y la autenticidad como ejes centrales. Ser de alto valor no es un privilegio reservado a unos pocos, sino una práctica cotidiana de coherencia, respeto y resistencia frente a un mundo que tiende a medirlo todo en cifras y apariencias.

El verdadero “alto valor” no se encuentra en la acumulación de poder o riqueza, sino en la capacidad de hombres y mujeres para vivir con integridad, inspirar respeto y transformar su entorno desde la autenticidad. En un mundo marcado por la superficialidad y la prisa, rescatar este concepto es un acto de resistencia ética y cultural.

«El valor de un hombre no se mide por lo que recibe, sino por lo que da.»  Albert Einstein

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com