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El Hogar Villegas: la casa donde La Paz resguarda a sus hijos olvidados

*Daneyda Paola Laura De la Oliva y Sócrates Andrés Cárdenas Flores

En el silencio también se cuida, y quizás en ningún lugar eso se siente tanto como en Sopocachi, un barrio residencial de la ciudad de La Paz, Bolivia. 

La zona vive de su propio ruido: la avenida 20 de Octubre, el tráfico que no para, los transeúntes que cruzan sin detenerse. Pero hay quien encuentra ahí, entre tanta agitación, una forma de resguardo.

 Allí se levanta un edificio, el Hogar Carlos de Villegas, que custodia un secreto entre paredes despintadas, maderas viejas que rechinan al pisarlas, flores a medio cuidar y oficinas de mueblería reciclada.

Corría el año 1909. La Paz era una ciudad atrapada entre sus raíces coloniales y el ansia de modernidad. 

El abandono de infantes en las puertas de las iglesias o en los basurales de las periferias era una herida abierta, que muy pocas personas querían mirar. 

Fue entonces cuando Carlos de Villegas, un hombre de guerra, militar y político, decidió no pasar por alto lo que ocurría con los abandonos de los pequeñitos.

El 20 de junio de 1909 se constituyó el primer directorio de lo que sería la Sociedad Protectora de la Infancia.

Para Villegas no era una tarea sencilla. 

La época estaba marcada por un fuerte anticlericalismo liberal, lo que dificultaba la creación de nuevas instituciones de caridad, tradicionalmente en manos de la Iglesia Católica. 

Sin embargo, logró sumar la voluntad de damas de la alta sociedad paceña y el apoyo municipal para colocar una piedra fundamental y decirles a esos niños abandonados que no estaban solos.

Lo llamaron la Casa de la Infancia.

Sus puertas no se abrieron hasta el 12 de abril de 1914. Aquel día, la ciudad comprendió que el cuidado de los niños abandonados dejaba de ser una obra de caridad para convertirse en un compromiso social organizado. 

Con el tiempo, y tras la muerte de su mentor en 1927, el lugar fue rebautizado como Hogar Carlos de Villegas, en honor al hombre que habló por quienes no tenían voz o temían hacerlo.

En su memoria lírica, muchos lo seguirían llamando: La Gota de Leche.

Entrar al Hogar Villegas es alejarse del ruido de la urbe para sumergirse en la tranquilidad, el orden y la ternura. 

Su mecanismo más simbólico es herencia de las antiguas casas de expósitos de Europa: un torno diseñado para preservar el anonimato. 

La lógica era cruda, pero realista: era preferible que una madre dejara a su hijo en un receptáculo seguro y giratorio antes que abandonarlo en la intemperie.

Cuando el torno gira, una campana suena en el interior, anunciando la llegada de un niño. Al otro lado, una religiosa espera. Sin juicios ni preguntas, solo un par de brazos que reciben.

A los niños que llegan sin nombre se les otorga el apellido de su fundador: Villegas. 

Así se construye un linaje de ciudadanos unidos no por la sangre, sino por la protección de esta casa.

Décadas después, algunos de esos niños —ya adultos— regresan en busca de respuestas. En 2020, dos historias recorrieron redes sociales: las de Atamhi y Vicente, jóvenes que iniciaron la búsqueda de sus familias biológicas tras haber sido acogidos en Bolivia.

Vicente, encontrado en 1988 y llevado al Hogar Carlos de Villegas, fue adoptado meses después por una familia en Noruega; Atamhi, hallado en 1992 en la zona de 16 de Julio en El Alto y trasladado al mismo circuito institucional, creció en Bélgica.

Ambos difundieron sus historias en Facebook y en panfletos pegados en calles de La Paz y El Alto. “No sé mi nombre, no sé quién me dejó ahí”, decía Atamhi en un video, hoy sociólogo y doctorante en Europa. Vicente, artista visual formado en varios países, apelaba a los pocos datos de su origen para reconstruir su historia. Unidos por la experiencia de la adopción, regresaron al país para intentar cerrar un vacío común: entender quiénes fueron antes de tener un apellido, antes de pertenecer a algún lugar.

Órdenes religiosas

A lo largo de las décadas, el hogar fue administrado por diversas órdenes religiosas: iniciaron las hermanas venidas de Chile, seguidas por las Hijas de Santa Ana y posteriormente por las Religiosas del Amor de Dios. 

Cada congregación dejó su sello en la educación, el cuidado y el afecto hacia los menores.

Hoy, el hogar ya no es solo un dormitorio. Es una pequeña ciudad dividida en cuatro etapas de vida: las Lactantes, los Kinderitos, los Escolares y los Universitarios.

Las Lactantes concentran el cuidado de bebés: el aire huele a talco, pañales y leche tibia; 18 cunas sostienen los sueños de quienes recién llegan al mundo. Los Kinderitos viven la etapa del juego y el descubrimiento, entre jardines multicolores y patios que se convierten en escenarios de primeras aventuras.

Es 1969 y una monja recibe a un bebe en el Hogar Villegas en el momento en que fue abandonado. El cilindro giratorio daba a la calle. Fotografía de Alfonso Bedoya Ballivian, publicada en Facebook.

Los Escolares ya cargan mochilas y aprenden que el estudio será su pasaporte hacia la ciudad.
Y los Universitarios atraviesan la etapa más conmovedora: la salida al mundo. El hogar no suelta su mano. 

Al cumplir 18 años, quienes deciden estudiar reciben apoyo mediante becas en universidades como la Salesiana o institutos técnicos.

¿Cómo ha sobrevivido una institución durante 116 años?

La respuesta está en una mezcla de resiliencia y solidaridad paceña.

En sus inicios, el hogar se sostenía con aportes del Tesoro Departamental y cuotas de “socias cooperadoras”. 

Hoy, el panorama es distinto. La institución funciona principalmente gracias a donaciones particulares: familias que llevan ropa y alimentos, instituciones como la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, convenios con universidades, centros de salud, kermesses, rifas y colectas que movilizan a Sopocachi.

El apoyo estatal existe, pero es limitado, a través de coordinaciones con el Servicio Departamental de Gestión Social para casos de abandono o maltrato.

Recorrer los pasillos del Hogar Villegas es entender que la historia de La Paz también se escribe en las sábanas de un orfanato. Es recordar a los niños que llegaron durante la Guerra del Chaco, a los que sobrevivieron a crisis económicas.

En sus instalaciones también se cuenta, generación tras generación, la historia de la Madre del Soldado: Ignacia Zeballos.

Dicen que todo comenzó con un acto de rebeldía y amor en medio de la Guerra del Pacífico. Zeballos no vio soldados: vio hijos. 

En Antofagasta, mientras otros pensaban en estrategia militar, ella pensó en el hambre y la soledad.

Al volver a La Paz, comprendió que la verdadera guerra continuaba en los hogares donde los niños quedaban sin protección. Esa convicción impulsó la creación de la Sociedad de Auxilios de Señoras de La Paz.

El nacimiento del Hogar Villegas no fue solo la inauguración de un edificio. Fue la decisión de mujeres de asumir la asistencia social cuando el Estado no daba abasto.

Apoyo

Durante décadas, el hogar se sostuvo con monedas, con kermesses, con donaciones de vecinos del barrio de San Pedro, con gente que, sin tener mucho, sentía que esos niños eran suyos.

Quizá por eso, en el Hogar Villegas la palabra familia no siempre se escribe con los mismos apellidos. 

Algunos se van lejos, cruzan océanos, aprenden otros idiomas y crecen en culturas distintas. Pero el origen, ese punto ciego en la memoria, permanece. A veces vuelve en forma de pregunta, de búsqueda, de necesidad de saber.

Porque aunque la casa entregue un nombre, una cama y una oportunidad, hay algo que no puede completar: la historia anterior. Y es en ese vacío donde nacen historias como las de Atamhi y Vicente, que regresan no solo a un país, sino a una pregunta.

En ese sentido, el Hogar Carlos de Villegas no solo protege vidas: también guarda comienzos. 

Algunos se quedan, otros parten, pero todos comparten un mismo origen silencioso. 

Un linaje que no está marcado por la sangre, sino por el gesto de haber sido recibidos cuando nadie más estaba allí.

* Daneyda Paola Laura De la Oliva y Sócrates Andrés Cárdenas Flores son estudiantes de sexto semestre de la carrera de Periodismo de la Universidad Franz Tamayo de La Paz, Bolivia.

Listas, amenazas y miedo: el periodismo boliviano en tiempos de crisis

*Esteban Castellón Arana

“Listas negras circulaban” con nombres y direcciones. No era un rumor. Era un documento que señalaba casas, ubicaba familias y marcaba periodistas.

En esa lista estaba Daniel Castellón, periodista con más de dos décadas frente a cámaras.

Castellón entendió en 2019 que informar podía tener consecuencias que iban más allá de la pantalla. Su nombre, en redes sociales y panfletos, aparecía junto a la dirección de su hogar.

“Había una lista de periodistas opositores con sus respectivas ubicaciones. Entre ellos estaba mi nombre con la ubicación de donde vivíamos. El constante miedo de que en cualquier momento se metan a la casa escalaba poco a poco”, recuerda.

El contexto era el país en ebullición. Venía arrastrándose la tensión desde el referéndum del 21 de febrero de 2016, cuando la población rechazó la reelección indefinida. 

En octubre de 2019, las elecciones generales derivaron en denuncias de fraude, protestas masivas y una crisis política que terminaría con la renuncia de Evo Morales el 10 de noviembre.

Antes de eso, Castellón ya había sentido el primer golpe. Fue desvinculado de ATB, una red nacional, donde trabajaba como presentador. No hubo cuestionamientos a su desempeño. 

Según su testimonio, pesó su imagen pública en un año electoral.

Luego llegó Red Uno, otra cadena nacional influyente. Y con ella, uno de los momentos más tensos del periodismo reciente en Bolivia.

Las calles estaban tomadas. Las posiciones, radicalizadas. Y los periodistas, en medio.

El miedo dejó de ser una idea abstracta cuando la violencia tocó de cerca. 

La experimentada Casimira Lema, colega de Castellón, sufrió un ataque directo: un grupo radical y violento incendió su casa.

No fue un caso aislado. Durante esos días, otros periodistas también quedaron expuestos. 

La periodista Ximena Galarza, conductora de un programa en La Paz, fue amenazada por grupos movilizados que la señalaban por su línea editorial. 

Las acciones no se limitaron a consignas en la calle: incluyeron hostigamiento directo, amenazas de muerte y la necesidad de resguardarse. 

En paralelo, reporteros de distintos medios denunciaron agresiones mientras cubrían protestas, con equipos dañados o retenidos y restricciones para realizar transmisiones en vivo.

El clima de persecución también alcanzó a figuras públicas vinculadas a la defensa de derechos humanos. 

El expresidente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia, Waldo Albarracín, denunció la quema de su domicilio en medio de la escalada de violencia. 

En ese escenario, la exposición mediática se traducía en riesgo físico concreto. 

La cobertura informativa dejó de ser solo una tarea profesional para convertirse, en muchos casos, en una actividad de alto riesgo personal.

“Fue un tiempo muy duro, porque no sabía si al día siguiente mi familia estaría bien y nadie los lastimaría”, dice Castellón, recordando aquel episodio.

No era paranoia. Era contexto.

Entre octubre y noviembre de 2019, Bolivia registró al menos 37 muertes en medio de la crisis, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. 

En paralelo, se multiplicaban las agresiones a periodistas: amenazas, golpes, equipos retenidos, medios atacados.

En ese escenario, informar no solo implicaba contar lo que pasaba. Implicaba exponerse.

El experimentado periodista boliviano Daniel Castellón.

Periodismo bajo amenaza

Lo que vivió Castellón no es un caso aislado. Es parte de una tendencia más amplia.

En el mundo, ejercer el periodismo se ha vuelto cada vez más riesgoso. 

En los últimos años, cientos de periodistas han sido asesinados mientras hacían su trabajo. Otros han terminado en prisión, acusados de delitos que van desde difamación hasta amenazas a la seguridad del Estado.

América Latina aparece de forma recurrente en ese mapa de riesgo.

En Bolivia, las agresiones también tienen registro: amenazas, intimidaciones, ataques físicos, presión a medios. 

Ocurren en coberturas de protestas, en investigaciones sobre corrupción o narcotráfico, o en medio de disputas políticas.

No siempre dejan titulares. Pero marcan la práctica diaria.

En medio de ese escenario, el periodista no solo enfrenta riesgos externos. También carga con una responsabilidad que no admite descuidos.

Informar no es solo contar. Es verificar.

El margen de error es mínimo. Y las consecuencias, altas.

Una información mal manejada puede derivar en procesos judiciales, sanciones o daños irreparables a personas. Pero también puede erosionar algo más difícil de recuperar: la confianza.

Los riesgos de informar

Los peligros son diversos y, muchas veces, simultáneos.

Castellón vivió uno de esos niveles: la amenaza directa. Saber que su casa estaba identificada, que su nombre circulaba como objetivo.

“Eso cambia la forma de ejercer el oficio”, asegura.

Y agrega: “Ahí aparece el dilema”.

¿Hasta dónde exponerse? ¿Qué tanto arriesgar para conseguir información? ¿Dónde está el límite cuando la familia también entra en la ecuación?

No hay respuestas únicas. Pero sí una constante: el periodista decide en tiempo real.

Salir a cubrir una protesta. Permanecer en el lugar o retirarse. Publicar o esperar. Mostrar o resguardar.

Cada decisión tiene costo.

En Bolivia, además, muchos medios no cuentan con protocolos claros de seguridad. La protección suele depender más de la experiencia individual que de estructuras institucionales.

En Bolivia, la credibilidad en los medios ha caído en los últimos años. Influyen la polarización, la desinformación y también los errores del propio periodismo.

Hoy, informar rápido compite con informar bien.

Y en ese cruce, el periodista vuelve a lo esencial: verificar, contrastar, sostener el dato.

“Su mayor activo es la confianza de la gente”, resume Castellón. 

Y esa confianza —dice— solo se mantiene siendo valiente ante los riesgos y responsable ante la verdad.

El experimentado periodista decidió contar su historia años después, cuando —según su propio testimonio— las condiciones habían cambiado y el riesgo inmediato había disminuido. 

La circulación de listas, las amenazas directas y el clima de hostilidad que marcaron la crisis de 2019 comenzaron a disiparse tras las elecciones de 2025, en un escenario político distinto al que siguió a la salida del poder de Evo Morales, primero, y de Luis Arce, después.

Solo entonces, en un escenario que percibe como más democrático y con menor presión directa sobre su seguridad personal y la de su familia, el periodista optó por reconstruir públicamente lo vivido, como una forma de dejar registro de un periodo en el que informar implicaba, también, sobrevivir.

*  Esteban Castellón Arana es estudiantes de tercer semestre de la carrera de Periodismo de la Universidad Franz Tamayo de La Paz, Bolivia.

Aywiña, el refugio de 26 jóvenes con Síndrome de Down que luchan contra el olvido estatal en Bolivia

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* Laura Evelin Larico Guarachi y Sergio Andrés Flores Ramirez 

Subiendo las gradas del Centro Municipal de Salud Villa Fátima, en la Red 3 de la ciudad de La Paz, Bolivia, una puerta cerrada con un letrero que dice “Jale” separa dos mundos dramáticamente opuestos.

Antes de cruzarla, unas rejas marcan el límite, como si dividieran dos realidades que no deberían estar tan distantes, pero lo están.

En la parte superior izquierda, un pequeño letrero da la bienvenida: Asociación Síndrome de Down La Paz Aywiña, que en aymara significa “caminando juntos”. 

A su lado, el dibujo de un niño sonriente observa a los visitantes con una calma que contrasta con el caos urbano, el ruido y las miradas que se vuelven lejanas, distantes.

Afuera, la ciudad avanza con su prisa habitual y sus prejuicios.

Adentro de Aywiña, el tiempo parece regirse por el amor y los colores.

El lugar está lleno de tonos rojo, amarillo y verde; hay pizarrones, crayones, letras pegadas en las paredes, números, dibujos de arcoíris y figuras hechas a mano.

A primera vista parece una guardería, pero no lo es: en esas pequeñas sillas se sientan jóvenes y adultos que continúan aprendiendo en un espacio que es, al mismo tiempo, escuela, casa y refugio; un lugar aparte donde el apuro se detiene.

En una de esas sillas pequeñitas, cinco jóvenes esperan sentados, uno junto al otro. No hablan mucho, pero están juntos.

Una chica apoya la cabeza sobre el hombro de su compañero y él no se aparta. Permanece quieto, como si entendiera que ese gesto lo es todo. 

A su lado, otro joven los mira y sonríe apenas, con una complicidad silenciosa. Más allá, uno gira el cuerpo, inquieto, ajeno por momentos, pero sin irse del grupo.

Detrás de ellos, unas tiras brillantes de papel azul y rosado se mueven levemente con el aire. Encima, colgados con cinta, hay dibujos y formas recortadas que parecen celebrar algo que no necesita explicación.

Nadie da instrucciones. Nadie corrige. La escena ocurre sola: cuerpos cerca, miradas breves, afectos sin cálculo.

Ahí, sin palabras, están caminando juntos.

Tras esta fachada de colores, se esconde una lucha persistente contra el olvido estatal.

Actualmente, la asociación acoge a 26 jóvenes que asisten de manera regular a sus actividades. 

No es un número casual: responde a la capacidad limitada del espacio, al esfuerzo de las familias que sostienen el proyecto y a la ausencia de otras instituciones que puedan recibirlos. 

Cada uno de ellos ocupa un lugar que no sobra, en un entorno construido más por necesidad que por respaldo institucional.

Estos 26 jóvenes representan una realidad que el Estado boliviano no contempla de forma específica ni en sus políticas públicas ni en los datos del último Censo desarrollado en 2024.

La ausencia de cifras desagregadas y precisas sobre la población con síndrome de Down impide diseñar programas de asistencia, salud o inserción acordes a sus necesidades reales, lo que los relega a una persistente invisibilidad administrativa.

El síndrome de Down no es una enfermedad que se cure, sino una alteración cromosómica. 

Es nacer con una “receta” genética distinta, que marca un ritmo propio de desarrollo. 

Algunos enfrentan problemas cardíacos o visuales; otros, dificultades en el habla. 

Todos, sin embargo, comparten una honestidad emocional sin filtros.

El rostro de una madre de Aywiña se llena de lágrimas al recordar la historia de Mauricio, hoy de 26 años.

“Todo comenzó con una sentencia de muerte social”, dice.

Cuando nació, cuenta, mientras respira hondo, Mauricio permaneció cinco días en una incubadora antes de que ella recibiera la noticia. 

No fue un especialista quien le habló, sino una residente médico que le dijo: “Usted es joven, puede dejarlo aquí si quiere”.

Esa frase marcó para ella el inicio de un calvario no médico, sino existencial.

Pero ella eligió el amor, no el abandono, y se quedó a su lado.

Como ella, otras madres han sostenido ese mismo compromiso en silencio, enfrentando no solo el desafío de criar, sino también la falta de apoyo institucional y las barreras económicas que acompañan cada etapa del crecimiento de sus hijos.

Lucila, una de las madres de la asociación, refleja con crudeza la falta de políticas de apoyo estatal: “La gente pobre no puede ayudar a sus hijos como debería, porque todo es dinero: terapias, tiempo, medicamentos, transporte. Y no todos pueden dejar de trabajar para dedicarse completamente a eso, aunque quisieran”.

Dentro de Aywiña, la vida transcurre con un ritmo más lento y una honestidad sin reservas. 

Isabel, una de las jóvenes de la asociación, vivió su primera ruptura amorosa con el puchero y el llanto de quien ama sin malicia, sin defensas.

Esa misma sensibilidad se vio sacudida por la tragedia: la muerte de una compañera, que era “novia” de Juan Pablo, dejó una huella profunda de dolor en el grupo de los 26. 

En un entorno donde los vínculos son intensos y transparentes, dice una afligida madre, las pérdidas se sienten con una fuerza difícil de contener.

Para los padres, esa fragilidad emocional se suma a una preocupación más concreta y urgente. “No es solo quién les dará de comer, sino quién entenderá sus necesidades básicas”. 

Juan Pablo, por ejemplo, no tiene piezas dentales debido a una periodontitis y necesita que sus alimentos sean procesados. 

¿Quién hará eso cuando su madre falte?, se preguntan en Aywiña.


En sillas pequeñitas, cinco jóvenes esperan sentados, uno junto al otro. No hablan mucho, pero están juntos. Fotografía Sergio Andrés Flores Ramirez.

Las madres del Centro admiten que asumen “catarsis” diarias, un desahogo compartido frente a un temor que no desaparece.

“¿Qué pasará con ellos cuando sus padres ya no estén? ¿Quién los va a cuidar cuando ya no haya alguien que los acompañe todos los días?”, es la pregunta que flota en cada rincón de ese espacio lleno de color.

Para ellas, sus hijos son “niños” de 30 años, con afectos intensos y genuinos que la sociedad muchas veces no comprende.

“Los ven como bichos raros. Y eso duele más que cualquier otra cosa, porque no es solo una dificultad física, es una mirada constante que juzga. No son ángeles, son personas como cualquiera, con virtudes y errores”, enfatizan.

Hoy, Aywiña sobrevive gracias al esfuerzo sostenido de los padres. No recibe ayuda externa ni subvenciones estatales. 

El espacio que ocupa en Villa Fátima —un barrio comercial, popular y de alta densidad, que funciona como nodo articulador entre la urbe paceña y la región de los Yungas— cedido en comodato, ha enfrentado amenazas recientes de desalojo por parte de la Alcaldía.

Si lo pierden, la asociación desaparecería: no cuentan con recursos para asumir los altos costos de alquiler en la ciudad.

Mientras el Estado no responde y el Censo los ignora, la única red de sostén sigue siendo la familia. 

Pero cuando esa familia falte, todo quedará en el aire, sin garantías ni certezas.

Una de las madres lo resume en voz baja: “Uno se va y los deja aquí, en su mundo… pero afuera no los entienden. Y el día que ya no estemos, ¿quién los va a cuidar?, ¿quién los va a mirar como nosotros?”.

En una aula, una pared está cubierta de fotografías. Hay recortes de momentos: manos pintando, risas detenidas, abrazos torpes, celebraciones pequeñas. 

Entre ellas, una frase escrita a colores: “Cada paso que das junto a tu hijo es un acto de amor que transforma el mundo. Su sonrisa es la prueba de que tu dedicación y fuerza están marcando una diferencia invaluable. Sigue adelante, porque juntos están creando un camino lleno de luz y esperanza”.

Una joven se acerca, señala una de las imágenes y dice algo que no se entiende del todo. Se ríe. Otra la mira y le responde con una palabra corta, como si bastara.

En una mesa, alguien ordena crayones. Otro golpea suavemente el borde de la silla con el pie. Nadie apura el tiempo.

Aquí, las cosas ocurren despacio.

Y mientras afuera la ciudad sigue corriendo, adentro —sin que nadie lo nombre— siguen caminando juntos.

* Laura Evelin Larico Guarachi y Sergio Andrés Flores Ramirez son estudiantes de sexto semestre de la carrera de Periodismo de la Universidad Franz Tamayo de La Paz, Bolivia.

Vidas en pausa, historias atrapadas tras barrotes y retrasos judiciales

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Como un sino adverso, nubes oscuras se dejan ver en el horizonte del penal de San Pedro. ABI

Kevin, Diego, Julián, Felipe, Leslie y Romina no se conocen entre sí, pero sus historias se entrelazan en las estadísticas de un sistema que castiga antes de juzgar. 

Son los inquilinos de cuatro cárceles de La Paz, Bolivia, cuyas vidas están suspendidas mientras esperan un juicio que puede tardar meses o años, hacinados en espacios donde la capacidad se desborda hasta un 113 por ciento.

En Bolivia hay 33.181 personas privadas de libertad, según el director de Régimen Penitenciario, Juan Carlos Limpias. 

Pero la capacidad total de las cárceles, explica la autoridad, es de 15.600 personas. 

Por tanto, precisa Limpias, el hacinamiento alcanza el 113 por ciento y los jóvenes representan el 30 por ciento de esa población. 

“De ellos, el 75,65 por ciento está en detención preventiva”.

Eso implica, de acuerdo con el ministro de Gobierno, Roberto Ríos, que 7.500 jóvenes bolivianos están presos sin haber sido condenados. 

Kevin y Diego

Kevin tiene 22 años y lleva 18 meses en San Pedro esperando que un juez revise su expediente. Fue detenido en una redada en la zona de Villa Fátima. Lo acusan de microtráfico. Dice que solo estaba esperando a un amigo. No tiene abogado privado.

Su defensora pública viene cada tres meses, mientras su madre y su hermana menor lo visitan jueves y domingo. Le llevan arroz con huevo, a veces pollo. La comida del penal es insuficiente.

San Pedro en pleno protestó dos veces en 2025 para exigir el pago de los «prediarios», pensiones alimenticias atrasadas que adeuda la Gobernación desde hacía seis meses. La protesta, que incluyó treparse a los techos y exhibir pancartas, fue suspendida después de una negociación con Régimen Penitenciario, pero la demanda se mantuvo.

Kevin duerme mirando el techo. Es lo único que puede ver desde el piso de cemento en el suelo de un cuarto del segundo piso de una sección de San Pedro. 

El techo tiene grietas que parecen mapas. Kevin las ha memorizado todas. La más grande cruza de la esquina izquierda hasta el foco que cuelga del centro. Esa grieta creció después de las feroces lluvias, inusuales en 60 años, entre noviembre de 2024 y abril de 2025.

Kevin dice que algún día el techo va a caer: «Quisiera no estar ahí para verlo».

El cuarto mide tres metros cuadrados y fue construido a finales del siglo XIX, cuando San Pedro era un panóptico y el control se ejercía desde el silencio de las torres. 

Las paredes son de adobe grueso. Conservan el frío de la madrugada hasta el mediodía. En ese espacio duermen pegados unos a otros 31 hombres.

Kevin está echado entre Diego y un hombre mayor de Oruro que ronca toda la noche. Los cuerpos ocupan el piso de punta a punta. Si alguien se levanta para ir al baño, se arriesga a pisar cabezas, brazos o piernas y desatar el enfado de alguien. Kevin aprendió a no moverse hasta que amanece.

Diego, que duerme a su derecha, un año mayor que él, tiene un pequeño privilegio: está contra la pared. Eso significa que solo tiene un cuerpo sudoroso a su lado, no dos. Pagó 500 bolivianos extra por ese lugar cuando llegó hace catorce meses desde Ancoraimes, un hermoso municipio del altiplano paceño. Lo acusan del robo de dos vacas y un toro.

Kevin pagó 300 bolivianos de «derecho de piso» y reunió algo más con la venta de un celular. 

Una investigación nacional elaborada por la Defensoría del Pueblo, a través del Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura en coordinación con Progettomondo, revela que el 61,3% de los jóvenes privados de libertad en Bolivia paga este derecho de piso al ingresar. 

El estudio, titulado Diagnóstico Nacional de Población Juvenil Privada de Libertad, documenta las condiciones que enfrentan los internos en los penales del país.

Los que tienen dinero de verdad no duermen en cuartos así. Arriba, en el tercer piso y en otras secciones, hay celdas con televisión y hasta refrigerador. 

Algunos presos tienen celular, computadora, cocina propia. Pagan 300, 400, 500 dólares por esos espacios cada mes a otros privados de libertad que han hecho del encierro un próspero negocio. Kevin nunca los ha visto. Solo escucha historias.

En San Pedro, como en toda cárcel boliviana, los que llevan más tiempo controlan los espacios. Si no pagas, duermes donde nadie quiere dormir. O no duermes.

Kevin cuenta, además, que a Diego, por su condición indígena, le «rompieron el pico». 

En la jerga carcelaria, esa expresión designa una práctica brutal: obligar a alguien a consumir droga durante días, hasta que el cuerpo se acostumbra y el deseo se vuelve necesidad. 

En unas dos semanas, el miedo cede paso a la dependencia, y el nuevo adicto pasa a ser cliente fijo de los narcos que controlan el mercado dentro de los muros. 

Así, la violencia encuentra otra forma de dominio: la del cuerpo sometido por la sustancia.

Kevin trabaja en la cocina del penal. Pela papas, lava ollas, barre el patio. Gana 200 bolivianos al mes. 

Diego es un «taxi», como llaman en la cárcel a quienes se paran junto a la reja interior cuando llegan las visitas. 

Desde ese punto estratégico, ofrecen sus servicios a los recién llegados: «¿A quién te lo busco?». 

Por unas tristes monedas, corren entre los pabellones para avisar al interno que alguien lo espera. Es un oficio de supervivencia, hecho de gritos, recados y pasos apurados, en un mundo donde cada favor tiene precio.

«Aquí adentro todo se paga», dice Kevin.

Él y Diego son buenos amigos, se cuidan mutuamente y llevan la luz del día sin mayor apuro. Pero la noche es diferente. 

El peor de sus castigos es llegar a su celda donde no hay aire, solo un aliento espeso que se mezcla con el sudor rancio. 

Temen y odian ese rectángulo donde no cabe el sueño, donde treinta y un hombres se acomodan como piezas perfectamente encajadas, uno al lado del otro, buscando un resquicio de espacio para doblar las rodillas o mover la cabeza.

Kevin y Diego duermen pegados, espalda con espalda, como si ese contacto los protegiera del derrumbe invisible que los rodea. 

A veces Kevin se despierta sobresaltado por el murmullo de los demás, por el roce de un cuerpo que busca moverse sin despertar al resto. 

Diego, en cambio, permanece quieto, los ojos abiertos en la oscuridad, respirando con dificultad, soñando, dice él, con el viento andino que golpea la llanura altiplánica y con las montañas y nevados en su horizonte.

Julián

Julián, de 16 años, fue detenido saliendo de una fiesta en Sopocachi. Había una pelea afuera del local. Cuando llegó la policía, detuvieron a todos los que estaban cerca. A él lo acusan de lesiones graves y tentativa de homicidio. Dice que ni siquiera estaba en la pelea, que salió justo cuando empezó el problema. Nadie le cree.

Su expediente lleva 20 meses en el juzgado. Ha tenido tres audiencias. En dos, el fiscal no se presentó. En la tercera, pidieron más pruebas. Julián no sabe cuándo será la siguiente.

Mientras tanto, estudia, recluido en Qalahuma. 

Qalahuma, cuyo nombre oficial es Centro de Reinserción Social para Jóvenes, es una institución penitenciaria emplazada en el altiplano paceño, única en Bolivia, que se especializa en la rehabilitación de adolescentes y jóvenes que han cometido delitos.

Cuando disfrutaba de la libertad, dejó el colegio en cuarto de secundaria, no por falta de apoyo familiar, sino de interés. Hoy en Qalahuma es un alumno aventajado. Tomó todas las oportunidades que el Estado le brinda.

Adentro terminó quinto y se encamina a su bachillerato. Julián copia los ejercicios de matemáticas en un cuaderno que le regaló su hermana mayor, Gloria.

Según el Diagnóstico Nacional de Población Juvenil Privada de Libertad, el 75,65 por ciento de los jóvenes privados de libertad en Bolivia está en detención preventiva.

Felipe

Felipe tiene 24 años. Fue diagnosticado con diabetes dentro de la cárcel de Chonchocoro, la más temida del país. 

El Diagnóstico de la Defensoría revela que el 73 por ciento de los jóvenes privados de libertad en Bolivia proviene de contextos de pobreza estructural. Felipe es parte de ese porcentaje. 

Creció en el barrio alteño de Alto Lima. Su padre es albañil. Su madre vende desayunos de avena con leche, café, té y chocolate en bolas de nylon en una avenida de la Ceja. Dejó la escuela en sexto de primaria para trabajar como ayudante de construcción.

Lo detuvieron en una obra. Un obrero cayó al vacío del quinto nivel un sábado por la tarde cuando acabó el trabajo y compartían unas cuantas cervezas. La policía llegó y se llevó a cuatro trabajadores. 

A Felipe y a sus compañeros los acusan de homicidio. Lleva 14 meses esperando juicio. Su abogado le dice que va a salir absuelto, que no hay pruebas. Pero el proceso no avanza.

Dentro de la cárcel empezó a sentirse mal. Mucha sed, orinar seguido, mareos. Un enfermero lo revisó y le dijo que tenía el azúcar alto. Le dieron un papel con el diagnóstico: diabetes tipo 2. 

Necesita insulina todos los días. El priecio es elevado. Su madre vendió algunos electrodomésticos para pagar las primeras dosis. Ahora pide prestado.

El problema es que la insulina debe guardarse refrigerada. En la cárcel no hay refrigeradora para los reclusos. Felipe guarda las ampollas en una bolsa con hielo que su madre trae los domingos. Para el jueves, día de visita, el hielo ya se derritió.

El acceso a salud dentro de los centros penitenciarios es extremadamente limitado. No hay suficientes médicos, enfermeras ni medicamentos. Los reclusos con enfermedades crónicas dependen de que sus familias les consigan tratamiento fuera. Si la familia no tiene recursos, el recluso no se trata.

Leslie

Leslie tiene 21 años. Nació en una casa de techos de calamina, en un barrio periférico del municipio de Coroico donde el polvo se mete por las rendijas y los perros ladran al paso de los camiones que parten a La Paz. 

Desde los 15 supo que no le gustaban los hombres. Vivió desde niña con su abuela y trabajó en un mercado vendiendo ropa usada. Tenía un puesto pequeño, apenas un toldo azul y un perchero donde colgar jeans y blusas. 

Le gustaba arreglarse el cabello, pintarse las uñas, hablar con las clientas como si fueran amigas de toda la vida.

La detuvieron en una redada. No llevaba nada encima, pero la acusaron de estar vinculada con un grupo que traficaba sustancias controladas. Desde entonces han pasado 22 meses de detención preventiva en el Centro de Orientación Femenina de Obrajes, una zona residencial de La Paz.

Al principio, algunas internas la miraban con desconfianza. Le lanzaban comentarios al pasar, le decían que se hiciera «curar» o que «dejara de fingir». Pero con el tiempo, el ruido se apagó.

Leslie se acostumbró al ritmo del encierro. Aprendió a planchar, a hacer pan para vender los domingos. 

Una tarde conoció a Norma, una mujer mayor que cumplía condena por estafa. Empezaron hablando poco, apenas saludos, hasta que una noche compartieron una manta para protegerse del frío. Desde entonces, se acompañan.

A veces, al caer la tarde, se sientan en el patio y miran el cielo recortado por los muros. 

El estudio de la Defensoría del Pueblo indica que el 51,4 por ciento de los jóvenes privados de libertad ha sufrido violencia dentro de los centros penitenciarios. Para la población LGBTIQ+, ese porcentaje es considerablemente mayor. 

Para Leslie ese no es el caso, pero más de la mitad de los jóvenes presos en Bolivia pertenece a poblaciones en situación de vulnerabilidad: indígenas, afrodescendientes, LGBTIQ+, personas con discapacidad, personas con drogodependencia. El sistema no está diseñado para protegerlos. Está diseñado para castigarlos.

Su abuela vino dos veces. No tiene dinero para el pasaje, y ella no tiene para pagar un abogado privado. 

Su defensora pública le dijo que su caso «no es prioritario».

Romina

Romina tiene 23 años y está embarazada de siete meses. Fue detenida en el mercado Rodríguez donde trabajaba vendiendo verduras. La acusan de encubrimiento en un caso de robo agravado. Su hermano es el principal acusado. 

Romina dice que ella no sabía nada, que ni siquiera vio a su hermano ese mal día.

Lleva 11 meses en detención preventiva en el mismo penal que Leslie, en Obrajes. 

Su hija va a nacer dentro de dos meses, ya conoce su sexo.

El pabellón de mujeres tiene una pequeña guardería para los hijos de las reclusas. Hay una docena de niños menores de seis años viviendo ahí. Duermen con sus madres en las celdas. Comen lo que comen las reclusas. Salen al patio todos los días.

Las mujeres embarazadas o madres con hijos dentro de los penales pertenecen al grupo de poblaciones vulnerables que el sistema ignora. No hay control prenatal adecuado. No hay pediatras para todos los niños. No hay espacio suficiente.

Ella duerme en una celda con siete mujeres. Dos de ellas también tienen hijos pequeños dentro. Los niños lloran de noche. Las madres se turnan para calmarlos.

Los que siguen esperando

Afuera, el mundo sigue su curso: el sol brilla, la lluvia cae, la gente trabaja, estudia, ama, envejece… y espera también. 

Espera en pasillos de juzgados colapsados, donde cada defensor público carga con hasta 300 casos, según informes del Consejo de la Magistratura, y las audiencias se postergan por meses, atrapadas entre papeles y notificaciones que nunca llegan.

Afuera, muchos creen que la condena se cumple entre muros; adentro, descubren que la verdadera pena empieza en el cuerpo. 

Estudios realizados en distintos penales del país, según René Valverde Gallegos, psicólogo de la Dirección Departamental de Régimen Penitenciario de La Paz, evidencian que las personas privadas de libertad desarrollan trastornos de estrés postraumático durante el encierro.

“El encierro deja marcas invisibles”, explica el especialista en Terapias Breves Sistémicas Centradas en la Solución, con una década de experiencia en el ámbito de la Psicología Penitenciaria en cinco recintos de mujeres y varones en La Paz.

La cárcel, asegura el experto, no termina cuando se abre la puerta, continúa dentro del cuerpo.

En medio de esa espera sin calendario, las noticias del exterior llegan como una brisa que apenas roza los barrotes. Se habla de decretos, de posibles libertades.

Diego, cree que podría acogerse al indulto dispuesto por el Decreto Presidencial 5460 para volver a su amado Ancoraimes. Esta norma prevé liberar en un año al 15% del total de reclusos que existen en el país, pero sólo beneficiará a personas con sentencia ejecutoriada.

Muchos esperan con el Decreto un final feliz que nadie puede prometer.

De momento, Kevin cuenta las grietas en el techo. Diego sueña con montañas que ya no puede ver. Julián memoriza fórmulas que no sabe si usará. Felipe guarda insulina en hielo derretido. Leslie vive el amor entre los muros. Romina siente a su hija moverse bajo la piel. Se llamará Camila. Nacerá presa sin ser culpable.

*Mauricio Carrasco es periodista y escritor boliviano con más de tres décadas de trayectoria en medios de prensa escrita. A lo largo de su carrera, ha sido distinguido con 20 premios de periodismo. Entre estos galardones destaca el segundo lugar en el renombrado Premio Gabriel García Márquez de Crónica Periodística 2023. Hoy, es docente de la Universidad Franz Tamayo de La Paz, Bolivia.

El Desafío de la Era Digital: Entre la Ética y la Inteligencia Artificial

La pluma debe ser el pincel de la verdad, no el arma del caos; en su tinta reside la paz de las naciones.”

El mundo atraviesa una metamorfosis sin precedentes. No es solo una transición tecnológica, sino una redefinición de nuestra realidad social y democrática. En este escenario, el periodismo hispanoamericano se encuentra en una encrucijada histórica: abrazar la innovación sin perder el alma ética que nos define como servidores de la sociedad.

¿Cómo definir el reto de la inteligencia artificial en el periodismo hispano? La llegada de la Inteligencia Artificial (IA) al ecosistema mediático debe ser recibida con rigor crítico. Si bien ofrece herramientas extraordinarias para la gestión de datos, también plantea riesgos sistémicos para la veracidad. Los algoritmos no tienen conciencia ni empatía; pueden procesar cifras, pero son incapaces de comprender el dolor o la esperanza de una comunidad.

Es aquí donde el periodista humano se vuelve más indispensable que nunca. Nuestra labor ahora es actuar como filtros de integridad frente a un mar de información automatizada que, a menudo, carece de contexto y profundidad humana.

En la guerra de la información en Estados Unidos, Nueva York es el epicentro del debate ético; esta reflexión no es solo teórica; cobra vida en el próximo XXIX Congreso Internacional de la Prensa Hispana. Este encuentro no es una simple reunión de colegas, sino un cónclave de urgencia donde académicos, periodistas y líderes de opinión nos reuniremos para trazar la hoja de ruta de nuestra profesión en la era digital.

Nueva York, capital del mundo y símbolo de la diversidad mediática, será el punto de origen de una señal que llegará a cada rincón del planeta. En el marco de nuestro 29º aniversario, el Congreso se enfocará en fortalecer la formación de los comunicadores frente a los desafíos de la desinformación y la automatización, reafirmando que la tecnología debe estar al servicio de la verdad y no al revés.

El verdadero periodista de hoy día, está llamado a ser la vanguardia de la información en el marco de la verdad y la ética. Hago un llamado a los comunicadores de habla hispana: no permitamos que la tecnología erosione nuestra ética. La IA puede procesar datos, pero solo el periodista puede contar historias que muevan el corazón de la humanidad y transformen la injusticia en esperanza.

Debemos liderar esta nueva vanguardia con la frente en alto, conscientes de que nuestra mayor fortaleza es la credibilidad que construimos día tras día con nuestros lectores.

Exhortación abierta para todos, el Congreso Hispanoamericano de Prensa y el Congreso Mundial de Prensa le invita a la comunidad periodística, académica y al público en general, que estén interesado en participar en el XXIX Cónclave Internacional de la Prensa Hispana:· 

Fechas: 28, 29 y 30 de mayo de 2026.

· Sede: Virtual (Desde Nueva York – para el mundo).

· No te los pierdas: congresodeprensa.usa@gmail.com

Dr. Amín Cruz CEO, presidente y fundador del Congreso Hispanoamericano de Prensa y del Congreso Mundial de Prensa; Padre Embajador del Periodismo Hispanoamericano y Latinoamericano, diplomático, periodista, historiador.

Gran Evento Cultural: Primer Festival Internacional de Monólogos en Santiago de los Caballeros

Santiago de los Caballeros, República Dominicana: – Con un despliegue de talento, sensibilidad artística y proyección internacional, quedó inaugurado el Primer Festival Internacional de Monólogos, celebrado en el Centro Museo de Arte del Banco de Reservas, consolidando a la ciudad de Santiago como un importante escenario del arte escénico en el Caribe.

Este trascendental evento cultural reúne la participación de artistas provenientes de Nueva York, Colombia, Cuba y la República Dominicana, en un intercambio creativo que fortalece los lazos culturales entre naciones y promueve el desarrollo del teatro contemporáneo.

Un homenaje a la trayectoria y legado de José Núñez

El festival está dedicado al destacado actor, director y maestro del teatro dominicano José Núñez, oriundo de Santiago, cuya trayectoria ha dejado una huella imborrable en las artes escénicas tanto a nivel nacional como internacional.

Durante el acto inaugural, la directora del museo, Gladialisa Pereyra, ofreció las palabras de bienvenida, destacando la importancia de este tipo de iniciativas para el fortalecimiento cultural de la región. A seguidas, el director y productor del evento, Robinson Aybar, realizó una amplia exposición sobre la visión, objetivos y proyección del festival.

En un momento cargado de emoción, el maestro Aybar hizo entrega de una placa de reconocimiento a José Núñez, resaltando que: “Este evento está dedicado a un ilustre maestro de las tablas, cuya obra ha enaltecido la bandera dominicana y cuya trayectoria constituye una referencia histórica en el arte escénico, siendo reconocido entre los grandes del teatro a nivel internacional.”

Al recibir el reconocimiento, Núñez expresó su profundo agradecimiento y destacó la labor de Aybar como un ser humano comprometido con el desarrollo del teatro, señalando que ha contribuido significativamente a la formación de varias generaciones de artistas.

Una apertura cargada de talento y contenido social

Tras el acto protocolar, se dio apertura al telón con la presentación de tres monólogos que cautivaron al público por su calidad interpretativa y profundidad temática.

La jornada inició con la destacada actuación de la actriz Belkis Pineda, directora de «Casita Sueño». seguida por Nathalia Herrera, quien presentó el monólogo “Baño Público”, una pieza de fuerte contenido social.

El cierre de la noche estuvo a cargo de la actriz cubana Fátima Sánchez, quien interpretó el monólogo “Alejandro”, una obra que aborda la complejidad de la identidad y la dualidad del ser humano. Su magistral actuación logró transmitir un mensaje de tolerancia, inclusión y reflexión social, generando una ovación de pie por más de dos minutos por parte del público presente.

La Lic. Fátima Sánchez, reconocida maestra de arte, productora y directora en Cuba, fue altamente valorada por su capacidad de conectar con la audiencia mediante una propuesta artística de profundo contenido educativo y humano.

Programación académica y artística del festival

El festival continúa con una agenda diversa que integra formación y presentaciones escénicas:

Viernes 17 de abril

  • Taller de actuación a las 3:00 p.m., impartido por la reconocida artista Lisandra Hechavarría, actriz, cantante, educadora y directora escénica, dirigido especialmente a jóvenes interesados en el arte y la cultura. También actuará en el taller la destacada actriz y maestra cubana Lic. Yamilé Coureaux
  • Presentación de la obra “Maletas de Luz”, del autor y director José Bonilla, con la actuación de Marcel Negret, procedente de Nueva York.
  • Puesta en escena de “Invitando al funeral de mi padre”, también del maestro José Bonilla, con la participación de Susana Stubbs y la actuación de Manuela Taveras en el personaje de Laura.

Sábado 18 de abril (Clausura)

  • Presentación de “El Alaigaito”, del autor y director Richardson Díaz, interpretado por Héctor Then.
  • Cierre del festival con la obra “De Lorca”, basada en textos del célebre dramaturgo español Federico García Lorca, bajo la dirección, dramaturgia y actuación de la Dra. Elvira Taveras, con una duración aproximada de una hora.

Un espacio abierto al público y a la cultura, así se expresó el director del festival, Robinson Aybar, extendió una cordial invitación a toda la comunidad y al público en general a disfrutar de este importante evento cultural, destacando que las actividades son de acceso gratuito.

El Primer Festival Internacional de Monólogos se celebra en el Centro Museo de Arte del Banco de Reservas, ubicado en la calle 30 de Marzo, en el emblemático espacio donde anteriormente operaba el Hotel Mercedes, en Santiago de los Caballeros.

Proyección e impacto cultural, así, este festival representa un paso firme hacia la internacionalización del teatro dominicano, promoviendo el intercambio artístico, la formación de nuevas generaciones y el fortalecimiento de la identidad cultural. Con iniciativas como esta, Santiago reafirma su posición como un eje cultural de relevancia en la República Dominicana y el Caribe, apostando por el arte como herramienta de transformación social, educación y desarrollo humano.

Dr. Amín Cruz, CEO, presidente y fundador del Congreso Hispanoamericano de Prensa y del Congreso Mundial de Prensa; Padre Embajador del Periodismo Hispanoamericano y Latinoamericano, diplomático, periodista, historiador, escritor y educador

Gabriel García Márquez: 12 Años de un Legado Universal

«La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.»

Un legado excepcional

El 17 de abril de 2014, el mundo despidió a Gabriel García Márquez, una de las voces más influyentes y admiradas de la literatura latinoamericana del siglo XX. A doce años de su partida, su obra y pensamiento continúan iluminando el panorama cultural global.

El escritor y su mundo

Nacido el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, Colombia, García Márquez transformó las memorias de su tierra natal en el mítico Macondo, escenario de Cien años de soledad. Su capacidad para entrelazar lo cotidiano con lo fantástico dio origen al realismo mágico, corriente literaria que redefinió la narrativa hispanoamericana.

Residió gran parte de su vida en México, donde falleció, y cuyos restos descansan en Cartagena de Indias, ciudad que marcó sus primeros pasos en el periodismo y que también se reflejó en su obra.

Reconocimientos y trascendencia

En 1982, la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura por “sus novelas e historias cortas, en las que lo fantástico y lo real se combinan en un tranquilo mundo de imaginación rica, reflejando la vida y los conflictos de un continente”.

Considerado el escritor en español más influyente desde Cervantes, su prestigio trascendió fronteras y lo situó junto a figuras universales como Mark Twain y Charles Dickens.

Obras inmortales

Además de Cien años de soledad, traducida a 49 idiomas y publicada por primera vez en Buenos Aires en 1967, García Márquez dejó títulos emblemáticos como:

El amor en los tiempos del cólera

El coronel no tiene quien le escriba

El otoño del patriarca

Crónica de una muerte anunciada

Cada una de estas obras refleja su obsesión por el amor, la memoria y la condición humana.

El pensamiento de Gabo

Más allá de sus novelas, García Márquez legó frases que condensan su visión del mundo. Una de las más célebres resume su concepción de la literatura:

“En última instancia la literatura no es más que carpintería. Con ambas trabajas con la realidad, un material tan duro como la madera.”

Doce años después de su partida, Gabriel García Márquez sigue siendo un referente universal. Su obra, su estilo y su pensamiento continúan inspirando a generaciones de lectores, escritores y periodistas, recordándonos que la literatura es un puente entre lo real y lo imaginario, entre la memoria y la esperanza.

«El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.»

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

El Mundo de la Comunicación se une ante el Desafío de la IA: XXIX Congreso Hispanoamericano de Prensa

«El periodismo no es sólo informar; es el compromiso inquebrantable de ser la voz de la verdad en un mundo en constante transformación.»  Dr. Amín Cruz

Bajo esta premisa de rigor y valor humano, el XXIX Congreso Hispanoamericano de Prensa abre sus puertas virtuales para analizar el mayor desafío de nuestra era: la Inteligencia Artificial. En un tiempo donde los algoritmos amenazan con eclipsar la narrativa tradicional, la ética se presenta como el único faro capaz de guiar la consolidación de estas tecnologías en las redacciones globales, asegurando que la innovación potencie el oficio sin sacrificar la esencia de la verdad.

NUEVA YORK – El Congreso Hispanoamericano de Prensa anuncia oficialmente la celebración de su XXIX Aniversario, consolidándose como el espacio de convergencia más importante para quienes ejercen el noble oficio de informar. Este encuentro de trascendencia mundial se llevará a cabo de manera virtual los días 28, 29 y 30 de mayo de 2026, rompiendo fronteras geográficas para unir a profesionales de todos los continentes en un diálogo sin precedentes.

Un Debate Crucial: IA y Ética

En esta edición, el tema central será: «La Inteligencia Artificial, Ética en el Periodismo y su consolidación en el mundo». La cumbre se propone analizar cómo las nuevas tecnologías están transformando la narrativa informativa y, sobre todo, cómo salvaguardar el rigor ético y la transparencia ante el avance de los algoritmos.

«No es solo un congreso; es el punto de encuentro de la gran familia de la prensa internacional. Invitamos a todos a rendir homenaje a casi tres décadas de compromiso inquebrantable con la verdad», señaló el Dr. Amín Cruz, CEO, Presidente y Fundador de la institución.

Liderazgo y Visión Global

El programa contará con la participación de figuras cumbres del pensamiento comunicacional:

  • Dr. Amín Cruz: Líder indiscutible y embajador de la prensa, cuyo legado ha sido la unidad y profesionalización del gremio a nivel global.
  • Dr. Ignacio Ramonet: Destacado analista y «Científico del Periodismo», quien aportará su visión profunda sobre la geopolítica de la información y el impacto social de las nuevas herramientas tecnológicas.

Una Invitación Abierta y Universal

La organización extiende una convocatoria abierta a todos los integrantes del ecosistema comunicacional. Este es un llamado global para:

  • Periodistas y Reporteros: De medios impresos, radiales, televisivos y digitales.
  • Editores y Directores: Responsables de la línea editorial y la ética informativa.
  • Comunicadores y Creadores de Contenido: Que están redefiniendo las plataformas actuales.
  • Locutores y Fotoperiodistas: Voces e imágenes que narran la realidad.
  • Académicos y Estudiantes: Las mentes que construyen el futuro de la profesión.

Tres Décadas de Compromiso

Con casi 30 años de historia, el Congreso Hispanoamericano de Prensa reafirma su posición como el faro que guía a los comunicadores en tiempos de cambio. La modalidad virtual garantiza que ningún profesional, sin importar su ubicación, quede fuera de este intercambio de conocimientos de alto nivel. En la era de la inteligencia artificial, el factor humano y el compromiso con la verdad siguen siendo nuestra mayor fortaleza.

Información e Inscripciones: Los interesados en participar en este evento histórico pueden solicitar información a través de los canales oficiales:

«A casi tres décadas de camino, el Congreso Hispanoamericano de Prensa reafirma que la unidad de los comunicadores es la mayor fortaleza de nuestra democracia.»

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

Gabriel García Márquez: El Poeta Oculto

Una faceta poco conocida

Aunque Gabriel García Márquez es mundialmente reconocido como novelista y periodista, también cultivó la poesía, género que amaba profundamente y que practicó desde sus inicios literarios hasta el final de su vida. Esta faceta, menos difundida, revela la sensibilidad lírica que acompañó siempre su mirada sobre el mundo.

Poemas destacados

Entre sus composiciones poéticas se encuentran:

Canción

Poema desde un caracol

Drama en tres actos

La muerte de la rosa

Soneto casi insistente en una noche de serenatas

Estas obras muestran un García Márquez íntimo, capaz de transformar la memoria, el amor y la naturaleza en versos cargados de simbolismo.

Periodismo y poesía

Además de su labor literaria, Gabo ejerció el periodismo en medios como El Universal de Cartagena, El Heraldo, El Espectador y Prensa Latina. Su compromiso con la excelencia periodística lo llevó a fundar, junto a su hermano, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, institución dedicada a fortalecer la calidad y ética en el oficio.

Poemas de Gabriel García Márquez

Poema desde un caracol

Un texto que evoca la memoria del mar, no como paisaje retórico ni cosmopolita, sino como símbolo de infancia, amor y nostalgia. En él, el mar se convierte en metáfora de la vida y de los sueños suspendidos.

Si alguien llama a tu puerta

Un poema que celebra la esperanza y el amor como fuerzas vitales. Sus versos invitan a abrirse a la belleza y a la poesía, incluso en medio de la tristeza.

La muerte de la rosa

Una pieza breve y contundente que reflexiona sobre la fragilidad y la eternidad de la belleza. La rosa, símbolo universal, se convierte en metáfora de la vida efímera y la memoria eterna.

La poesía de Gabriel García Márquez, aunque menos conocida que su narrativa, constituye un testimonio de su sensibilidad y su capacidad para transformar lo cotidiano en arte. A doce años de su partida, recordar esta faceta es reconocer que Gabo no solo fue cronista de realidades y creador de mundos mágicos, sino también poeta que supo cantar al amor, la infancia y la memoria.

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

La Revolución de lo Invisible: El Despertar de la Riqueza Humana en un Mundo en Crisis

«Lo esencial es invisible a los ojos; solo se ve bien con el corazón».  Antoine de Saint-Exupéry

Hoy, el ruido del mundo es ensordecedor. Entre el eco de las detonaciones en fronteras lejanas y el murmullo constante de una economía que parece desmoronarse, el ser humano camina con el peso de una pregunta silenciosa: ¿Qué nos queda cuando todo lo que creíamos seguro desaparece? En estos tiempos, la respuesta no se encuentra en las cuentas bancarias ni en los refugios materiales, sino en una resistencia del espíritu: la filosofía de lo gratuito.

No hablamos de la ausencia de costo, sino de la presencia de valor. En una «crisis civilizatoria» que intenta reducirnos a simples cifras de consumo o víctimas del miedo, elegir valorar lo inmaterial no es una huida, es el acto de rebelión más puro que existe.

El Refugio que Nadie Puede Arrebatar

La guerra y la crisis económica comparten un objetivo común: el saqueo de nuestra paz mental. Sin embargo, existe una trinchera inexpugnable que se construye con invencibilidad estoica. Esta no consiste en ser insensibles al dolor, sino en comprender que nuestra integridad interna no está a la venta.

Cuando aprendemos a encontrar plenitud en la luz del amanecer, en la profundidad de una lectura compartida o en el simple milagro de respirar en libertad, le quitamos al caos externo su arma más poderosa: la capacidad de hacernos sentir miserables. La frugalidad consciente se convierte entonces en nuestra mayor riqueza; quien necesita poco para ser feliz, posee una libertad que ningún tirano puede confiscar.

La Gratitud como Acto de Supervivencia

En tiempos de oscuridad, la gratitud activa funciona como un faro. No es una actitud pasiva, sino una búsqueda deliberada de la belleza en medio de los escombros. Es reconocer que, aunque el «fantasma de la guerra» aceche, la capacidad humana de amar, de crear y de solidarizarse permanece intacta.

Esta filosofía nos invita a un nuevo contrato con la realidad:

·         La Paz como Elección: Entender que la serenidad no es la ausencia de conflicto externo, sino la presencia de un orden interno.

·         La Riqueza de los Vínculos: Redescubrir que un abrazo, una palabra de aliento o el apoyo comunitario son las únicas monedas que mantienen su valor cuando el sistema colapsa.

·         La Resiliencia Espiritual: Cultivar un jardín interior tan vasto que ninguna sequía exterior pueda marchitarlo.

Un Llamado a la Desconexión del Miedo

Estamos ante la oportunidad histórica de redefinir el éxito. Si el modelo civilizatorio actual nos ha llevado al borde del abismo, la salida no está en correr más rápido hacia adelante, sino en mirar hacia adentro. La verdadera «resistencia psicológica» nace cuando dejamos de buscar afuera lo que siempre ha estado vibrando en nuestro interior.

La invitación para el lector hoy no es a ignorar la crisis, sino a no permitir que la crisis lo habite. Al final del día, cuando las luces de la ciudad se apagan y el silencio se impone, lo único que realmente poseemos es aquello que no podemos perder en un incendio: nuestra conciencia, nuestra dignidad y nuestra capacidad de asombro.

Que este tiempo de prueba sea, ante todo, el tiempo de nuestro mayor florecimiento espiritual. Porque en la economía del alma, lo que se da gratis es lo único que nos hace verdaderamente inmortales.

«En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible».  Albert Camus

Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com